El sueño dogmático de un chico enfurruñado
UN CHICO AL QUE mayoritariamente su grupo le quita la razón coge una pataleta y se va echando pestes de quienes han sido sus amigos. Lo deja todo, el grupo y el temporal empleo que le propició la llegada a ese grupo. Su opinión era mínimamente minoritaria. Opinión legítima, pero escasa en cuantía como mandan los cánones de la democracia desde los tiempos de Sócrates.
Pero el chico se enfurruña y presupone que le asiste la razón contra todas las razones mayoritariamente mayoritarias, más propio del sueño dogmático que conocemos desde los tiempos de Descartes. Los otros tienen la misma razón que hace tres semanas compartían con el muchacho ahora ensimismado. La misma razón que el muchacho compartía con ellos. Es decir, no es un cambio después de años o tiempos, de nada, ni los del grupo han cambiado.
Será el chico el que ha cambiado, digo yo. Los caprichos de los críos son inescrutables. Pues aún así, el chico intenta atesorar la épica y la heroica. Cuando lo único que le asiste son muchas dosis de intransigencia y unas cuantas de cobardía. Una poco malcriado el chico, al que por cierto no lo conocía ni el Tato hasta que encaprichado decidió dar un portazo a los que le acogieron, merced al padrinazgo de uno de los del grupo, que algo avergonzado tiene que andar al ver el comportamiento infantil del chico que iba para hombretón de la política y se quedó en brisa de San Juan. Hagan una prueba.
Pregunte por él a diez personas en el bar. A lo más que llegará alguno, con años y memoria, es a asimilarlo, por aquello del apellido, con uno que aprovechó la Dirección de la Guardia Civil para atracar a las arcas públicas y acabó apareciendo en una revista ya prescrita enculando a una cucaracha hinchable.