Diario de Valladolid

50 AÑOS DE LA MUERTE DE FRANCO

Los testigos vallisoletanos del 20-N: 50 años de la muerte de Franco

Personalidades de distintos ámbitos reflexionan sobre qué implicó para ellos y para la ciudad la muerte de Franco en el 50 aniversario: desde Argüello a De la Riva, pasando por Jesús Quijano, profesores y sindicalistas

Asistentes al funeral por la muerte de Francisco Franco celebrado en la Catedral de Valladolid.

Asistentes al funeral por la muerte de Francisco Franco celebrado en la Catedral de Valladolid.ARCHIVO MUNICIPAL DE VALLADOLID

Valladolid

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Pendientes de la radio y la televisión y con muchos interrogantes. Así vivieron gran parte de los testigos vallisoletanos del 20-N el que sería un acontecimiento decisivo para el país. La muerte de Francisco Franco el 20 de noviembre de 1975, hace ahora medio siglo, supuso para Valladolid un auténtico revulsivo. En los primeros días, incluso horas, con la noticia aún reciente, lo que para muchos fue un luto impuesto despertó en diferentes vallisoletanos inquietud, esperanza o miedo, aunque el sentimiento más extendido fue el de incertidumbre sobre lo que vendría después. Cada uno vivió esa fecha grabada a fuego en la historia de España bajo su propio prisma, aunque todos coinciden en que desde la muerte del dictador, la capital del Pisuerga empezó a respirar aires de cambio.

Esas famosas palabras de Arias Navarro diciendo aquello de «Españoles, Franco ha muerto» marcaron el inicio de muchas cosas. Llegaba meses después de que en Valladolid las protestas sociales, de la construcción y de las factorías como FASA, sacudieran con frecuencia la cuidad, y de un cierre total de la Universidad decretado en febrero por el Régimen franquista que supuso un revulsivo para los 8.000 universitarios afectados y para sus profesores y sus familias.

Un grupo de vallisoletanos de distintos ámbitos, como la universidad, la medicina, el derecho o los sindicatos, que vivieron aquella época en primera fila, relatan cómo pasaron esos días históricos y cómo le afectó a la ciudad. Desde Argüello a De la Riva, Jesús Quijano, pasando por expertos universitarios o dos sindicalistas de UGT y CCOO, reflexionan brevemente sobre el fallecimiento hace 50 años del dictador.

«Personas pegadas a radios y transistores y una mezcla de sensaciones en los compañeros del colegio mayor y resto de ciudadanos. El alivio se unía a la incertidumbre, el dolor de muchos y la expectación ante la evolución del Régimen y la deseada apertura democrática». Así recuerda el actual presidente de la Conferencia Episcopal y Arzobispo de Valladolid, Luis Argüello, las horas posteriores a conocer la noticia que cambiaría el transcurso del país.

Imagen  nocturna de la plaza Mayor de Valladolid cuando todavía no estaba peatonalizada.

Imagen nocturna de la plaza Mayor de Valladolid cuando todavía no estaba peatonalizada.PHOTOGENIC

Por aquel entonces era delegado de facultad de Derecho de la UVA. El insólito cierre de la Universidad por parte del Régimen en febrero y hasta final de curso le pilló de lleno. «Lo viví con especial intensidad en la organización de la universidad paralela», asegura sobre esos meses en los que profesores y alumnos se apañaban para aprender en la clandestinidad en lo que se convirtió en «una experiencia de compromiso público y de ayuda a los demás» que marcó la vida de Argüello.

La noticia de la muerte del Generalísimo se la dio «el portero de noche» de su colegio mayor. «A pesar de ser esperada, me sorprendió y llenó de expectativas ante lo que ocurriría en los próximos días», asegura a este periódico quien califica esa época del 75 al 79 de estar «marcada por la esperanza, la reconciliación y la mirada hacia el futuro».

A un nivel más íntimo, asegura que supuso toda una transformación personal . «Fue el comienzo de un giro en mi vida en la que la vocación jurídica se abrió a otras llamadas, sociales, políticas y evangelizadoras que culminaron en mi entrada en el Seminario Diocesano».

