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LA ACTUALIDAD muerde. Los hechos ocurridos estos días nos devuelven a un escenario de crueldad que todavía cuesta situar en este siglo y, aún más, en el culto y plácido solar de Occidente. No hay forma de asimilar esta locura. No somos capaces de entender ni de digerir este sinsentido, a pesar de la reiteración de secuencias trágicas que cada vez impactan en un espacio más corto de tiempo. Asistimos al terror en toda su dimensión. El ciudadano sufre en sus carnes la sensación de ser presa del pánico. Fuego a discreción sobre niños, mujeres y ancianos. Miles de francotiradores nos apuntan y dan el blanco de sangre.

La barbarie a la que nos enfrentamos supera la ficción, se está haciendo huésped de nuestras vidas y tiene un nombre: terrorismo. El terrorismo es la pandemia más incontrolable de este siglo, al que se le están apagando las luces. Un terror fundamentado en fanatismo religioso y patriotismo geográfico. Es algo anacrónico, incomprensible, es como si no hubiesen servido de nada las tragedias de nuestros antepasados, que vivieron las dos guerras mundiales, la nuestra, la tortuosa contienda de Vietnam, la inesperada locura de los Balcanes, la polémica intervención en Irak y los últimos escenarios de matiz islamista, que reproducen escenas de sangre y muerte cada vez más espeluznantes desde las Torres Gemelas. Podría decirse que vivimos aterrorizados, es decir, con miedo a que en cualquier lugar y a cualquier hora se repitan los contenidos informativos que nos sobrecogen durante horas y de los que pasamos página poco tiempo después, menos cuando te toca de frente algo que cada vez les ocurre a más personas.

Estos sucesos que conmueven a la sociedad son un campo de batalla donde el Periodismo, como colectivo, envía a sus efectivos para recabar información y ofrecerla con inmediatez inusitada gracias a las nuevas tecnologías.

El público se pregunta en cada titular, en cada imagen, en cada documento sonoro que narra el espectáculo dantesco «¿Por qué? ¿Quién alimenta tanto odio? ¿Quiénes son los responsables?» Urge dar una respuesta contundente, con dureza, a todo lo que altere nuestra convivencia y nuestros valores antes de que nadie deba preguntar el último y agónico por qué.