BARRIO A BARRIO | CALLE MAGALLANES
La calle vallisoletana de la vuelta al mundo
Une el paseo de Zorrilla con Puente Colgante, Ultramar y la avenida Reyes Católicos, pero discurre al margen del ritmo que las rodea

Obreros en la calle Magallanes de Valladolid en los años 70.
«¡Qué tristeza que cierre Alejandro!», dice Antonia a Pili. «Es una pena, la verdad. No es el único. También va a cerrar la librería», responde esta vecina, que lleva más de 60 años viviendo en la calle Magallanes de Valladolid. «Nos vamos a quedar sin nada. Siempre hemos tenido de todo: carnicería, frutería, pescadería, supermercado... Ahora todos los locales están vacíos o se están transformando en trasteros y viviendas turísticas», lamenta Antonia, antes de añadir que las persianas bajadas y los carteles de Se alquila, Se vende o Se traspasa acabarán llevándose consigo parte de la identidad y de la vida cotidiana de la zona.
Esta vía, que une el paseo de Zorrilla con Ultramar y la avenida Reyes Católicos, está «muerta» a nivel comercial, según señala la peluquera Raquel de Pablo, que llegó al barrio hace 26 años procedente de Montemayor de Pililla. «Cuando llegué, la calle tenía mucha vida, y dentro de un año solo quedaremos el taller, la farmacia y la peluquería», comenta, para añadir que en su establecimiento primero hubo una carbonería y, más tarde, la frutería de Martín. «Todo el barrio le quería mucho. Solía venir a cortarse el pelo y siempre comentaba los cambios en el local. Incluso tuve que cambiar los enchufes, que eran de 125 amperios», recuerda.
Raquel de Pablo lleva desde los 15 años cortando el pelo, peinando en bodas, bautizos y comuniones, y dando mechas. «Soy campeona de España, de Alicante y de Castilla y León… Tengo muchísimos títulos», presume mientras señala el cartel en la puerta de su negocio, donde se detallan todos ellos. A pesar de su éxito, asegura que valora el entorno: «Siempre ha sido una calle muy bonita, con mucho sitio para aparcar y gente encantadora. Mi mejor clientela son los mayores; los jóvenes con pagar la hipoteca ya tienen bastante». Como punto negativo, apunta que «es la más fría de la ciudad». «En verano no tengo que poner el aire acondicionado: solo abro la puerta, y eso ya me refresca», agrega entre risas.
De igual forma, rememora que al lado de la peluquería había un pequeño pasadizo que unía esta vía con el paseo de Zorrilla. Cuenta que también estaba el pub La Giralda. «Había que bajar unas escaleras. Era un sitio muy oscuro, donde venía gente problemática que lo dejaba todo lleno de colillas, vasos rotos, jeringuillas… A veces, cuando abría a las siete de la mañana para una boda, me daba miedo, así que me encerraba por dentro», recuerda.
En su memoria permanece el bar El Tano, un negocio «muy sucio, en el que solo pagaba una renta de 100 pesetas». «Siempre que venía algún cliente a cortarse el pelo, le decía que no se tomara nada porque no limpiaba; lo tenía como pasatiempo». Por el contrario, la armería Kaymo era una tienda «a la que venía gente de todo Valladolid, lo que daba mucho ambiente a la calle».
Muy cerca de la peluquería Raquel de Pablo está la librería Los Arcos, «la más antigua» de la ciudad, expone Miguel Ángel Hernández que «en junio o diciembre» bajará la persiana para siempre. «Mi padre siempre había trabajado en una imprenta; sin embargo, le rondaba la idea de abrir una librería, así que dejaron Plasencia para instalarse en Valladolid y cumplir su sueño».
Un sueño con nombre y apellidos. Miguel Hernández y Ernestina Martín levantaron este negocio hace 63 años. «Vendían de todo, incluso los capirotes de Semana Santa», sostiene Hernández, quien está especializado en el libro de texto y los libros de lectura. «Nos gusta el trato con el público. Muchos de mis clientes me escriben por WhatsApp o correo electrónico para que les encargue libros o me piden recomendaciones. Mi mujer, que le encanta leer, les da consejos adaptados a sus gustos y necesidades».
Con mucha tristeza dejará esta tienda que tanto le ha dado. «Hay que echar muchas horas, pero a mí me encanta el trato con el cliente. No solo estoy detrás del mostrador, sino que estoy para ayudar a todo el que viene a mi tienda, y mis clientes lo agradecen mucho», subraya, tras atender a un vecino que compraba un bolígrafo Pilot y a otra clienta habitual, a quien imprimió una póliza y le vendió unos clips.
De veterano a veterano. Alejandro Rodríguez abrió el bar El Pozal en 1997. «Era camarero en el Lucense y, cuando cerró, decidí abrir este establecimiento, que solo vendía vino y gaseosa de Frutos Villar y Sanzoles». Ahora se ha especializado en comidas para llevar, vermuts y almuerzos para los trabajadores de las obras cercanas. «Tengo gente que viene todos los días. No quieren que me jubile porque son muchos años juntos. Aguantaré hasta diciembre por si alguien quiere continuar con el negocio», explica. No obstante, lo considera complicado: «Nadie quiere trabajar en hostelería; se ha perdido el respeto. La gente viene y exige. Ya no hay amistad entre los camareros y los clientes».
