Ilusión óptica
YA pasó. Me froto los ojos y los aclaro con agua tibia y, ¿qué veo? Un escenario feliz, pero algo calmo y monocolor. Ya no se ve esa algarabía electoral policromada que, escrito sea de paso, tampoco fue para tirar cohetes ni para volverse loco con los pinceles, pues no hubo colorines. Ni calor.
Ya pasó. Representantes y representados hemos culminado con éxito los últimos objetivos rurales que nos prometimos. Algunos, también juraron que los guardarían. Por lo tanto, podríamos asegurar que estamos a salvo aquellos que tememos por el devenir inmediato de los núcleos de población rural. Que también se puede decir a las claras: qué coño va a pasar con los pueblos. Pues ahora toca práctica y demostrar lo que dijimos en esos días de antes del voto, el pacto, la traición y la gran promesa. Pero tranquilos, estamos en periodo de paz.
Dejémosles que vayan ahormando sus traseros en los asientos. Que cojan postura. Necesitamos que estén cómodos porque tendrán que hacer frente a todo lo que nos prometimos. De la memoria que no se preocupen, desde el común vamos a procurar que no se les olvide nada. Porque el olvido es el primer virus que entra tras la toma de posesión. Confiemos que en esta ocasión sean inmunes.
Pues eso, que manos la obra. ¿Os acordáis de cuando nos llenasteis la cabeza de Españas vaciadas, de tónicos mágicos para repoblar de pócimas reconstituyentes para que aguanten los últimos habitantes heroicos en las aldeas, de inversiones, de farmacias y de escuelas? Tranquilos. Tomaros una vacaciones en el pueblo que ya hablaremos a la vuelta y, ojo, no os dejéis llevar por un efecto peligroso. Viene en el diccionario, se llama espejismo. Es una ilusión óptica en la que los objetos lejanos aparecen reflejados en una superficie lisa como si se estuviera contemplando una superficie líquida que, en realidad, no existe. O sea, que la vida y el color del pueblo ahora es solo un trampantojo. Para vendimias hablamos.