Tambores de VOX, no de Ketama

Carlos Pollán
En vox Castilla y León la discreción no es un arte. Es un penitencia. Mutismo absoluto dicen los ilustrados cronistas que estos días divagan sobre los aconteceres venideros sin dar un palo al agua ni una flecha en la diana. El periodismo murió en el momento en el que algunos decidieron echarse a la bartola del corta y pega, tras un trasiego por la IA, que es su pastor, nada les falta. Nada dicen los de VOX, porque nada saben. Ven pasar las horas muertas. Mientras los clones recogen los bártulos de la planta más noble de las Cortes a la espera de nuevo destino tras un mes al menos en el limbo de la estadística del desempleo. Sólo ansían el sonido de los tambores. No los de Ketama. Los de Bambú, que es donde se mece el cogollo del futuro pacto con el PP de Mañueco, con Pollán viento en popa a toda Vicepresidencia con consejería alicatada al rango para no tener que pasear cascos de motorista sin moto por Pingüinos tras bajarse del tan efímero como insulso Talismán de Renault, uno de esos vehículos sobrevalorados que en los últimos tiempos ha producido la casa del rombo. Si el PP necesita a VOX para acometer el control del parlamento, tras siete años en manos ajenas, sólo tiene que levantar el teléfono y llamar. A Bambú. Con el prefijo 91 delante si no tienen el móvil directo de quien pastoreará el pacto, Monserrat Lluis, conocida de los populares, con quienes compartió el ala oeste del Colegio de la Asunción en los tiempos de Gallardo en la vicepresidencia. Y a esperar a que pasen las andaluzas para cerrar lo de Castilla y León, al uso de Extremadura y Aragón. Una mano en el pacto de delante y otra en el de detrás. Tanto tacticismo acabará causando desgaste. La prueba de fuego para VOX será Andalucía. En tierras de Moreno Bonilla se medirán, entre otras cosas, el resultado logrado por Pollán compartiendo cartel con Abascal, que llevó el voto a lo más alto, pero con el sabor amargo que deja el exceso de expectativas en los posos electorales.