Los más recientes de la calle Magallanes son la farmacia Emma Rodríguez Blanco y la sede de la Asociación Mundial de Ayuda a los Pueblos Necesitados (AMAP). La botica, inaugurada en 1956, pasó a manos de Emma hace 12 años, cuando tomó el relevo de Joaquín, «al que todo el mundo quería mucho».
La asociación abrió en septiembre del año pasado. «Trabajamos en varios proyectos, entre ellos uno destinado a la creación de itinerarios de inserción socio-laboral y otro para la recogida del excedente del catering de los colegios para familias vulnerables», describe la técnica de proyectos Elisa Rodríguez.
Pero si por algo destaca la calle Magallanes es por el edificio que la familia Zurita adquirió después de la Guerra Civil. En aquel entonces, la zona se consideraba una de las afueras de la ciudad, junto al campo de fútbol, al emblemático Lucense y a muchas casas molineras y campos de labor.
Construido en 1904 por los arquitectos Antonio Ortiz de Urbina y su padre, Jerónimo, acogió en el local comercial durante muchos años los 5 Océanos, una tienda de congelados que también tenía charcutería y panadería. Desde hace un tiempo se está rehabilitando para convertirse en un inmueble que crecerá hasta seis plantas más ático (hasta hace poco contaba con tres alturas en fachada y una cuarta en cubierta) y se transformará en 11 casas de lujo, con otros tantos trasteros y 10 plazas de garaje.
De esquina a esquina. Muchos vecinos consideran que, al otro lado de la calle, hay un edificio que es «una copia directa de uno de Estados Unidos». Pepe señala hacia el bloque de viviendas que está encima del taller Carglass y explica que se parece al Flatiron Building de Nueva York por su «volumen estrecho y su presencia en una esquina aguda». «Mucha gente viene a fotografiarlo», incide, antes de recordar otros lugares icónicos de la vía, como el supermercado detrás del bar El Pozal, «donde todo el mundo iba a comprar hasta la llegada de Continente, y una chatarrería a la que acudía medio Valladolid».
Otro dato interesante de esta calle, que lleva el nombre de quien inició la expedición que acabó por circunnavegar el planeta y hacer historia, es que en 1899 se colocó la primera piedra de la iglesia de la Sagrada Familia. El templo se edificó en el paseo de Zorrilla, en la esquina con la calle Magallanes y Tres Amigos. Sin embargo, tuvo poca vida: desapareció en 1967, y solo se conservó la fachada, que fue desmontada y vendida. Piedra a piedra, la fachada se reconstruyó en la finca Los Álamos, a las afueras de Valladolid, cerca del Camino Viejo de Simancas, según recoge Valladolid Web.

La iglesia de la Sagrada Familia, que se edificó en el paseo de Zorrilla, en la esquina de la calle Magallanes con Tres Amigos.
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Acera del paseo de Zorrilla en la intersección con Tres Amigos. A la izquierda el inicio de la calle Magallanes.
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Antiguo estadio de Valladolid al que se podía acceder por la calle Ultramar.
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Panorámica de la ciudad de Valladolid.
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Imagen del histórico edificio de la calle Magallanes y el paseo de Zorrilla, en una imagen de archivo.
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Imagen del histórico edificio de la calle Magallanes y el paseo de Zorrilla, en una imagen de archivo.
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La calle Magallanes en la actualidad.
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La calle Magallanes en la actualidad.
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Miguel Ángel Hernández, dueño de la librería Los Arcos, la más antigua de Valladolid.
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Edificio que emula al Flatiron de Estados Unidos en la calle Magallanes en la actualidad.
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El parkibici de la calle Magallanes en Valladolid.
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Varios clientes observan la fruta de uno de los establecimientos de la calle Magallanes.
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Raquel de Pablo, dueña durante 26 años de la peluquería con el mismo nombre en la calle Magallanes.
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Un trabajador limpia el escaparate de la librería de Los Arcos en Valladolid.
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Los almendros en flor en la calle Magallanes de Valladolid.
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Dos vecinas conversan al principio de la calle Magallanes, esquina con paseo de Zorrilla.
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Álvaro Benito con Isabel F.P. en la puerta de la asociación AMAP en la calle Magallanes.
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Varias personas pasan por la paso de cebra a la altura de la pizzería Tonino's.
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Diego Ferreduela, dueño de la frutería Trebol en el número 1 de la calle Magallanes.
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Escaparate de la la librería de Los Arcos en la calle Magallanes.
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Obras en el edificio centenario de la calle Magallanes en Valladolid.
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La calle Magallanes en la actualidad.
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Edificios que en otra época pertenecieron a los militares en la calle Magallanes.
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Uno de los muchos comercios de la calle Magallanes que están vacíos.
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Alejandro Rodríguez, dueño del bar El Pozal de la calle Magallanes de Valladolid.
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Uno de los bloques de la calle Magallanes en Valladolid.
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Emma Rodríguez con Ángela Hurtado, farmacéutica y auxiliar de la farmacia Emma Rodríguez Blanco.
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Susana Redondo, dueña de la tienda de decoración del hogar Decoración Redondo, junto al Paseo de Zorrilla.
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