Diario de Valladolid

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En Soria se encuentra uno de los templos más hermosos del mundo que si, en vez de estar en una provincia indignamente incomunicada, estuviera en Roma, todo dios (con perdón) iría a verlo: la ermita de San Baudelio de Berlanga. Unos cabrones de Nueva York se llevaron la mitad de sus increíbles pinturas murales por cuatro duros en los años 20 y un místico dijo de ella: «Mi corazón adapta todas las formas: monasterio para un monje, la Kaaba [santuario] del Peregrino…». Existe dentro de la ermita una cueva excavada por un ermitaño para reposar en la roca viva. Pues bien, esa cueva no le vendría mal al atribulado Carlos Martínez Mínguez, otrora querido alcalde de Soria y ahora condenado a liderar la oposición. 

La semana pasada me referí a la maldición del absentismo en el edificio de Las Cortes y va Mínguez y pide escaquearse de aparecer durante las ferias y fiestas sorianas. También reproché el jaleo que armó su compañero de partido, y presidente de Asturias, el señor Barbón, presentándose en las Cortes como el que pasaba por allí. Ahora sospecho que tan sólo era para usar los lavabos en su costumbre de dejar sus residuos en Castilla y León, aprovechándose de un Quiñones que ya nos dirá en qué estaba. Pues resulta que Mínguez ve bien el vertido de la basura asturiana. Parece hechizado ya, y no lleva ni dos días en Cortes.

No es nuevo. Entre los socialistas ha habido grandes hechizados y hechiceros, sobre todo con artes orientales. Vuelto de China, Felipe González miraba a España como a un bonsái y, después, Zapatero transitó de Confucio leonés, capaz de decir lo uno, lo contrario y ninguna de las dos cosas, y dejar a todos contentos. A mí mismo me parecía más relajante que oír a un irritante Aznar hablando en chicano ante los yanquis. Pero hasta hoy no había medido el éxito del embrujo de ZP. No hay manera de explicar a los deseZPerados/as que, llegados a cierta edad, no existe hombre que no sea culpable de algo. Que ese algo sea imputable o no ya es otra cosa...

Volvamos a lo nuestro. En los últimos días, el PSOE ha vuelto a la fe apostólica y romana. Y ruego a Mínguez que se haga un gurruño y entre en la cueva (no es a malas, es que no se cabe de pie) del ermitaño. Yo lo intenté y reconozco que salí magullado y peor persona. Pero por probar… Si no lo toma a mal, sirve con un cuarto de hora al fondo del túnel repitiendo el mantra místico «mi trasero adoptará todas las formas, sean las del sillón de regidor, las del escaño o, Dios no lo quiera, la de un banquillo, sea el día del Señor que sea... Aunque caiga en fiestas». Oye, puede que San Juan obre milagro.

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