La década de los ochenta en la obra de Delibes contempla la aparición de dos de sus novelas grandes (Los santos inocentes, 1981, y Madera de héroe, 1987), emparedando otras menores (Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso, 1983, y El tesoro, 1985), así como varios volúmenes de reflexiones más o menos volanderas: Las perdices del domingo, 1981; La censura de prensa en los años cuarenta, 1985; y Castilla habla, 1986. Los santos inocentes supone también la única salida novelística de Delibes de la órbita de Destino, a la que volverá para sus novelas sucesivas, a pesar del éxito incomparable de Los santos inocentes editada por Planeta. Porque aun siendo la novela española contemporánea más vendida, con cifras que desbordan el millón en varios cientos de miles de ejemplares, su estancia en casa de aquel editor tramposo no le resultó nada confortable. Había abierto la puerta un par de años antes con su antología Castilla, lo castellano y los castellanos (1979), publicada sin las molestas erratas habituales de Destino en la colección ilustrada Espejo de España, y aquella relación generosamente retribuida sólo tropezó con un escollo decisivo y para Delibes insoportable: las ansias desatadas del patriarca José Manuel Lara Hernández (1914-2003) por cazarlo para el concurso del premio Planeta. La antología castellana entregada a Planeta en 1979 reproducía prácticamente la publicada siete años antes con Magisterio Español, a instancias de Cerezales, con el título Castilla en mi obra (1972).