Diario de Valladolid

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SIN incurrir en la sensiblería de buscar el arpa del olvido, ni remontar colladas abruptas, parece oportuno alumbrar los resquicios sombríos de nuestro entorno inmediato. Sobre todo, para no acabar perdiendo el oremus en la travesía por lejanas montañas y asuntos distantes. Porque también nosotros tenemos nuestros ruidos y conflictos. Y es precisamente a las tramas domésticas donde más urge aplicar luz y escobón. Para no terminar concluyendo que la resistencia del depuesto alcalde popular armuñés a apear del callejero de Pajares de la Laguna las placas dedicadas a Moscardó es distinta a la cínica sordera de los alcaldes de León y Valladolid con los barrios dedicados a los facinerosos Carlos Pinilla y Girón de Velasco.

La única diferencia al mantener idéntica ilegalidad ha estado en la respuesta, que el mequetrefe armuñés expresó disparando a todo lo que se movía (desde Podemos a Pío García Escudero, pasando por Zapatero), mientras los alcaldes de León y Valladolid vienen optando por mirar para otro lado y dejar que siga la bola, y a ser posible, que viva Bartola. Si en el caso leonés el barrio bautizado con su nombre por el perillán Pinilla se asentó en el límite de León con San Andrés del Rabanedo, afectando a los dos municipios, en el vallisoletano ya existen precedentes de cambio de nombre sin ningún conflicto vecinal.

De hecho, la barriada de Parquesol tapó con el nombre de la empresa de su constructor Marcos Fernández el tufo maloliente de cerro de la Gallinera, que es como se llamó siempre. Y el barrio de Girón se encuentra en la pendiente del cerro de las Contiendas, sin duda el mejor nombre para ese enclave. Claro que hace falta arrojo y pedagogía para situar la ciudad de hojalata heredada de la dictadura en la legalidad democrática. En Pajares de la Laguna, en Valladolid, en León y en San Andrés del Rabanedo. A veces, son los sarpullidos estrafalarios los que nos recuerdan cómo seguimos sin lavar nuestra propia ciudad, y de paso, que no sólo Puigdemont vegeta en la ilegalidad.

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