En ese 75 en Valladolid las protestas sociales marcaban el ambiente. Argüello apunta que «marcaron estas semanas» el cierre universitario, «las protestas por las cinco penas de muerte de septiembre, la marcha verde sobre el Sáhara y la incertidumbre ante la muerte del jefe del Estado». «Una parte importante de la sociedad estaba preocupada y con un deseo grande de buscar un convivencia pacífica entre todos los españoles», sostiene el máximo representante de la Iglesia española actual.

Desde otra perspectiva, como ginecólogo del hospital público y a la vez profesor de Ginecología de Medicina y en la Escuela de Enfermería, el exalcalde Javier León de la Riva también recuerda aquella trascendental fecha y el conjunto del convulso año en la ciudad. «En los días alrededor del 20-N el ambiente entre la gente joven de Valladolid era de cierta tensión porque estábamos pendientes del Telediario que informaba a diario de la evolución de la enfermedad de Franco». Cuando se conoció el desenlace, a De la Riva le tocó invitar a champan a sus amigos. «Lo prometí cuando supe que estaba enfermo les dije que al morir les invitaría y me hicieron cumplir mi promesa», apunta como anécdota de un día en el que lo que más recuerda es la frase de Arias Navarro anunciándolo por la pantalla televisiva. Al margen de los cambios que experimentó España y bajando al detalle su calle dejó de llamarse Avenida del General Franco y pasó a conocerse como Acera Recoletos, igual de la Residencia Onésimo Redondo que se convirtió en el Hospital Río Hortega. «A nivel personal no me supuso cambio, me dedicaba a mi profesión y mi acercamiento a la política fue a finales de 84».

Quien también combina experiencia política y universitaria es el socialista Jesús Quijano, exsecretario general del PSOE de Castilla y León, exdiputado nacional y exprocurador de las Cortes y por el 75 profesor de Derecho Mercantil.

Cuando el Régimen clausuró las facultades vallisoletanas, Quijano era uno de esos que daba clase «donde se podía, en locales parroquiales a veces, en las trastiendas de locales...». Ese año además de convulso para el país lo fue para él y no precisamente todo negativo. Fue «detenido por la policía en mayo» cuando ya era afiliado al PSOE, pero también tuvo a su hija. «Todo en el mismo año», expresa.

La madrugada del fallecimiento cuenta que le asaltaron varias dudas: «¿Qué va a pasar ahora? ¿Saldrá bien?». Pese a conocer lo sucedido, quería confirmarlo con todas las fuentes posibles, de ahí su recorrido por la prensa: «También había una considerable ilusión. Aquel día todos salimos de casa y nos íbamos encontrando por la calle, recorrimos los kioscos de Valladolid para ir comprando periódicos con la noticia, por la plaza de la Universidad, de San Juan, la calle Santiago, la plaza Mayor... La noticia era la misma pero había que confirmar que era verdad», rememora sobre esa jornada clave.

Quijano reconoce que en ese 75 «Valladolid era muy distinto, con menos población, y al principio todas las instituciones estaban ocupadas por personas designadas pro el Régimen franquista por lo que no hubo una reacción por su parte». Agrega que «era una ciudad muy viva en el ámbito universitario y laboral» y menciona «la huelga en la construcción y en alguna que otra fábrica de entonces, sobre todo de automoción». «Por aquel tiempo fue el juicio de los despedidos de FASA y vino Felipe González, que era abogado laboralista», recuerda.

Concluye, como todo aquel que estuvo allí, que Valladolid sufrió un cambio en todos los aspectos. «El cambio fue radical, de costumbres, funcionamiento de la sociedad, familia y sociedad. Empezó una sociedad más abierta, podíamos leer libros que antes no y revistas que sólo veíamos de forma clandestina. Más libertad de expresión. Fue un gran cambio para mi generación», sentencia.

