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LA VIOLENCIA domina demasiados ámbitos de la sociedad. El complejo terror yihadista salta un día sí y otro también en nuestro entorno, aunque su expresión en los medios es inversamente proporcional a la distancia de la tragedia. Generar terror para amedrentar es un fenómeno antiguo que ha ido manifestándose por motivos políticos, económicos e incluso por intereses individuales.

Hay un terror que las más avanzadas sociedades no se quitan de encima y contra el que no somos capaces de encontrar recetas que lo eliminen o incluso rebajen su impacto. Es la violencia de los hombres contra las mujeres. Más de 40.000 denuncias, un 20% más, en sólo tres meses es todo un escándalo social. Sobre todo, porque todos sabemos que hay numerosas agresiones que no se denuncian por miedo u otras causas.

El Observatorio contra la Violencia Doméstica nos dijo este miércoles que en Castilla y León hay provincias, como Salamanca y Segovia, donde esta lacra se acentúa mucho más. Y no logramos pararla. Es el fracaso de la sociedad en su conjunto y el de su clase política. Es una fractura social más que sitúa a las mujeres en un gran escalón de inferioridad respecto a los hombres.

Hace meses escuché a un juez hablar de la violencia machista con gran sensatez, pero sin recetas mágicas. Sólo la educación desde niño puede acabar con este fenómeno de dominación social que genera privilegios de unos frente a otras.

¿Y qué hacemos mientras se llega a esa utopía de violencia cero? Yo tampoco tengo fórmulas mágicas. ¡Qué más quisiera! Sólo se me ocurren pequeños cambios para frenar la violencia contra las mujeres. Reforzar su protección, facilitar su empleo, generar espacios de igualdad de oportunidades laborales, eliminar la brecha salarial, acabar con los lenguajes machistas, dejar de considerar a los agresores como enfermos, elevar el nivel de movilización social contra el maltrato…

Y se me quedan cortas mis ideas. Seguramente usted lector puede plantear nuevas alternativas. Probablemente ha vivido cerca alguna situación y está en condiciones de poner ese grano de arena que siempre suma. Espero que la próxima semana, cuando se debata el estado de la región en las Cortes, alguien se acuerde de este gran desequilibrio que no entiende de clases sociales ni golpea solo a grupos marginales y que, en demasiadas ocasiones, se produce en la intimidad silenciosa y solitaria del hogar. Hay mucho por hacer; que sea difícil lograr resultados nunca será excusa para una pasividad cómplice.