Diario de Valladolid

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LA MORTAL condición de la que gozamos los seres humanos nos une. Es decir, supone un dato, fundamental, que nos es común. La vida, nuestra existencia, nos diferencia. Así que, como primera conclusión, quedémonos con los latidos, y dejemos los epitafios para lo inexcusable. Y eso que, como dice un amigo mío de talante bromista, la otra vida no debe ser tan mala cuando nadie ha vuelto. En todo caso, lo que une permite definir a una raza o especie, pero difícilmente suele suponer un adjetivo que ensalce a cada individuo.

La muerte de un ser cercano, por lazos afectivos o por su presencia o poder social suele conmover. En unos casos por un sentimiento real y sincero, en los otros por desaparecer quien estaba presente en nuestra vida cotidiana, incluso aunque fuera a través de la pantalla de la televisión o de las páginas de un periódico. El verdadero dolor lo crea la ausencia de quien estaba arraigado en nuestro corazón; la desaparición del famoso o poderoso simplemente zarandea esos vanos cimientos de creer que el dinero, los cargos o la fama crean un blindaje todopoderoso. La insospechada muerte del político Tomás Villanueva, ajeno ya a cargos, pero presente en la actividad judicial y polémica política, permite contemplar las reacciones de quienes han estado vinculados a él, desde diversas ópticas, y constatar cómo se reacciona ante una dramática noticia.

Así, se han publicado desde declaraciones de amistad leal y inquebrantable, hasta apreciaciones de calado inocuo y objetivo sobre el peso, evidente, que tuvo en la política y economía regional.

Todas me han llamado la atención. Difícilmente, creo yo, se hubieran posicionado algunas personas en el ámbito de una gran amistad si Villanueva no hubiera fallecido, al menos durante el tiempo en el que hubieran durado los procedimientos judiciales en los que estaba involucrado. Las de los sindicatos me han parecido más sinceras: duro en la negociación y leal en el cumplimiento de pactos. Una frase que bien podría ser un orgulloso resumen de la vida de cualquier político de talla. En todo caso, solemos ser condescendientes y cariñosos ante la muerte, no tanto por el desaparecido, sino por nuestra conciencia y porque, seguramente, así nos gustaría que nos trataran cuando seamos nosotros los que digamos adiós. Aunque la verdadera opinión y afecto es el de hoy y ahora, después ya será tarde.

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