Diario de Valladolid

VALLADOLID (Aldea de San Miguel)

Érase una vez... un pueblo al revés

Publicado por
Alicia Calvo
Valladolid

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Aquí no son los lugareños veteranos los que hacen de guías improvisados de la localidad. En el banco del lateral del Ayuntamiento, un joven de 14 años y una mujer de 82 comparten tertulia sin que medien entre ambos lazos familiares.

Es Aldea de San Miguel. Sin tienda. Ni farmacia. Ni estanco. Ni médico todos los días. Pero con una guardería municipal.

Érase una vez la historia de plazas con carritos de bebés, niños patinando, balones por el aire, el frontón ocupado, el campo de fútbol lleno, chavales escondidos entre los arbustos de la iglesia, bancos sin un hueco, conversaciones al aire libre que se extienden por horas y tantos chupetes como biciclet as con ruedines... En una tarde cualquiera de un día de diario.

En Aldea de San Miguel los tópicos mienten. Las primeras calles vacías avanzan pocas diferencias con la tónica castellano y leonesa, pero en este pequeño municipio vallisoletano las ideas predeterminadas caen a cada paso.

El pueblo no es muy grande. Los vecinos censados suman 232. El padrón avanza una inusitada realidad que los vecinos sólo saben explicar en la «comodidad» de residir en ese enclave, a 25 kilómetros de la capital y a tan sólo dos de un núcleo de población que complementa las carencias del lugar, Arrabal de Portillo.

Quienes no superan los 12 años suman 32 de los 232 censados. Como Laura, que es la primera persona que te encuentras una tarde mientras acude al encuentro de su madre, Vanesa, nacida en ese lugar.

Los niños de estas edades representan el 14% de su población y convierten a Aldea de San Miguel en el municipio de la provincia de Valladolid de menos de 300 vecinos que más menores de 12 años registra en proporción.

El jolgorio no se limita a los días señalados. Las sonrisas infantiles contagian a generaciones precedentes en cualquier momento del día y el futuro de un enclave tradicionalmente agrícola se escribe de la mano de la nueva estirpe.

Esta pirámide poblacional no es fruto de la casualidad y parece que la tendencia continúa. El pequeño Dylan, aún en el útero materno, augura nuevos fastos. Sus convecinos les esperan y probablemente celebren su llegada todos juntos.

No ser muchos también provoca eso. La unión. «Somos una piña», indica Juli, mientras su hija Lara, de cinco años, corretea con su moto por el interior de la casa porque hay tormenta y el resto de niños también cambian el habitual encuentro en la plaza que se produce cada tarde por el interior de sus viviendas.

Esta rutina contrasta con otras realidades próximas sin salir de la provincia. Valladolid cuenta con medio centenar de municipios en los que hace cuatro años que no nace nadie y una docena en los que el relevo generacional resulta inviable porque ni siquiera residen menores de 16.

Leticia es hermana de la pequeña Lara. Tiene 27 años y asegura que no cambia «la tranquilidad y la armonía» de su pueblo por una urbe. «Por eso viene la gente, porque se está bien y porque tenemos cerca de todo». Y señala las localidades ‘muleta’ de Arrabal y Mojados.

Pese a que por número de niños podrían haber reabierto las escuelas, tampoco las extrañan porque la proximidad a Portillo a autocar no les incomoda.

Juli y Vanesa añaden otros factores para que su pequeño remanso de paz atraiga a nuevas generaciones. «Se vive bien, con aire puro, sin ruidos. Hay conexión entre los vecinos, estamos todos con todos, como antaño, sin que importe la edad», apuntan, antes de agregar alguna causa más práctica: «No estamos muy lejos de la ciudad y económicamente también sale mejor vivir en un pueblo». Y apostillan que «se venden casas».

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