Cecilia, un ramito de violetas que no se marchita
A los 50 años de la muerte de la cantautora, un 2 de agosto en un accidente en el pueblo zamorano de Colinas de Trasmonte, algunos de sus allegados tejen, entre recuerdos y anécdotas, la historia de la artista y también su vínculo con Valladolid a través de su amigo Joaquín Díaz, decisivo en sus comienzos
Alicia Calvo
Valladolid / Zamora

Cecilia entregó a su público un ‘ramito de violetas’ perpetuo, pero antes lo tuvo en sus manos. «Preguntaba mucho por las violetas. Se interesó muchísimo por cómo se hacían los ramitos, por saber todo de estas flores». Evangelina Sobredo Galanes (1948-1976), conocida por el público como la cantante Cecilia, visitaba a su amigo músico el vallisoletano Joaquín Díaz y, entre canciones, juegos y conversaciones, se interesó por cómo la tía de Joaquín cuidaba las violetas y cómo hacía ramitos para las tiendas de flores de Madrid. «Se empapó sobre el tema. Mi tía le mandó un ramito al día siguiente de visitarnos en la finca de mi abuelo. En esos ratos se pasaba el día cantando, y al poco sacó la canción». Un poema sonoro convertido en un himno de su época, un ‘Ramito de violetas’ que nunca se marchita pues hoy, 50 años después de la muerte de una joven Cecilia, su ‘querida España’, como ella le cantaba, aún la recuerda.
«Si no fuera porque quedan tus recuerdos flotando en el aire...». Esto escribía Cecilia para su segundo disco, publicado en 1973, sin saber que el destino la convertiría apenas tres años después en un recuerdo colectivo, en una memoria un poco de todos sus seguidores, de los de entonces y de los que generación a generación han ido descubriendo en su ausencia sus letras y melodías.

Su muerte en accidente de tráfico en un pueblo de Zamora (Colinas de Trasmonte) conmocionó al municipio, a todo el país y a parte del mundo, al que una internacional Cecilia pertenecía y se había recorrido. Su carisma, dulzura y talento la encumbraron entre los mitos de la escena musical. Un ‘amor de medianoche’ que ya dura 50 años.
Cartel promocional 1
Cartel promocional - Cedida por Teresa Sobredo
Cecilia (Eva) marcó para siempre el calendario en el mes noviembre con sus violetas, pero falleció un 2 de agosto de 1976 en Colinas de Trasmonte. La carretera le arrebató la vida cuando apenas tenía 27 años y lo hizo en un pueblo zamorano a punto de amanecer. A la vuelta de un concierto en Vigo, su Seat 124 chocó contra un carro de bueyes que conducía un matrimonio del pueblo. «En vez de quedarse a descansar dos días y haber llegado tarde a donde tenía que llegar... Le decíamos que tenía que descansar, que cogiera un avión, pero a ella le gustaba cumplir y tenía una gala con Massiel en Madrid. Era muy dinámica. También le insistíamos en que cogiera un chófer y no vinieran ella o los músicos conduciendo», relata su hermana Teresaa este periódico. En el siniestro también falleció uno de sus músicos, Carlos Manuel de la Iglesia.
Cartel de la última actuación de Cecilia en la sala de fiestas - discoteca Nova Olimpia de Vigo, el 1 agosto del 1976
Cartel de la discoteca Nova Olimpia
El último día que la cantante madrileña de ‘Dama, Dama’ estuvo en su casa, su hermana Teresa tuvo «una intuición» de esas que no se explican, pero que después cobran sentido, y le dijo: «Eva, dame un beso, que nunca se sabe». «Ya no la vi más. Fue terrible y las carreteras en esa época eran fatales. Bueno, es el destino de la vida... Me da una tristeza horrible saber que ella ya no está».

