BARRIO A BARRIO
La calle de Valladolid que no tenía salida
Cerrada es la principal vía comercial de La Rondilla, sin rastro de chapas cerradas entre la diversidad de establecimientos, aunque los comerciantes reconocen un bajón en la clientela: «La zona va perdiendo negocio»

Vista de la calle Cerrada en el año 1964, con la fachada de la finca objeto del expediente
Aunque parezca que no, hay nombres de calles que pueden llevar al engaño. Por ejemplo, Panaderos ya no es una vía de hornos, en Paraíso no aguardan jardines afrodisiacos, mientras en Veinte Metros la anchura es, en realidad, muy inferior a la que sugiere el nombre. Con la calle Cerrada ocurre una paradoja similar, donde lejos de ser un callejón sin salida, los transeúntes pueden ir y venir sin ningún obstáculo aparente. Si en algún momento uno puede sentirse atrapado, no será por falta de salida, sino por la tentación de detenerse en los numerosos comercios que ocupan el entorno.
Quien navegue por los diferentes archivos en busca de información sobre la calle Cerrada descubrirá que su vocación comercial viene de lejos. Eso sí, no con el carácter eminentemente comercial que presenta hoy, sino ligada al abastecimiento de la comunidad de monjas por medio de la huerta de las madres clarisas, situada en la parte trasera de la iglesia de Santa Clara de Asís, que sigue asomando desde una de las esquinas que forman la vía aunque sin el espacio que durante décadas surtió de productos a las religiosas.
Aunque el templo no da origen a la nomenclatura de la calle Cerrada –sí a la propia Santa Clara, que nace al doblar la esquina–, una profunda relación aguarda entre las explicaciones Juan Agapito y Revilla en su recopilatorio de Las Calles de Valladolid. «Se llamó así desde el principio porque teniendo la entrada por Santa Clara, detrás del convento, estaba cerrada del lado del Portillo de Balboa, también la calle de este nombre por una tapia detrás de la huerta de las monjas clarisas», apunta al respecto.
Tras años de provisión de frutas, verduras o legumbres a las monjas, el huerto propiedad de las clarisas desapareció. Pero de ese final empezó a crecer la ciudad de Valladolid a través de la calle Cerrada, que pasó vivir su primer proyecto urbanístico con la construcción de casas molineras, como se aprecia en la imagen rescatada del Archivo Municipal. De hecho, sólo los píxeles permiten imaginar cómo evolucionó la vía con el paso de los años ya que ahora son imponentes edificios los que se erigen a lo largo y ancho. Ya ni existe la tapia que lindaba con el Portillo de Balboa, que abre uno de los dos accesos hacia Cerrada, compartido con Cardenal Cisneros.
Entre portal y portal conviven como ‘vecinos’ locales de todo tipo: desde sucursales bancarias, donde nace el dinero con el que afrontar el mes, hasta la Residencia Hermanas Angélicas, cuyas puertas permanecen siempre abiertas. Desde ambos extremos, el trasiego de vecinos es constante, mientras algunos aprovechan las sillas y mesas ya dispuestas en la terraza del Bar Donde Tito. Un nombre que, pese a lo que pueda sugerir, no hace referencia a José Vergara, sino al apodo de su mujer, Sagrario Tomillo, el matrimonio que regenta el establecimiento. «Me llamaban ‘Tito’ de pequeña para diferenciarme de mi abuela, que también se llamaba Sagrario», explica ella.
Con más de 11 años de andadura en la calle Cerrada, ‘Donde Tito’ es el último bar abierto por esta pareja con toda una vida dedicada a la hostelería. Su historia, sin embargo, no comenzó en Valladolid, sino en Torrevieja, donde se conocieron y abrieron el ‘Chichipún’, en pie durante 12 años. «Allí teníamos muchos clientes extranjeros, que tenían segundas residencias», recuerda José, con dominio del inglés para atender a noruegos, ingleses o alemanes. Aunque ese idioma apenas forma ya parte de su día a día, no le faltan clientes fieles, muchos de ellos llegados desde La Rondilla para degustar las croquetas caseras que elabora ‘Tito’, con variedades que van desde callos hasta queso cabrales. «Es cocina totalmente casera», aseguran.
‘Donde Tito’ es uno de los dos bares de la calle Cerrada que resisten a las exigencias económicas de los actuales tiempos y a la competencia con las grandes superficies, por lo que la pregunta es sencilla: ¿Cómo sobreviven? «A duras penas. Porque somos un matrimonio que curramos los dos y al final, en vez de sacar dos sueldos, sacamos uno», reconoce José, para que ‘Tito’ apunte que la situación ha empeorado por las obras iniciadas hace dos años para mejorar los colectores y redes de abastecimiento. «Hemos tenido que tirar de ahorros porque esto nos ha matado. Este año nos quedamos sin vacaciones», lamenta la hostelera.
La clínica podológica BuenaPlanta también es uno de los negocios veteranos de la calle Cerrada, después que Patricia Manrique decidiese abrirla con apenas 23 años recién cumplidos en febrero de 2015. «Fue un día 13, en contra de las supersticiones», recuerda con exactitud vía telefónica. Ella, al igual que ‘Tito’ con el bar que colinda con la clínica, eligió esa ubicación por cercanía. Y aunque empezó sola, ya son tres trabajadoras en plantilla. «Es una calle muy transitada, bien ubicada y con mucho comercio de proximidad», justifica al respecto, aunque reconoce que la zona «va perdiendo comercio».
Hay pocos escaparates que salven el rastro de andamios que conviven temporalmente en la vía, con una hilera que comienza por con Seven Clothing, que pese a ello se encuentra lleno de clientes para aprovechar las diferentes rebajas en camisetas, pantalones y cualquier prenda a disposición. «La calle Cerrada viene a ser la Calle Manteria de La Rondilla. Hay mucho transito», compara Manrique Díez.
Tampoco escapa a esta realidad el último establecimiento de la histórica firma Monedero, dedicada desde 1939 a la venta de lencería, ropa interior y medias. El comercio abrió sus puertas en la calle Cerrada en abril del pasado año, manteniendo la misma línea de negocio que el resto de tiendas de la marca en Valladolid, como las del paseo de Zorrilla o la calle Duque de la Victoria. En lo que corresponde a la calle Cerrada es Pablo Moncada Monedero quien lleva la batuta del negocio, quien es primo de Inés Monedero e integrante de la familia que mantiene vivo el legado iniciado por Casimiro, fundador de la primera tienda de la firma en Valladolid. «Ves Monedero y ya es como que transmite confianza en el producto», refleja Cristina Herrero tras el mostrador, recibiendo a clientes llegados de La Victoria, Barrio España, San Pedro de Regalado, y hasta de pueblos como Santovenia o Cabezón de Pisuerga.
Esa fidelidad de la clientela explica también la continuidad de Cerrada10, un establecimiento que desembarcó en la calle Cerrada hace catorce años. «Nos vinimos aquí porque en el centro ya estaban los alquileres prohibitivos. Vimos el local, nos encajó y desde entonces seguimos. Aunque ahora la venta esta difícil», comenta Pilar Rodríguez, al frente de una tienda que combina bisutería, complementos y decoración.
Ese pesar también se siente en Óscar Javier Lorenzo, de OLorenzo&JMillan, obligado a poner carteles en farolas para tratar de recuperar la atención de los transeúntes. «Y eso que es un sitio muy bueno de paso», considera, desalentado también por el encarecimiento del producto desde la invasión de Rusia a Ucrania. «No ganas lo que tienes que ganar por no subir los precios», refleja, mientras apunta que «tampoco el boca a boca es el mismo que hace 20 años».
En esa acera, el establecimiento con mayores escaparates es Maná. «Aunque la gente me conoce por ‘Los Gatos’», reconoce Ana en referencia a la tienda que antes ocupaba la esquina de la calle Cerrada con Portillo de Balboa y que estuvo abierta durante 20 años. Ana Toribio asumió la propiedad después y cambió el nombre de la tienda a Maná Low Cost & Outlet. Y así lleva una década junto a su hermana Mamen, ofreciendo «ropa más económica» a personas de cualquier edad.
Si uno cruza el paso de cebra dispuesto se dará cuenta que el trasiego de ciudadanos es menor, aunque la visibilidad de los diferentes locales dispuestos es mayor. Pero el tipo de servicio que ofrecen es más de visitas puntuales, como ocurre en Decoración Alonso, una empresa familiar con 55 años de andadura en diferentes ubicaciones. Ahora es la segunda generación la que está al frente, asesorando a los clientes sobre las últimas tendencias y soluciones en decoración. «Esta calle un oasis en el desierto porque Valladolid está lleno de locales cerrados», afirma Jorge José Alonso.
Esa mudanza a la calle Cerrada también la protagonizó el estudio de diseño de cocinas y baños A. García, un negocio con más de medio siglo de historia. Aunque abrió sus puertas en 1974 en la calle Moradas, hace años decidió trasladarse a esta vía por «una combinación de centralidad y accesibilidad», explica Rubén García, al frente del establecimiento. Un motivo más que resume el atractivo de una calle que sigue siendo un referente del comercio vallisoletano.

