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TERMINA una semana de gran intensidad en las Cortes. Donde se ha debatido mucho y hemos visto a los líderes de los partidos enfrentarse dialécticamente con una viveza inusual. Nadie que tenga una leve idea de lo que es la democracia y esté convencido/a de que, a pesar de todos sus riesgos y defectos, constituye el sistema político menos malo de los inventados por los humanos, debiera alarmarse por ello. Lo preocupante es que los parlamentos, como ha ocurrido por mucho tiempo en el nacional y no menos en nuestras Cortes de Castilla y León, pasen a convertirse en una especie de imagen congelada o mera apariencia formal de lo que el juego democrático debería ser.

Y esto no sólo porque pocas cosas de las debatidas en los mismos parecieran interesar a los ciudadanos, sino porque los propios intervinientes habrían dado –frecuentemente– la impresión de no creer que sus debates pudieran cambiar nada sustancial. Ahora es como si todo pudiera ocurrir a cada momento, lo que no deja de ser apasionante, pero –sin embargo– casi nada ha cambiado desde hace semanas. Y esa constante exasperación quizá llegue –igualmente– a producir cansancio. Tanto la retórica de los parlamentarios como de quienes hacen la crónica política ha brillado también en los últimos días de manera desacostumbrada. Y se ha abusado –incluso– de determinadas metáforas, como las que tienen al baile de epicentro: pareja, movimientos, rigodón y otros términos por el estilo han sido repetidos a menudo, sin que no obstante yo haya escuchado el que mejor refleja la situación.

Y es que, a medida que transcurren los días, la «danza de investidura» a que asistimos se asemeja demasiado a un «chotis trágico» en que el único bailarín no puede salirse de la pequeña baldosa que le han dejado sus compañeros para desplazarse. Y los que observamos vamos teniendo la sensación de que, cuando lo haga, habrá de dispararse –alegóricamente– en su sien la sola bala que le queda ya en el revólver.