Teresa la recuerda en su música y en sus anécdotas compartidas. Encuentra en las letras de las canciones que le dieron la fama y en el respaldo del público historias sobre esa mascota que no tuvieron o sobre lo mucho que sus padres se quisieron.
Recorte de prensa como representante de la OTI
Cecilia como representante en la OTI - Recorte de prensa
Cuando se cumple medio siglo desde que la música española perdiera a una de sus representantes más auténticas, el público no necesita recordatorio ni tarjeta para cada 9 de noviembre acordarse de esa cantautora que conmovió con la franqueza y sensibilidad de sus letras y su voz. «Tenía una capacidad única para transmitir», señala el vallisoletano Joaquín Díaz, un músico fundamental en la vida de la artista a la que conoció antes de que Eva se convirtiera en Cecilia.

Con él, Cecilia forjó una profunda amistad que surgió de sus intereses comunes. Joaquín –además de músico, divulgador implicado en labores de producción– le presentó a varios contactos de la industria para facilitarle los comienzos porque de inmediato vio en ella algo diferente, algo que se sabe, que se siente y que no se explica. «Yo tenía la seguridad de que iba a hacer algo distinto. Descubrí en ella cosas muy peculiares. Su estilo, su manera de componer... Tenía facilidad para decir con palabras sencillas cosas más elevadas».

Joaquín Díaz escribía en una revista de folk y le llegaba mucha correspondencia. Entre todas las cartas había una de una joven con inquietudes similares. «Recibía muchas cartas y una fue de ella. Me contaba que era una joven que acababa de llegar de EE.UU. y que le gustaba mucho el folk. El primer día que nos conocimos, vino a mi apartamento en Madrid, me cantó alguna de sus canciones como ‘Nada de nada’ y me convencieron totalmente. Quedé muy impresionado por su capacidad de transmitir», relata a este periódico desde su despacho en Urueña.

No hizo falta más. La conexión entre dos músicos indispensables fue inmediata. «Ese mismo día la llevé a la revista, a la redacción, para que conociera a mucha gente de la época que escribía en la revista, y ya supe que tenía algo especial... Aposté por ella. A partir de ese momento nos hicimos amigos y la fui presentando a distintas personas del mundo musical y llegué a llevarla a algunos de los recitales que yo daba, de manera que cantamos juntos en varias ocasiones».

Tanto Joaquín Díaz como la hermana de la cantante subrayan, y celebran, el legado de su querida Eva. Teresa subraya que sus canciones no tienen fecha de caducidad: «Son increíbles, variadas y sus letras, magníficas. Mucha gente la escucha todavía con mucho cariño».

Llegó a publicar cuatro trabajos con piezas que han aguantado el paso del tiempo y, tras su fallecimiento, su familia editó algunas canciones inéditas y otros recopilatorios.
Joaquín Díaz entiende que «su legado corresponde a la época». «Era una época difícil en España y ella pertenecía a esa generación que nos alimentamos de los repertorios del mundo del folk clásico americano, pero también del folk nuevo que estaba surgiendo con personalidades como Dylan o Joni Mitchell». Ella admiraba a esta cantautora canadiense, igual que a la española Mari Trini.

Joaquín destaca «su capacidad de trasmitir» como secreto para que se siga recordando a Cecilia. «En cuanto se ponía con la guitarra y a cantar, inmediatamente comunicaba algo. Estaba muy preparada, tenía empatía con la gente, pero también tenía un mundo interior, y ese mundo interior, cuando uno es capaz de darlo o de hacer que te puedas asomar a él, es un poco la llave del futuro, la llave para que te recuerden y seas popular durante muchos años». Y ya lleva más de medio siglo sonando. En la radio y la televisión, antes. Y en las plataformas, ahora.

«En esa época se dieron voces que son irrepetibles, hoy día suena casi todo igual, pero entonces distinguías perfectamente quién era esa persona», opina Díaz.
Cartel promocional 2 Cecilia
Cartel promocional - Cedida por Teresa Sobredo
Cecilia adquirió su nombre artístico casi por casualidad. «Había una cantante ya con su nombre, Eva, y le propusieron Cecilia. A ella no le importó porque es el de la patrona de la música y porque estaba Simon & Garfunkel con la canción ‘Cecilia’ », revela su hermana.

