Creado:

Actualizado:

EN este diciembre en el que el Duero ejerce su oficio neblinoso, brumoso escenario propicio para el recogimiento y la reflexión. Y aquí estoy releyendo a Unamuno, al que no es fácil seguirle el hilo porque él mismo se pasó la vida cosiéndose las entretelas del alma y de su argumentario.

Con el mismo desorden con el que escribió D. Miguel sus obras y expresó sus ideas, me entretengo en revisar lo que dieron de sí los últimos días, sobre todo en territorio CyL. El informe PISA, sobre la educación de nuestros chavales, en relación a su comprensión lectora, matemáticas y ciencias, parece un buen entretenimiento.

Las estadísticas, vaya por delante, tienen la fiabilidad de los criterios que las sostienen y dan contenido, al igual que resultan útiles si existe un control real sobre el acopio y uso de los datos que se emplean. El grado de objetividad del dato recabado y del instrumento que lo procesa favorece que ofrezca un resultado cercano a la realidad.

La comparación del informe PISA entre comunidades españolas (de las que han querido someterse al escrutinio) ofrece, a bote pronto, una primera conclusión, partiendo de la base de que los chavales no van a ser más listos ni más tontos por el hecho de nacer en la vallisoletana Ciguñuela o en la pacense Don Benito, cual es que el Estado hace una manifiesta dejación de sus funciones y deberes al constatar la diferencia del resultado en según qué ámbito entre unas regiones y otras.

Se alegará que con esto puede pasar como con la renta per cápita u otros estándares sobre riqueza, economía, etc. Y pasa, claro que pasa, pero no debería pasar. Ni en Educación ni en Sanidad. El informe PISA es un demoledor termómetro frente a la bondad tan relativa de un sistema político-territorial tan descentralizado que mientras en unas regiones les cuela a los pobres chicos que existió una Corona de Cataluña y Aragón, en otras la comprensión lectora les llega hasta donde les impone su terminal de móvil.

Aquí sí que debería el Estado corregir diferencias presupuestarias, para evitar que unos chavales acaben siendo más inteligentes por el mero hecho de que sus representantes políticos sean los más listos.