Silencio entre las piedras
EL SENDERO que discurre por una ladera de poca inclinación en la sierra segoviana, en una mañana de domingo marcada por la ventisca y algo de lluvia intermitente, desemboca, a la vuelta de unos peñascos, en un diminuto y rupestre cementerio, adosado a una ermita de espléndida sencillez. El silencio, apenas roto por los silbidos de Eolo cuando transita en los huecos de las piedras que dan abrigo al camposanto, se apodera del grupo.
Mientras observo los clavos de herrumbroso aspecto de la puerta, una de las amigas del grupo me pregunta, a bocajarro, si creo en Dios. Y sumo mi silencio, encogido, a la sensación de ausencia de vida que acampa allí. Huyen las palabras para anidar en los epitafios, y recuerdo cuando en bachillerato nos hicieron leer la novela de San Manuel Bueno Martir, en la que Unamuno hace callar al protagonista cuando la frase ‘creo en la resurrección de los muertos’ irrumpe desde el púlpito.
Es fácil creer en Dios cuando la muerte se muestra con claridad, como contraste de la vida, al igual que es fácil odiar la mentira cuando supone quebrantar el respeto a lo más valioso. Allí, en el desamparo de una montaña que en su lejanía ofrece la blancura enjalbegada de su cresta, pensar o sentir lo no tangible, hacerse una idea divina, e incluso recrearse en ella, puede ser hasta un pasatiempo de regocijo espiritual.
Si creer en Dios empieza por creer más en las personas, ante todo las cercanas, para evitar teorizaciones de cineastas hastiados de creerse quien no son cuando no actúan, pues habrá que votar a favor. Si es un mero decálogo inerte, un responso de apagado ánimo y un sucedáneo de ideología política, pues habrá que nominarlo.
La aparente igualdad que ofrecen unas lápidas de fábrica casi idéntica permite comprender aquello de que la muerte nos iguala a todos. Yo no lo creo. La muerte, fuere lo que fuere, sucede tras una vida y mucho me temo que por ella queda sustanciada.
Lo único que conocemos de la muerte es el recuerdo de quienes se fueron, y esa memoria es tan diferente en quienes fueron generosos y alegres en su vivir, y sobre quienes se dejaron arrastrar por la avaricia y el oído, que para los que seguimos viendo amanecer el más allá tiene algo de sección de control de calidad.