Diario de Valladolid

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MÁS QUE NOS PESE –a unos más que a otros–, los dictados políticos del tirano Sánchez se van clarificando, tal y como sucedía en las postrimerías. Me refiero a los Novísimos que aprendíamos de niños en el catecismo, y que nos producían terror, y no menos inquietud a los mayores que tenían dos dedos de frente. Impresionante. Al final de la vida uno tenía que enfrentarse ante una muerte real o política, ante un juicio inapelable con relación exhaustiva de buenos y malos actos, y ante una sentencia mortal que ponía los pelos de punta porque te llevaba de patitas al infierno de Pedro Botero, o al cielo de la Santísima Trinidad. Pues esto eran, y son, las postrimerías o novísimos.

Que el tirano Sánchez, a la vista de sus actos en la semana pasada, está ante sus propias postrimerías, es evidente y notorio. Esta realidad no se la saltan ni Putin ni Xi Jinping, por mucho que los dos carcamales quieran vivir más de 150 años, como nos transmitieron hace escasos días en el ámbito megalítico de ese desfile militroncho, que ha reunido en Pekín a la florinata del tiranicidio universal y del comunismo morganático. ¿No han percibido ese rostro cadavérico de Sánchez rebosando la Rosa Mosqueta para disimular su rigor mortis? ¿Tampoco el esperpento moral y jurídico del Fiscal General de Sánchez ante el inicio de la apertura del Año Judicial, ni la desvergüenza antisemita en dos ruedas de la vuelta ciclista a España?

¿No? Revisen sus ojos, por favor. Comentar aquí la figura gestual del tirano, me sobrecoge. No porque lo sienta, sino porque no estoy para comparativas estéticas, ni para señalar el deterioro de un precioso ridículo al estilo de Molière que sueña con la eterna juventud. A Sánchez le ha ocurrido como a esos chulánganos que van a Turquía para hacerse un retoque o un implante de pelo, y vuelven trasquilados, y más si lo que necesitan es un embalsamiento para la vida eterna. Con las prisas, surgen cantidad de imprevistos: un accidente del bisturí, un cambio de aires en el Falcon. Lo de Sánchez ha sido la operación política de un Tenorio: que el engaño, el cinismo, y las bellaquerías fueran tan exquisitas como invisibles. O sea, una cirugía olímpica para el divino Apolo.

Harina de otro costal son los dos hechos políticos antes enunciados, que tanto dieron que hablar en la semana anterior, y que han pasado íntegros a esta semana, que se inaugura hoy lunes 8, festividad de Nuestra Señora de San Lorenzo de Valladolid, y la de otros lugares de España con distinta advocación mariana. ¿Y cómo ha sido esa transferencia? De lo más normalico, sin traumas, y con la habitual parsimonia que compaña al desguace de la España constitucional. Con la misma transparencia y con la misma pregunta cachondísima que un calvo le hacía a otro calvo en las novelas picarescas del Siglo de Oro: Oye, amigo, «¿y cómo te hiciste calvo?». Muy fácil, colega, le contestó el calvo del Corbacho: «Pelo a pelillo el pelo llevando».

En cirugía estética, y en los inventos más placenteros de la vida, está todo inventado y condonado desde hace siglos. ¿Cómo un Fiscal General de Sánchez, que es un imputado, y que se sentará en el banquillo como un presunto delincuente dentro de unos días, puede seguir siendo el Fiscal General de un Estado democrático? Pues no se escandalicen: también pelillo a pelillo como se hace en las actuales clínicas de implante con tecnología punta. La misma táctica que usa el tirano en ese libro que le hicieron, y que se titula Manual de resistencia, publicado en 2019, y que para algunos, como el que suscribe, nos remitió, casi de modo automático, salvo en los retoques con rayos láser propios de la modernidad, a Mi lucha –Mein Kampf– que publicó Adolf Hitler en 1925.

Los parches cosméticos que ha usado el señor García Ortiz son propios de una autarquía en descomposición que dice actuar con rectitud inequívoca allí donde el chanchullo es alimento vitamínico. No sé en qué jurisprudencia o código se apoya para lanzar esta desfachatez totalitaria: «Si estoy aquí es porque creo en la Justicia y en las instituciones que la conforman». ¿Quizás le asiste eso que llama su amiga, la Ministra de Igualdad, «por huevos» y por «resignificar lo que es una expresión de fuerza, de dominación, de violencia, o de testosterona irracional y rancia»? De lo que no cabe la menor duda es que está en «la solución final» de su amo Pedro Sánchez cuando suelta esta imperial hitleriada: «Yo no soy la persona, soy la institución». Totalitarismo en vena.

Pero aquí, lógicamente, no acaba esta tragedia que deja a la democracia española en la pendiente de las dictaduras con espuelas que retrata Anatole France en La azucena roja, una novela de infidelidades cainitas. Como acaba de demostrarnos el tirano con el pogromo antijudío que se ha montado en estos días con la vuelta ciclista a España, seguimos formando parte esencialísima de «la solución final a la cuestión judía», que aprobaron los jerarcas nazis en la Conferencia de Wannsee en enero de 1942. Lo que quiere decir que las persecuciones y las matanzas de judíos en la edad media –como «algo sencillamente bello» que siglos más tarde escribió un asesino de la misma cuerda–, han cobrado vigencia con Sánchez.

¿Sí? Sí. Sencillamente porque, «desde el río hasta el mar», nos ha alineado con los terroristas de Hamás, herederos del Muftí de Jerusalén –Hajj Amin al-Husayni– que se acostaba con Hitler; con los Bilduetarras de Eta, asesinos de niños, mujeres, y de gente inocente que pasaba por ahí; con los narco estados bolivarianos; con los independentistas, la internacional del odio, del ladronaje, y de la corrupción absoluta. Por todo esto, delenda este tyrannia.

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