Nos llevan los diablos
CUANDO descubrí el fenómeno de las mascaradas, y no hace tantos años, pues el brote con cierta propagación mediática surgió ya iniciado el siglo XXI, recuerdo que en aquellas gélidas amanecidas del noroeste zamorano, casi siempre por Navidad, entre caras tiznadas, sones de cencerros, nubes de ceniza y algún sorbo de orujo alistano, ahí estaban los portugueses. Ellos, rayanos también, hacían guardia ante unos de sus patrimonios, que compartían con nosotros, al lado de carochos, diablos, zamarrones y cencerrones.
Y es que la mascarada de invierno es un fenómeno que los portugueses conocen bien porque lograron mantener activos en su territorio decenas de ejemplos de estos ritos, se adelantaron a defenderlos y a estudiarlos y crearon las herramientas para su protección: la Academia de la Máscara Ibérica, como foco científico y de investigación y el Museo de la Máscara ubicado en Braganza, la chispa de otros monográficos como los museos locales de Vigo de Sanabria y Riofrío de Aliste, donde tienen casa ya obisparras y carochos. A ellos se han unido otros pequeños museos, exposiciones, muestras o desfiles y siguen diseñándose espacios museísticos para dar a conocer el hecho cultural y festivo de las mascaradas en España, fundamentalmente en Salamanca, Zamora y León, donde afloran cada año, por fortuna, nuevas manifestaciones de aquellos viejos carnavales que «milagrosamente» regresan ahora vivos cuando se mueren las comunidades y los pueblos que los engendraron.
Por eso hoy comprendo ese mensaje que tanto me fascinó al escuchar, acompañar y leer al profesor y antropólogo lusitano Antonio Tiza portugués y defensor de la máscara ibérica. Era solo el principio. De aquellas cenizas nos vienen estos vientos nuevos que miran al interior de esas caretas terroríficas, siniestras y, sin embargo, entrañables. Vivimos tiempos de recuperación, de reivindicación. En el Simposio celebrado recientemente en la villa de Alcañices se volvió cruzar la raya con notable éxito. Solo en las dos provincias más rayanas se conocen medio centenar. Pero queda campo en el resto de la región donde lamentablemente no tenemos portugueses que nos animen. De ahí que urja ya un respaldo institucional para que los antropólogos entren a estudiar, catalogar, marcar criterios y, por supuesto, involucrar a todas las instituciones de carácter etnográfico de Castilla y León. No vaya a ser que nos lleven los diablos –carochos en portugués– por no defenderlos.