Otra mirada vallisoletana a los mismos acontecimientos llega también desde el entorno universitario. Catedrático emérito de Historia Contemporánea, periodista y expresidente del Ateneo de Valladolid, Celso Almuiña ejercía de profesor ayudante de Historia Contemporánea en la UVa. También habla del cierre total de la Universidad «como un escarmiento a las revueltas universitarias in crescendo sobre todo en Madrid y Barcelona, con Valladolid en un segundo plano y como cabeza de turco».

Sobre aquellos días Almuiña asevera que «la tensión se extiende rápidamente por toda la ciudad, con repulsa manifiesta de ciertos colectivos y asociaciones, que perciben el cierre y la pérdida de curso como injusta y desmedida». Asegura que cuando murió el dictador pensó un «ya era hora, por fin le ha llegado su hora» y relata que ese jueves hubo «un alborozo cuasi generalizado, pero tenso y autocontrolado».

Sin embargo, indica que «cuarenta años de vivencias y propaganda no pasan en balde y, pese a ser minoritarios los grupos progresistas: obreros, estudiantes, asociaciones vecinales y determinadas personas, se pasa por el tortuoso e inexplorado camino de la ley franquista a la ley democrática».

La evolución de la universidad fue incontestable. «Se abre una nueva etapa con la puesta en marcha de la autonomía universitaria. Aparte de la imprescindible libertad de cátedra, investigación... hay un elemento que no se debe olvidar –subraya– que durante la Segunda República durante el primer bienio liderado por los socialistas se duplican las escuelas en España. La época dorada desde un punto de vista económico para la Universidad son los años 80», destaca este catedrático emérito.

La doctora Asunción Esteban, profesora de Historia Antigua y Medieval de la Universidad de Valladolid, vivió la muerte de Franco casi a a la vez que comenzaba a estudiar la carrera, aunque ni ella ni sus compañeros conocieron la noticia hasta que se comunicó de manera oficial.

Conoció de cerca, así, el cierre de la Universidad, que califica de «inquietante porque aquellos días la vida social quedó en suspenso». «Los más concienciados políticamente celebraban el cierre, pero la mayoría asistíamos a ese momento inconscientes del significado», relata, «pero con la sensación de que se avecinaba algo que no sabíamos calibrar».

Todo ello, además, con el seísmo que supuso la muerte de Franco. «Aún no había asimilado todo lo que significaba cuando veía el espectáculo de masas promovido por el régimen, ya no para aclamar al dictador, sino para despedirle», asegura.

Además, en el plano más personal, recuerda aquel jueves como «tremendamente aburrido». Eso sí, considera un «privilegio» haber podido realizar sus estudios «en unos años de cambio, de lucha, de concienciación y de conocimiento. Hubo en esos años casi el mismo número de clases que de manifestaciones o debates y quizás eso fue lo verdaderamente enriquecedor».

Estudiantes ante el cierre de la Universidad de Valladolid.

Estudiantes ante el cierre de la Universidad de Valladolid.PHOTOGENIC

En el ámbito laboral, la muerte de Franco también fue recibida por muchos como una noticia positiva. No en vano, era aquí donde se aglutinaban gran parte de los miembros de los sindicatos que, ilegalizados por el Régimen, operaban en la clandestinidad. Hace medio siglo, Teodoro ‘Tito’ Prieto y Juan Ayala formaban parte de las cúpulas de UGT y CCOO en la empresa pública Enasa, lo que hoy es Iveco.

«Estábamos trabajando en la fábrica de mañana y, cuando nos lo anunciaron, descorchamos las botellas de champán y nos las bebimos», recuerda Tito, al tiempo que reconoce que eran muchos los jóvenes que sospechaban que el fallecimiento de Franco había sucedido días antes y que el Gobierno pretendía engañar a la población.

En todo caso, rememora la «sensación de libertad» que personalmente le trajo la noticia, sin olvidar que la libertad sindical no llegó hasta algunos años después. Precisamente sobre esto último hace hincapié Juan Ayala, quien se tomó la muerte de Franco con mayor cautela. «Los más iniciados veíamos un poco más adelante y parábamos un poco esa euforia porque pensábamos que la cosa todavía no estaba solucionada, que nos iba a tocar remar mucho tiempo», apunta.

