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DOS REPUGNANTES escenas de odio machista en Arévalo y en Fabero, y una tercera posible en Fuente de Oñoro. Un pescadero llamado Jonathan degüella a Mónica, todavía su mujer,  en presencia de su hija de tres años. Diez días después, Iván secuestra en Fabero a su expareja y la somete durante horas a torturas y humillaciones. Presuntamente, claro. Y ayer nos despertamos con un guardia civil y su pareja muertos.

El crimen de la localidad abulense y la cruel agresión en el municipio leonés revelan graves fallos de la sociedad, de la política y, en el segundo caso, del mundo de la justicia. En ambos escenarios, los agresores no soportaron la decisión de las mujeres de romper la relación.

Dentro de unas semanas,  otras mujeres volverán a ser víctimas de la crueldad de  esta lacra sin fin. No me equivoco si aseguro que el miedo íntimo y la soledad de muchas mujeres conviven en otros tantos hogares.

Y veremos comunicados institucionales de condena, manifestaciones de repugna, minutos de silencio y banderas a media asta. Todo lícito y necesario. Pero,  ¿qué está fallando para que con leyes tan exigentes, con unanimidad política, con medidas de coordinación, con la mayor capacidad de denuncia, con gran rechazo social… sigan actuando vilmente estos asesinos? ¿Por qué se mantiene esa superioridad tradicional de lo masculino frente a lo femenino que las hace todavía desiguales y vulnerables? ¿Hay suficiente protección a las víctimas para que la  denuncia no se convierta en un motivo más de miedo?

 El agresor de Arévalo la mató. El (presunto) bestia de Fabero la torturó, la humilló, la vejó y la amenazó con matar a su hijo. Hasta en diez ocasiones fue denunciado por malos tratos. La Justicia debe investigar qué falló y alguien tendrá que sancionar los gravísimos errores que han provocado tanta crueldad. Y si la justicia no es capaz de castigar estos fallos, la política deberá poner en su sitio a estos jueces.

 Ayer hubo otro caso y mañana, posiblemente, otro. El sistema debe ir al fondo, a la raíz; para hallar el diagnóstico y las causas profundas de algo tan complejo pero tan evidente como el odio machista,  que sigue certificando el poder del hombre sobre la mujer. Hay que crear valores sociales distintos que eviten la cosificación de la mujer. Mientras tanto, allá donde haya el menor síntoma de agresión, será vital impedir la soledad de la víctima. Y no menospreciemos a quienes todavía soportan a agresores en su cama porque la pobreza femenina les impide ser autónomas.