Hija de diplomáticos españoles, viajó por innumerables destinos desde pequeña y bebió de músicos de aquí y de allí. Toda la familia fue muy cosmopolita. «Conoció muchas culturas, EE.UU., Lisboa, Jordania...», evoca su hermana sobre la infancia compartida de ambas. «Para la música estaba superdotada», presume. «Tenía una voz muy parecida a la de nuestra madre, que era casi mezzosoprano».

Sus primeros pinitos fueron en funciones escolares en las que ya despuntaba. «Eva tenía un talento natural extraordinario y destacaba en todo», comenta Teresa.

Podría haber sido abogada, pero, cuando le faltaba poco para terminar la carrera, decidió apostarlo todo por su vocación. «Mi padre le aconsejaba que tenía que elegir un trabajo en el que sintiera que se pasaba el tiempo en un minuto».

Ya en Madrid, y tras un chasco inicial del trío musical Expresión, cuando su proyecto individual vio la luz conectó con el público y triunfó a lo grande.

La multinacional americana CBS, hoy Sony-Music, la contrató en 1971. Pudo sacar cuatro discos antes de que el accidente truncara su historia de vida. «Dejó Derecho, aunque tenía pensado retomarla, y empezó a dar conciertos, y ahí tuvo mucha mano Joaquín Díaz. A la gente le gustaba, sonaban en la radio y se sabía sus canciones».

Tras su fallecimiento, que causó un gran impacto general, se convirtió en una voz dulce de la Transición. «Tuvo bastante influencia», expresa Díaz. «Le hubiera gustado muchísimo ver la democracia, que en el país un día están unos y otros, otros. Que no nos matemos», asegura su hermana.

En una época en la que los cantautores reivindicativos emergían y luchaban contra la censura, ella, que también tuvo algún inconveniente «por algunas letras», –reconoce Teresa– era una cantante del mundo, pero española y, en cierta manera, también castellana. No sólo perdió la vida en Castilla y León, además pasó momentos entrañables en esta comunidad. Su vínculo con esta tierra tiene más de una arista profunda.

Su cercana amistad con el folclorista Joaquín resultó fundamental para su despegue. «Venía a mi casa familiar en Viana y pasábamos la tarde entre música y canciones». Esas violetas por las que se interesó tardaron poco en convertirse en acordes que todavía se tararean.

Pero también en otro punto de la provincia vallisoletana había una conexión fundamental para expresar en sus letras lo que sentía. «Ella se preocupaba mucho porque pensaba a veces que no dominaba todas las expresiones». El lenguaje popular y directo caracterizaron los temas que compuso, pero Joaquín cuenta cómo cuando tenía dudas sobre algunas expresiones, ella le preguntaba a una mujer que trabajaba en casa de los de padres de Cecilia y era de un pueblo de la provincia de Valladolid. Una parte de las raíces que Eva escogió tener por amistad y por querencia a la tierra, poseían savia vallisoletana.
Las cartas inéditas de Cecilia sobre Valladolid
El vallisoletano Joaquín Díaz, amigo íntimo de Cecilia, guarda recuerdos del tiempo compartido con la cantante. Desde sus partidas de Intelect en Viana a las cartas en las que le agradece que la invitara a un concierto en el Lope de Vega o le encargara camisetas
Carta de Cecilia - Joaquín Díaz
Carta 2 de Cecilia - Joaquín Díaz
Antes de que un éxito de Cecilia fuera un éxito de Cecilia, ella a veces mostraba melodías y letras a los suyos, y entre ellos estaba el folclorista Joaquín Díaz. «Éramos un poco como un banco de pruebas. Unos privilegiados», cuenta el músico sobre aquellas tardes de asueto en la casa familiar de él en Viana de Cega, «jugando partidas al Intelect –que le gustaba– cantando y hablando de todo». «Se pasaba el día cantando, me cantaba lo que luego iba a salir. Y veía cómo ella y sus composiciones tenían altura», relata orgulloso este vallisoletano sobre su amiga; Cecilia para todos, Eva para él y los más cercanos.

