A RAS DE HIERBA
Fin del cuento
«¿Crees en el ascenso?». Me resulta curiosa la pregunta que me formulan a menudo en los últimos meses, ya sea cara a cara o por las redes sociales. Creer. Un verbo que encastrado al concepto de periodismo forma un oxímoron.
Uno puede creer en Dios. O en la reencarnación. O en el género humano y su bondad intrínseca. Pero un periodista no puede creer en un equipo. Debe explicar lo que hace y analizar el porqué. Es lo que le separa de un aficionado. Aunque lo sea en sus ratos libres.
Creer es verbo recomendable para la afición, obligado para los jugadores y fundamental para el entrenador. Si manejamos estos términos y los relacionamos con el ascenso, en Valladolid a la primera no la evangelizan, los segundos tienden al ateísmo y el tercero ha perdido el catecismo.
Sólo así puede entenderse el esperpento de ayer, enésimo de la temporada y dirigido cual misil a plena línea de flotación de la esperanza. La última. El resuello que quedaba para no verse abocados un año más al cementerio de elefantes que es para equipos como el Real Valladolid la Segunda.
Quienes deben portar la antorcha de la fe ha perdido el don. No existe ilusión, ni ideas claras, ni unas pautas de conducta sobre el campo de las que se pueda inferir que el Pucela aspira a más que la mera subsistencia. Se esperaba un millonario en puntos pero lo que se ve es un equipo que vive del subsidio.
Su fútbol, excepto contadísimas ocasiones, es plano. Nada intenso. No sabe leer los partidos ni neutralizar al rival. Apenas impone su ritmo y sus intereses más que durante escasos minutos. No es canchero. Pierde la mayoría de los balones divididos. Se muestra incapaz de cerrar los partidos si va ganando. Apenas ha goleado una vez. No se crece ante la dificultad. Le falta carácter. Jamás remonta. Nunca ha pasado del noveno puesto, y fue en la segunda jornada. No ha sabido ganar tres partidos seguidos en toda la Liga. ¿Creer? Creo que el Huesca sacó de golpe todos los males de un equipo que ha fracasado, y a lo grande.
Eso sí, el fracaso es compartido. Lo encabeza un presidente que le ha salvado la vida pero que lo mantiene en economía de subsistencia y corre peligro de desnutrición. Cualquier posible inversor se aleja ante la perspectiva de no renunciar al control del club. El último trienio, desde que se fue Djukic, ha sido para el olvido, como bien lo atestiguan las gradas.
Lo prosigue un director deportivo que ha fichado a coste cero buenos jugadores el pasado año, cal y arena en el actual y que la ha pifiado con los tres entrenadores. Ninguno ha entendido el potencial de la plantilla ni ha sabido exprimirla.
El siguiente eslabón lo ocupa Portugal, incapaz de insuflar carácter y filosofía de juego a sus futbolistas para extraer su mejor versión. Tácticamente el equipo es un páramo. Cuando todos parecen malos es como cuando en la carretera todos van en sentido contrario. ¿Tienen mejor plantilla Leganés o Mirandés? Pero son más equipo a años luz.
Y el último escalón, pero no menos importante, es de los jugadores. Hay cosas que no hace falta que diga el míster, como pelear un balón dividido, ofrecerse a quien lo tiene o realizar un desmarque. Su ambición es la de un funcionario vago a punto de jubilarse.
¿Creer? Mire, sí que creo en algo. Que hay puntos suficientes para la permanencia. Por mi parte, fin del cuento.