Vista de la calle Cerrada en 1964, con la fachada de la finca objeto del expediente
La calle de Valladolid que no tenía salida

Imagen del año 1964 en el que se aprecia la finca número 6 y 8 de la calle Cerrada, propiedad de Valentín Rubio Vela
La calle de Valladolid que no tenía salida

Cruce de la calle Santa Clara con la calle Cerrada, con peatones y vehículos circulando en la década de los 70
La calle de Valladolid que no tenía salida

Iglesia de Santa Clara de Asís en los años 90, a la vuelta de la calle Cerrada
La calle de Valladolid que no tenía salida

La calle Cerrada en la actualidad
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Sagrario Tomillo es la dueña del bar Donde Tito, en el número 2 de la calle Cerrada
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Susana Bayón es empleada de la tienda de moda y complementos Seven Clothing, en el número 2 de la calle Cerrada
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Alejandro García, Silvana Pascua y Rubén García son el equipo del estudio de diseño de cocinas y baños A.García, en el número 3 de la calle Cerrada
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Purita Alonso, Marina y José son los tres hermanos que dirigen la empresa Decoración Alonso, en el número 9 de la calle Cerrada
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Pilar Rodríguez y Jesús García son los dueños de la tienda de moda , complementos y decoración Cerrada 10, en el mismo número en la calle Cerrada
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Óscar Javier Lorenzo es el dueño de la carnicería Lorenzo y Millán, en el número 10 en la calle Cerrada
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Mamen Toribio con su hermana Ana en el escaparate de su tienda de moda Maná Low Cost, en la esquina con la calle Portillo de Balboa
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Javier García es empleado del taller de neumáticos Puelles, en el número 5 de la calle Cerrada
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David Cesteros es el dueño de la tienda de juegos de mesa y cartas Tierra 616, en el número 12
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La tienda de juegos de mesa y cartas Tierra 616, en el número 12 en la calle Cerrada
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Xiaoning Lin es el dueño de la tienda y taller de reparación de móviles Phone Shop, en el número 6 de la calle Cerrada
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Jaimar Peroz es empleada en el centro de estética de uñas Oh! Diosas, en el número 14
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