Una carta los conectó por primera vez, cuando ella le envió una misiva a la revista en la que él trabajaba y propició su encuentro, y a la postre, su amistad. Las cartas fueron a lo largo del tiempo para ellos otro modo de sentirse cerca cuando la lejanía contada en kilómetros se imponía por las obligaciones profesionales. Él las guarda con cariño porque así recuerda la época en la que compartieron acordes, reflexiones y ratos de diversión.

Por él, Cecilia actuó en Valladolid, en el Teatro Lope de Vega, y conoció y disfrutó de rincones de la provincia, como Viana, y de algunos comercios clásicos vallisoletanos ya desaparecidos.

A Valladolid hace referencia en dos de las cartas que Díaz recibió y que muestra entre estas líneas. «Venía bastantes días a la finca, ensayábamos y juntos lo pasábamos muy bien».

Una de las misivas, de apenas una cara, pero cargada de emotividad, la escribió a mano en tinta verde. Sobre un folio oficial que ponía Cecilia mecanografiado, ella le agradecía ese recital en el teatro de la capital vallisoletana.
«Quiero escribirte para darte las gracias por la oportunidad que me diste de cantar para Valladolid en un teatro y con una organización tan espléndida»
Cecilia
Como últimamente se veían menos, le dijo cariñosa: «Espero que no me tengas ‘arrinconada’ y me escribas de vez en cuando». Y, de nuevo, mostró que la unión entre ambos era profunda. «Creo que te estaré agradecida siempre y me es muy difícil olvidarme de todo lo que hiciste por mí». Le mandó recuerdos para todos los miembros de su familia a los que conocía: «Me hizo mucha ilusión volveros a ver». Y se despidió con un: «con cariño, Eva».

Cuando Joaquín habla de Eva lo hace para deshacerse en buenas palabras:
«El tiempo juntos lo recuerdo como una época muy positiva. En el último año de su vida salvo el concierto en el Lope de Vega, no nos vimos, pero mientras estuve en Madrid nos veíamos casi a diario y estábamos todo el día juntos. Si había un concierto en Toledo, ahí íbamos los dos»
Joaquín Díaz
«La invité a dar el concierto en el Lope de Vega, a ella, a Paco de Lucía y a Massiel», relata.

«Veía en ella cierta introspección. Era una persona original, peculiar, con muchas posibilidades y una capacidad de comunicar inmediata y de expresar lo que quiere con palabras. Haber pasado su vida en medio de las embajadas y dominar varios idiomas le daban esa facilidad de relacionarse», expresa.

Otra misiva simpática de la música madrileña al músico vallisoletano deja anécdotas curiosas, como la de la predilección que sentía Cecilia por la 'moda vallisoletana'.

De ese modo le hacía un curioso encargo a su amigo Joaquín. «Ya siento que tengas que pasar el trago amargo que a continuación se prepara», le advertía con gracia. «En búsqueda de la camiseta áurea... encargo: 6 camisetas viejas rosas y abiertas [...] y dos viejas tostadas», proseguía. Por si no tenía claro a qué prenda exacta se refería, Cecilia dibujó las dos camisetas.

«Es que le gustaba mucho la tienda Monterrubio, una de toda la vida de Valladolid. Le encantaban las camisetas de tipo cerrado y me las encargaba», recuerda Joaquín, dando muestra de la cercanía entre ambos autores.
Joaquín Díaz, en su despacho de Urueña
Actuaron juntos varias veces ante el público, como en su recital de Santander. «Guardo muy buen recuerdo tanto de ella como de sus canciones. La primera que escuché en mi apartamento de Madrid fue ‘Nada de Nada, y claro que me gustó. Están muy bien construidas. Tenía facilidad para componer. Ahora la gente la recuerda porque seguramente haya oído algunas letras suyas. ‘Mi Querida España’, por ejemplo, fue muy importante en la Transición y se quedó instalada en la sociedad como una especie de himno».
El misterio de las flores sin tarjeta de Colinas
Los vecinos de la localidad zamorana en la que murió Cecilia evocan a la cantautora y cómo su nombre quedó ligado para siempre al de ella
Las dejaban cuando todo el pueblo dormía y, al despertar, cada 9 de noviembre hasta hace dos, un ramo de flores aparecía en el punto kilométrico en el que la cantante Cecilia perdió la vida. Nadie en Colinas de Trasmonte sabe quién realizaba ese pequeño homenaje, pero todos conocen a quién iban destinado: a Cecilia, la cantautora que murió en un accidente en esa pequeña localidad. Las flores eran un recuerdo más de lo que significa estar unidos a quien ya es un mito.