Sin ir más lejos, recuerda que «el año 76 fue horroroso en todo el país. Muchas huelgas porque el régimen forzaba y reprimía para que siguiera el régimen sin Franco».

Así las cosas, no era fácil para los sindicatos operar en esa clandestinidad y mucho menos en una empresa estatal como era Enasa, en la cual «había militares en puestos clave» y «el director era un franquista redomado», según recuerda Juan. A todo eso sumaba que «había una red de confidentes de la Policía», lo cual obstaculizaba mucho cualquier actividad sindical.

Fuera de la empresa, en la que tanto Juan como Tito recuerdan que la presencia femenina era prácticamente testimonial y estaba acotada a las oficinas, el representante de CCOO asegura que el ambiente sí evolucionó tras la muerte de Franco. «Se veía un ambiente en la calle diferente, quizás más optimista de lo que correspondía, porque los que estábamos un poco más metidos en el sindicato sabíamos que nos quedaba todavía mucha tarea», apostilla.

Y frente a esa vorágine comedida, como se podría describir lo que sucedió en Enasa, en otro punto de Valladolid el 20-N se convirtió en un día histórico sin que ello afectara demasiado a la rutina. Su protagonista, la abogada y militante del Partido Comunista María Jesús Díez-Astrain tenía entonces 23 años y trabajaba como pasante en un despacho laboralista de la calle Ruiz Hernández.

«Se esperaba la noticia de la muerte del dictador desde hacía muchos días y se vivía con la incertidumbre de no saber con exactitud cuál era la situación», recuerda de los días anteriores al 20 de noviembre de 1975. «La ciudad estaba pendiente de los partes médicos, que se recibían con una mezcla de miedo y esperanza», rememora. «La sensación que tuve cuando murió fue como decir ‘ya está, por fin’. Lo viví con la expectativa de un futuro incierto pero sin duda mejor», asegura.

«No recuerdo cómo me enteré», continúa. «Sí que me arreglé mejor que otros días y fui muy excitada al despacho, donde su titular me dijo que nuestro deber era trabajar como cualquier otro día. Así lo intentamos. En la comida, alguien llevó una botella de cava y brindamos. Por la tarde, acudí a casa de los padres de un amigo para ver a Arias Navarro por la televisión, ya que en mi piso no teníamos televisor».

En cuanto a los cambios que la muerte de Franco trajo a Valladolid, Díez-Astrain apunta que «ninguno inmediato», sino que «los cambios fueron paulatinos y se desarrollaron a lo largo de los años siguientes. Básicamente, iban cristalizando parcelas de la libertad por la que habíamos luchado». Además, agrega que en aquella época «la presencia de mujeres en la abogacía era poco menos que anecdótica». «Nos costó mucho obtener en la profesión el lugar que nos corresponde», reivindica.

De vuelta al ámbito universitario, el miembro de la Real Academia de la Historia, Luis Ribot, recuerda que en las fechas en torno al 20-N en Valladolid «había temor, incertidumbre sobre lo que pudiera ocurrir y, por supuesto, esperanza de que las cosas cambiaran y avanzáramos hacia una democracia. La evolución económica y social exigía el final de la dictadura, pero en su seno había una fuerte resistencia al cambio y nadie podía asegurar que no hubiera una salida sangrienta».

Asimismo, reconoce «ilusión y esperanza» el día de la muerte de Franco, de la que se enteró de madrugada cuando su padre les despertó a él y a sus hermanos. «A mis veinticuatro años no había conocido otro régimen político y deseaba profundamente que nos integráramos en los regímenes democráticos y de libertades existentes fuera de España», afirma.

Ribot coincide también en que la muerte de Franco no supuso cambios inmediatos en Valladolid. «Fue un paso previo imprescindible. Gracias a la democracia pude salir al extranjero sin avergonzarme, como me había ocurrido anteriormente», rememora.

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