El dulce castellano que parece un 'macaron' y lleva siglos conquistando paladares
Los amarguillos recuerdan por su forma a un pequeño macaron, aunque su historia y receta llevan siglos arraigadas en la repostería conventual castellana

Su aspecto recuerda a pequeños macarons rústicos, aunque los amarguillos conservan una receta castellana con siglos de historia
Aunque algunos lo comparan con un macaron por su forma y protagonismo de la almendra, los amarguillos se parecen más a los tradicionales macarons de Saint-Émilion que al icónico dulce parisino de colores y rellenos. Los amarguillos llevan años formando parte del recetario conventual de Castilla y, aunque su nombre pueda despistar, lo cierto es que pocas cosas resultan tan dulces como esta pequeña joya elaborada con almendra, azúcar y clara de huevo.
Su ingrediente principal es la almendra molida, mezclada con azúcar y claras de huevo hasta formar una masa suave que después se hornea lentamente.
La clave está en ese ligero toque de almendra amarga que históricamente se incorporaba a la receta y que terminó dando nombre al producto. Lejos de resultar intenso o desagradable, ese matiz convierte el sabor en algo mucho más complejo y delicado. "A nadie le amarga un dulce", dice el refrán, y en el caso de los amarguillos parece especialmente acertado.
Aunque existen variantes en distintos puntos de Castilla y León, la tradición de este dulce suele vincularse a localidades como Tordesillas, donde obradores y conventos han mantenido viva una elaboración artesanal que apenas ha cambiado con el tiempo. En Tordesillas, pastelerías históricas llevan generaciones elaborándolos siguiendo recetas tradicionales que forman parte de la identidad gastronómica local.
La conversación sobre los dulces tradicionales ha vuelto a ganar fuerza en redes sociales, impulsada por vídeos de religiosas y pequeños obradores que muestran cómo siguen elaborando productos artesanos lejos de los ritmos industriales. Precisamente uno de esos contenidos recientes ha vuelto a poner el foco sobre los amarguillos, reivindicando un producto humilde, casi desconocido fuera de Castilla, pero profundamente ligado a la memoria gastronómica de la región.
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Patricia de la Torre
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Hablar de amarguillos es hablar también de repostería conventual. Durante siglos, muchos monasterios encontraron en la elaboración de dulces una forma de sustento económico y de preservación de recetas transmitidas entre generaciones. Esa cocina pausada, basada en pocos ingredientes y mucha precisión, sigue siendo una de las señas de identidad de estos pequeños bocados.
No necesitan rellenos llamativos, colores imposibles ni una estética pensada para redes sociales. Su atractivo está precisamente en lo contrario: una receta sencilla que apenas ha cambiado durante generaciones y un sabor profundamente ligado a la almendra. La primera impresión suele sorprender por su exterior ligeramente crujiente y un interior más tierno, con una textura delicada que recuerda a otros dulces monásticos europeos elaborados con clara de huevo.
Parte de su encanto reside también en el componente artesanal. Hoy muchos consumidores los buscan como un producto casi de patrimonio gastronómico, alejado de la producción industrial.