Luis estaba regando. El suceso de la muerte de Cecilia es de esos en los que te preguntan ‘tú que estabas haciendo’ y en este pueblo zamorano todo el mundo sabe contestar con precisión. «Yo sentí un golpe, dejé de regar, me acerqué porque imaginé que habría habido un accidente y cuando llegué no sabía que era Cecilia quien había fallecido», cuenta este vecino octogenario, que señala, además, que el matrimonio que llevaba el carro de bueyes contra el que chocó la cantante «sufrió muchísimo».

En la casa de Manuela se escuchó un estruendo. «Se sintió el ruido y mi marido bajó las escaleras medio vestido. El primer coche que pasó lo pararon y fueron para Benavente. Los acompañó al hospital y a la vuelta nos informó de que se trataba de ella».

La noticia corrió entre los vecinos, a los que les costó asimilar la dimensión de que en su pueblo se apagara la voz que ellos y millones de personas oían a menudo en la radio. «Fue terrorífico», apostilla Manuela.
El sentimiento generalizado en este rincón de la meseta castellana y leonesa pasa por una gran tristeza inicial que con el transcurrir de los años se ha transformado en una admiración y tributo perenne. Cecilia perdió la vida en Colinas y Colinas mantiene su recuerdo muy presente.

«Lo vivimos de una manera extraña. Por un lado, que pasara esto aquí, y que una cantante conocida y joven perdiera la vida así impactó, pero como al mismo tiempo afecta a unos vecinos pues se siente todavía más», explica Carmen.

«Cuando ocurrió el accidente no vivía aquí, vivía en Asturias. Como siempre había nostalgia del pueblo, cuando nos llegó la noticia nos afectó mucho. Era una cantante de nuestra época, pero yo la siento actual. Hoy la sigo recordando con mucha emoción, como cantante y como compositora me encantaba y aunque no esté aquí me sigue encantando». He aquí una admiradora de Cecilia y de su obra.
Modesto reconoce que desde ese lunes, ese 2 de agosto de 1976, la historia de este rincón zamorano cambió y marcó un antes y un después. «El nombre del pueblo ya está ligado al de ella para siempre. Nos lo siguen recordando todavía hoy, cuando decimos que somos de Colinas, dicen ‘anda, en el que murió Cecilia’».

Cuenta lo de las flores con cierta intriga. «Suponemos que es gente de fuera. Amanecía y, hasta hace nada, ahí estaban las flores. Justo en el lugar donde fue el accidente».

Reunidos en la casa de Cultura con motivo de este reportaje, una decena de vecinos conversa sobre los títulos de la cantautora que prefieren y, también, sobre «cuánta gente se ha matado en esta carretera», la antigua comarcal C-620, ahora reconvertida en N-525.

«Lo vi desde el otro lado de la carretera», rememora Margarita, de la quinta de Luis, que sabe lo que duele el asfalto. Perdió a tres de sus nueve hijos en accidentes de tráfico, y su hermano, «porque le apeteció», fue quien ideó el monolito a Cecilia que luce hoy a las puertas de la casa de cultura, a apenas unos metros de donde ocurrió el fatal siniestro vial. «Mi hermano trabajaba en la construcción, lo puso ahí como recuerdo a ella», agrega y posa orgullosa con el tributo de este pequeño rincón zamorano, que logra que la memoria de Cecilia perdure más allá incluso de sus canciones. «Y aquí queda para la eternidad».
Monolíto homenaje a Cecilia en Colina de Transmonte
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