TIENE TELA
Ladrones en cada mercado

Piedra
TRÁGICA la semana pasada para el tirano Sánchez. Imposible ya desprenderse de la maldición bíblica que le persigue, y que lanzó el profeta Zacarías –en 5, 1– contra todo hombre o político que mete la mano en la caja, y que se convierte en un traidor: «Esto es la maldición que sale sobre la haz de la tierra, porque, conforme a ella, todo ladrón será arrojado de aquí; y conforme a ella todo perjuro será arrojado también de aquí». Como ladrón y perjuro nato, todo esto a Sánchez –como antisemita que es desde el credo de Hamás hasta las profundidades del progresismo orgánico y woke– le importa un huevo.
Hasta a su encierro con el ONU en Sevilla –sólo el cóctel costó 70.000 euros para agasajar a estos invitados de la solidaridad con seis cifras–, la protesta ciudadana, periodística y judicial, ha saltado la barrera del sonido. El nivel de latrocinio & puterío colma el consciente más impopular y acusatorio de la España que inaugura dos meses de vacaciones inciertas. Lo indudable es una evidencia explosiva: que aquí en cada mercado no sólo se multiplican los ladrones y el puterío, sino que el Jefe, que es Sánchez, está borracho, y que cuando se despierta se pone a regular el tráfico porque no es bueno que se peleen los ladrones, pues «hurtar es cosa linda», que escribía Lope.
Si la maldición bíblica es para Sánchez una anécdota en papel higiénico, lo que pueda decir la gente en las barricadas, los poetas en sus doroteas, o sus fieles en el funeral a hurtadillas del Comité Federal del PSOE del sábado pasado, se la trae más al fresco aún. Pero las cosas tienen su filtro natural. Un clásico como Epicuro de Samos –200 años antes de Cristo–, como filósofo de hechos consumados y creador del epicureísmo, dejó a los políticos puteros y ladrones de su tiempo este recadito: no todo vale en la vida, «hay que buscar a alguien con quien comer y beber antes de buscar algo que comer y beber, pues comer solo es llevar la vida de un león o de un lobo».
Pues ya ven. De algo tan elemental –como que somos seres sociales, y que antes de comer y de beber como una bestia solitaria, hay que elegir con quién comes, con quién bebes, e incluso hasta con quién follas– también se ha olvidado el tirano Sánchez. Al parecer, ÉL –tan guapo como un narciso, tan chulo como un pincel, tan listo como un pimpollo de begoña rociera, tan golfo y prepotente como un don Juan Tenorio ante cualquier juzgado de guardia, y más deseado que los siete pecados capitales juntos– no lo necesita ni como recuerdo. Así que se ha convertido en lo que es ahora mismito: el macho alfa de una manada de lobos esteparios insaciables, el león rugiente de una leonera en su penúltimo estertor.
A ver, señores. ¿Qué fue su modélica moción de censura, sino una carta en blanco a cambio de la protección a muerte de las manadas que conformaron el colegio post electoral del Frankenstein hasta que la inteligencia artificial fundiera los plomos del sistema? ¿Qué las elecciones que luego perdió, sino otro reajuste parlamentario de todos estos circuitos hasta que el asalto a la hacienda pública, en forma de puterío cacareante, vaciara las arcas y el contenido jurídico del estado de derecho? ¿Y qué este último remiendo de la semana pasada, sino la patada multi orgánica de unos ladrones y de unos puteros en lamborghini que visten a la democracia con unos pinrreles «chulísimos», sujetadores push up, y fajas reductoras?
Uno escucha los argumentos del PENEUVE más castrante, criticando la corrupción sanchista pero al mismo tiempo diciendo que apoyarán a la tiranía hasta que el sátrapa de la Moncloa consiga sus últimos objetivos –el más importante no es otro que la Constitución deje de existir como referencia de las libertades públicas en España–, e ipso facto sientes cómo una tractorada de versolaris empollando toma Bilbao, pasando por la estación Indalecio Prieto para repostar carburante y pasar la gorra con gran dignidad. O sea, unos ladrones muy light sin pene sin uve y sin ese plus de entereza que, incapaces de enfrentarse al tirano, engrandecen la tiranía poniéndose de rodillas ante ella como proeza nacionalista y de tumbaollas.
La defensa numantina de Otegi es la más lógica, rotunda, e invariable de todas las anuencias con los que cuenta el tirano. Los bilduetarras no serían hoy nada sin el sanchismo, sin el zapaterismo, sin el socialismo integrador. Incluso no serían tanto sin el pegamento para moquetas faller expert, que es muy endeble, pero que en los protocolos de Génova 13, sirve para salir del paso a no pocos chanquetistas del PP. Pero no nos distraigamos en tontunas democráticas. Otegi proporciona a Sánchez la argamasa de toda dictadura que gobierna con el fraude y con la fuerza. Con una diferencia sutil: Sánchez lo disimula, y Otegi lo convierte en un argumento sonoro, aplastante: Sí, yo he hablado con Cerdán y con quien haga falta. ¿Y qué?
Nada, que todos los demás –Sumar, Podemos, IU, ERC, Yunts, PSOE, PSC, el resto de escisiones, de integrantes del grupo mixto con aforamiento ingrávido y embelecador, y de apaños en los comités federales y de Congresos–, no son más que las terminales de un robot sin capacidad alguna para desconectarse o sentir el más leve de los calambrazos autónomos. Es decir, que la robótica sanchista está perfectamente diseñada y engrasada. Imposible, imaginar un robot distinto que «impidiera dañar a un ser humano, que impidiera la tiranía, la corrupción, la estupidez, el prejuicio», como escribía Isaac Asimov. En la España sanchunera imposible del todo. Y es que aquí, por la superabundancia de ladrones y de puteros en cada mercado, la consigna es que no se cierre ni un solo mesón. Delenda est Tyrannía.