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HUBO aplausos, es verdad, aunque algunos, los dirigidos a Cifuentes, no hicieran ni pizca de gracia a más de uno. Vítores, también es cierto, pero el ambiente que se respiraba en la convención del Partido Popular de Sevilla era cualquier cosa menos festivo. Más allá de esa clá, que está para eso, aplaudir, vitorear y montar la fiesta que peor queda, aquella que es impostada y se nota.

Y si algo hubo en esos tres días de convención fue mucho aplauso impostado, mucha declaración impostada, muchos abrazos impostados y demasiadas fotos de familia impostadas. Casi todos los que se jugaban algo en la delegación castellana y leonesa pensaban no hace tanto que de Sevilla se iban a traer en su zurrón una respuesta clara al ‘que hay de lo mío’. El propio Alfonso Fernández Mañueco tenía la firme convicción de conocer, al menos, cuando le iban a nominar como candidato. Pues ni lo uno, ni lo otro. Todos se quedaron compuestos y sin novia, por mor de una Cristina Cifuentes que se encargó ella solita de reventar la convención desde el minuto uno.

Desde luego si lo que buscaban eran recargar pilas lo que han conseguido es el efecto contrario. La convención, además de un fiasco y fallida, ha sido frustante para todos aquellos que la aventuraban como el pistoletazo de salida de la campaña electoral. Nada más lejos de la realidad.

Los ‘populares’ castellanos y leoneses se viene sin la bendición ‘urbe et orbe’ del jefe máximo para su candidato Mañueco, que la tiene de todo el mundo, hasta del propio Juan Vicente Herrera, pero al que le falta la más importante. «Qué le hubiera costado a Maíllo presentarlo como presidente y seguro candidato», exclamaba alguno durante la primera mesa de debate. «Pues nada, pero son los tiempos», le respondió otro. «Pues a ver si se nos va a pasar el arroz», concluyeron.

Lo que se les ha pasado es una convención de la que todos sin excepción vuelven peor de lo que fueron y con la sensación de que aún les queda un trecho que recorrer y esperar para saber cuándo hablarán con cada cual. Que es justo lo que esperan, que hablen con él, entre otros Antonio Silván. Pues le conviene esperar sentado porque de esta convención impostada sale un PP más alicaido y en horas bajas que La Cartuja en la que se celebró.