Diario de Valladolid

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NO era difícil intuir que tras aquel ‘Juana está en mi casa’ existían alojamientos irregulares. El turismo de ideología tiene estas cosas. Tiene, mirándolo con detenimiento, ciertas coincidencias con el turismo de borrachera; en ambos casos se nubla la razón y se acaban defendiendo causas de nobilísima apariencia pero de realidad, en muchas ocasiones, nauseabunda. Tampoco resultan del todo contradictorios, siendo diversos, es cierto, los resortes que impulsan a acoger en el dormitorio de casa a la señora Rivas y los que promueven colocar encima de la tele del salón unas pequeñas reproducciones a tamaño escala de los agresores de Alsasua. En los dos supuestos existe un febril ánimo sectario.

No es extraño que una sociedad descentrada genere espejismos patológicos. Sólo necesita la colaboración de una parte de la sociedad, y para ello existen voluntarios de sobra, a manadas, y la existencia, o la creación impostada y deliberada en caso de falta de un supuesto real, de una causa.

Una mente equilibrada puede observar de modo natural y directo cómo se hace pasar por víctima a quien, en realidad, cabalmente, no lo es, y además acoge el instrumental de autoría de los hechos que verdaderamente merecen el reproche de la ley. A mí me seduce más contemplar cómo desde diversos sanedrines se utiliza, sin pudor, a esas presuntas víctimas para su propio beneficio. En esto, el feminismo, el animalismo y el independentismo beben de las mismas fuentes contaminadas. Eso sí, quienes manejan los hilos, fruto de sus propios perjuicios supremacistas y frustraciones varias, ingieren el líquido con filtros, y lo escupen una vez que sienten la humedad en la boca, mientras que sus tontos y tontas útiles (¿útilas?) ofrecen ante el público suculentos tragos que, finalmente, dan con ellos sobre la lona.

La reacción a la sentencia de Granada de una asociación de juezas, usando a los niños como argumento, indica lo peligroso del turismo ideológico. Antes que dar vacaciones a la razón, es mejor quedarse en casa.

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