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HOY abre sus puertas la mayor cita del vino y la feria española más rentable. En ella se concentrará la atención del sector vitivinícola de todo el país. Asiste, como es de esperar, una digna representación de profesionales y empresarios del vino y la viña de Castilla y León.

De haber sido espabilados, menos soberbios y de no haber derrochado fondos en malabares políticos del colorín, hoy esos titulares se los llevaría Valladolid. Y en vez de «Fenavin, el mayor acierto comercial de Castilla-La Mancha y la cita obligada del sector, convierte un año más a Ciudad Real en la capital del vino en el certamen vinícola de referencia en España», el titular sería este: «Valladolid, capital de la región con el mayor número de bodegas y vinos de prestigio internacional, abre las puertas del certamen del vino español y, de nuevo, se convierte en una cita obligada y de referencia del mundo vinícola en el sur de Europa».

Así da gusto, sin medir extensión ni meter la tijera al adjetivo. Pero hay más, el subtítulo sería más o menos así: «Participan en la conocida como feria del Duero-Douro las 750 bodegas de las 15 zonas donde elaboran vinos de calidad en Castilla y León, a las que se suma la presencia de la totalidad de las DO españolas y portuguesas». Y luego, ya en el texto principal, seguimos soñando… El certamen, que durará una semana «enterita», incluye la edición de los Premios Zarcillo y de los Manojo, dos congresos nacionales de enólogos y sumilleres, además de la presencia de los máximos representantes de la OIV, de la FEV y de la CECRV, cuyas siglas todos conocemos. A esto se unen el simposio anual sobre cambio climático, la arquitectura del vino y el esperado debate de la prensa y su tropa de plumas polifenólicas a dar la cara...

Nada imposible, aunque algo tarde para salvar la honra que perdimos por unos políticos y unas políticas torpes, insensatas, mal aconsejadas y sin criterio ni conocimiento sobre el sector del vino que se cargaron nuestra hegemonía por un plato de lentejuelas y titulares. Y nos han dejado un metraje ridículo, un calendario ferial agónico, nuestro Zarcillo dilapidado y cada día más lejos de los agentes implicados. Y, en esto, se alzan banderas de capitalidades vínicas. Un día de estos se nos va hace la maloláctica en la botella.