Diario de Valladolid

Cuéllar encierra la bravura con su lealtad a la tradición

La manada discurrió con incertidumbre por el campo y permitió en las calles el lucimiento valeroso de los corredores

Una gran cantidad de personas acuden al primer encierro de las fiestas de Cuéllar.-ICAL

Una gran cantidad de personas acuden al primer encierro de las fiestas de Cuéllar.-ICAL

César Mata
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Con ímpetu irrumpieron los camineros en el pinar al que abre su boca el corral que contiene la bravura de cada encierro en sus horas previas. Utreros, los marcados a fuego con la C de Caminero, que presentaban remate y hechuras enrazadas. Seriedad en las cabezas y ánimo díscolo desde el principio. Aunque la arena templa los trancos, una penosidad para los ánimos irrendentos, el sexteto comenzó ya a dibujar un ánimo de disgregación.

Los caballistas, comandados por Pedro Caminero y Pepe Mayoral, se esforzaban en mantener un grupo homogéneo, un deseo que se fracturó ya desde el principio. Un astado, de pelo negro, soñó con su independencia indefinida, y como los sueños sueños son, al final acabó dormido. Pero no adelantemos acontecimientos.

El tramo inicial del encierro, hasta el primer claro del pinar, tuvo intensidad; a partir de ahí, ya con la agregación de más caballistas, las cosas cambiaron. Ante un mayor tumulto, los astados comenzaron a rumiar su estrategia. Miraban de reojo las garrochas y sus miradas delataban un plan. Así, por el angosto paso de Las Máquinas, que sobrevuela a la altura de una acequia el mínimo cauce del arroyo Cerquilla, el paso tuvo dosis: uno, luego dos, otro, otros dos… La manada se convertía en grupos disgregados.

En la rastrojera se templaron ánimos y se logró que el astado independentista se integrara en uno de los dos grupos en los que, al final, quedó escindido el encierro. Los mansos, pacientes y firmes, lograron reconducir al rebelde a la legalidad del encierro, un proceso consuetudinario, mas no por ello menos vinculante.

Al paso lento, con el rastrojo como un rescoldo perenne de los días más abrasadores del verano, la comitiva se dispuso a atravesar el túnel que horada la autovía de Pinares, la que lleva desde Valladolid hasta Segovia. No sin esfuerzo y perseverancia se logró pasar al segundo de los grupos de los utreros, del que se había descolgado, otra vez…, en astado segregacionista. La singladura comenzó a cuadrar: trescientos metros después de cruzar soterradamente la vía automovilística, se logró reunir a los dos lotes de tres toros. Ya estaban los seis, tocaba descansar, apaciguar y advertir al rebelde. Los sueños, sueños son…

Cerca de las nueve y veinte de la mañana, la comitiva volvía al tajo. Con las garrochas en alto, al hombro, los caballistas vigilaban sobre sus monturas el tranco lento y apaciguado de los astados palentinos de Carrión de los Condes. Los bueyes, agentes mansos de la autoridad, desplazaban su mole cárnica de trashumancia contemporánea. Hasta la arista que rompe el páramo y lo convierte en vaguada el tránsito fue pacífico; la Guardia Civil, a caballo y en moto, observaba desde la lejanía a los bóvidos, ajenos al carné por puntos y a las señales de tráfico. El descenso por el embudo comenzó con sosiego y acabó con dos utreros contra las talanqueras de madera que indican el camino a las calles. Un tumulto de astas y garrochas, entre un tornado de polvo, creó la confusión. Al final, uno de los astados fue reconducido hacia el pueblo, y el otro, otra vez, sí, miró al horizonte que antes había dejado atrás. Entraron a las calles los bueyes en cabeza, con tres reses tras ellos, y después, los otros dos bravos de Caminero. Carreras intermitentes, trepidantes…

Lejos de la plaza donde acababan de llegar sus hermanos, el toro independentista, irrendento y rebelde al respeto de la ley que manda encerrar los astados, como es costumbre, fue interceptado antes de huir. Dormido, despertó a buen recaudo una hora después. Cuéllar, enhiesta en su tradición antigua, sigue levantando su historia con los alarifes del valor y el riesgo. La historia continúa.

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