OCIO NOCTURNO
Adiós tras 11 años de bocadillos en el Piccolo: «Hay gente que ha estado de estudiante y luego ha venido con sus hijos»
Javier traspasará el mítico negocio de Macías Picavea al jubilarse: «Hay mucha gente majísima y me está diciendo que no me vaya»

Javier en la bocatería Piccolo de Macías Picavea
Los jóvenes disfrutan de la noche entre cervezas, cachis, copas y chupitos. El tiempo dentro de una discoteca a veces pasa demasiado deprisa y uno no se da cuenta que lleva horas y horas de pie, moviéndose, bailando o intentando encontrar una pareja de baile. La tarea puede haber sido fructífera o ya se intentará en otra ocasión, pero al cerrar la discoteca siempre surge un problema común: te das cuenta de que el hambre está llamando a tu puerta.
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Diario de Valladolid | El Mundo
Los jóvenes que frecuentan la plaza de Cantarranas o la calle Macías Picavea dejarán de ver el próximo abril a Javier Sánchez y su sonrisa detrás de la barra del Piccolo. Después de once años al frente de esta pequeña bocatería (piccolo significa pequeño en italiano) dice adiós a pesar del reclamo sus clientes: «Hay mucha gente majísima y me está diciendo que no me vaya». Los jóvenes quieren tener la certeza que cuando la fiesta termina para ellos, allí estará él a altas horas de la noche para ofrecerles un bocadillo con el que calmar las tripas y una charla acompañada siempre de su característica sonrisa.
Su historia al frente de esta céntrica bocatería se remonta a mayo de 2015 cuando una lesión le obligó a cambiar de oficio: «Antes era autónomo, era pintor. Estuve 30 años en la pintura y en la construcción, pero me fastidié la rodilla y tuve que deja la construcción porque no podía seguir». La crisis en el sector y sus condiciones físicas le obligaron a buscar un nuevo empleo y escogió uno completamente diferente: una bocatería nocturna. Decidió coger el relevo en el Piccolo, un negocio que el año que viene cumplirá 31 años abierto y dirá adiós en abril a una de las caras más reconocidas de Macías Picavea.
A lo largo de sus diez años ha podido ver y atender a diversas generaciones de vallisoletanos que han mantenido este lugar como un punto de encuentro al acabar la fiesta y al que más de uno le ha ayudado a continuar la noche: «La gente en general es bastante maja y bastante agradecida de salir a esas horas, es casi como un enfermero que le salva la vida», señala Javier entre risas. «No tener algo para comer a esas horas, es que nos morimos porque sales cansado de la marcha de la discoteca y salen con hambre», reflexiona sobre el servicio que le ha dado a los jóvenes en los últimos diez años.
Un simple bocadillo que para muchos ha sido una revitalización en los momentos nocturnos más complicados y por el que ha recibido infinidad de agradecimientos: «Hay gente que me ha traído cosas, uno me dijo he ‘hecho un bizcocho en casa y te traigo un cacho porque me diste un bocata que ibas a tirar y me diste la vida’». Porque la política de Javier es la de no tirar comida si se puede evitar: «Si me quedan cuatro bocatas y veo a gente pasada se los doy, no hace falta que me los paguen. Prefiero dárselos a tirarlo a la basura».
Unas pequeñas acciones que para los jóvenes significan mucho y muestra de ello es el recuerdo que guardan del Piccolo: «Hay gente que ha tenido críos y que han estado aquí de estudiantes y luego han venido con sus hijos». Quizás la mayor muestra de su relación cercana con el público es el corcho con fotografías de sus clientes que tiene a sus espaldas: «Nació por los Erasmus, sobre todo los italianos, franceses y alemanes que me decían: ‘¿Podemos poner ahí una foto nuestra?’». Dicho y hecho: «Me he hecho cientos de fotos». Esa cercanía que en su día transmitió a varias generaciones también cruza mares y países: «Tengo italianos que todavía me llaman después de siete u ocho años. Me llaman y me ponen por Whatsapp ‘¿qué tal Piccolo? ¿Te vas a jubilar’». «Cuando han venido de vuelta a España me han venido a ver», recalca sobre su relación con los estudiantes de Erasmus.
Diez años en el mundo de la noche dan para mil y una historias, buenas y malas. «Ver a uno que está chupando el cristal de afuera porque dice que como no tiene dinero ‘voy a ver si saco sustancia’», recuerda Javier entre risas por lo surrealista de la anécdota. Sin embargo, la noche también da para otro tipo eventos más complicados: «Hay alguno que se ha metido en una movida y le he tenido que esconder en el almacén», comenta sobre una pelea. «La noche tiene sus cosas buenas y malas, un poco de todo. En estos años he sacado más cosas buenas que malas allí, la gente es muy maja».
Aunque la sonrisa del Piccolo eche el cierre tras once años compartiendo algo más que bocadillos, los jóvenes pueden respirar tranquilos, su intención es traspasar el negocio y continúe después de su marcha: «Yo creo que va a ser el mismo aunque ponga otra clase de bocatas. Ahora, ¿que ponen alguna cosa nueva? Pues a lo mejor también». Con toda una vida trabajada a sus espaldas, perdiendo horas de sueño, no solo los jueves, viernes y sábados, cuando abre el negocio, Javier se despide para siempre del mundo de la noche.

Javier en la bocatería Piccolo de Macías Picavea
Javier en la bocatería Piccolo de Macías Picavea

Javier en la bocatería Piccolo de Macías Picavea
Javier en la bocatería Piccolo de Macías Picavea

Javier en la bocatería Piccolo de Macías Picavea
Javier en la bocatería Piccolo de Macías Picavea

Javier en la bocatería Piccolo de Macías Picavea
Javier en la bocatería Piccolo de Macías Picavea

Javier en la bocatería Piccolo de Macías Picavea