70 SEMINCI VALLADOLID 2025
Seminci llega al ecuador: del humanismo de los Dardenne y Enyedi a la exploración del trauma de Eva Victor
‘Recién nacidas’ y ‘Silent Friend’ conectan la edición con las raíces del certamen, mientras ‘Sorry, Baby’ explora las desafecciones del mundo contemporáneo

La directora de 'Silent friend', Ildikó Enyedi.
Tener el mismo día en Valladolid a maestros como los hermanos Dardenne e Ildikó Enyedi, con películas como ‘Recién nacidas’ y ‘Silent Friend’, que entroncan con el humanismo más luminoso que desde sus orígenes ha movido la Semana Internacional de Cine de Valladolid, es una fortuna. En pleno ecuador de la edición, sus películas nos empujan a mirar con ojos reflexivos la realidad que nos rodea, bien sea desde la mirada luminosa a la maternidad responsable de los realizadores belgas, hasta la invitación de la cineastas belga a reconectar con la naturaleza y entender que somos solo una brizna de polvo en el devenir del planeta. La jornada se completó con ‘Sorry, Baby’, el debut en la dirección de la cómica estadounidense Eva Victor, que explora la fragilidad y la fortaleza para sobrevivir al trauma en su película.
La mañana arrancó fuerte con ‘Recién nacidas’, el enésimo regreso al festival de los Dardenne, cuando quedan cerca los treinta años desde su presentación en España con ‘La promesa’, que se alzó con la Espiga de Oro años antes de catar las mieles del triunfo con sus dos Palmas de Oro en Cannes. Impulsores de un cine social poderoso y verdadero, que conecta como nadie con el humanismo que impulsó el festival de Valladolid en sus inicios, los cineastas belgas (cuya edad ronda la del propio certamen) siguen en la brecha con películas vibrantes que nos ponen frente al espejo de la sociedad que somos.
En ‘Recién nacidas’, premio al mejor guion y del Jurado Ecuménico en el último Festival de Cannes, posan su curiosa mirada en un centro maternal de Lieja, donde confluyen las historias de cinco jóvenes desfavorecidas que afrontan de diferentes formas su recién adquirida responsabilidad. Su primera película coral surgió de una forma muy orgánica, según ellos mismos relataron a los medios en un encuentro recogido por Ical. Jean-Pierre explicó que todo comenzó con un guion, donde “había una joven madre que vivía en un centro de maternidad”.
“Nos fuimos a documentar a esa casa para saber realmente qué ocurría allí y cómo pasaba todo, y tras conocer a las educadoras, la psicóloga, la directora, las chicas y sus bebés nos dimos cuenta de que no podíamos contar aquello con un guion, sino a partir de las experiencias vividas allí, y nos convencimos de que no podíamos contar una única historia, sino varias. Nos enamoramos de ese centro maternal y eso nos llevó a hacer una película coral, olvidando la idea preconcebida que teníamos”, relató.
Sobre la luminosidad del film, donde cada una de las cinco protagonistas se libera de algún lastre que las asfixia, su hermano Luc recalcó que “esta película es una ficción”, y aclaró que “la ficción sirve para aportar posibilidades a la realidad”. “La ayuda mutua que se ve en la película entre las chicas existe en la realidad, pero aún así, ellas siguen estando solas con su historia; aunque tengan amigas, la soledad está ahí. El interés, la atención y la profunda paciencia que les brindan la educadora, la psicóloga o las enfermeras es algo real. Es así”, añadió.
Una experiencia transhumana
Por su parte, Ildikó Enyedi, ganadora del Oso de Oro a la mejor película en 2017 por ‘En cuerpo y alma’, presentó ‘Silent Friend’, una obra que atraviesa el tiempo para conectar a tres seres humanos a través de un antiguo gingko biloba anclado en el corazón de un jardín botánico desde 1832. Tony Leung, Luna Wedler (mejor actriz joven en Venecia por este film) y Léa Seydoux forman parte del imponente reparto de un trabajo que, fusionando neurociencia y emoción, invita a mirar la realidad que nos rodea con otros ojos y subraya los vínculos que interconectan a las personas con la naturaleza, a través de tres historias que se dan la mano a través de los siglos.
“La investigación no es más que una serie de intentos para encontrar metáforas para lo fenómenos del mundo”, plantea en el film. Enyedi explicó que con su película ha intentado reflejar “una experiencia muy diferente de la humana”, para empezar a partir de la propia concepción de la temporalidad de la existencia. “Desde el principio quedó claro que la película debía durar más de lo normal y mostrar más que un único espacio temporal. El ser humano solo puede ver una parte de la muy larga vida de un árbol. También quería llamar la atención sobre lo que entendemos por realidad, que en realidad es efímero. Lo que nosotros pensamos que es sólido e inamovible cambia con bastante rapidez, por eso elegí reflejar momentos en los que la percepción humana sufrió notables cambios”, relató.
“Me interesaba mucho la experiencia de una mujer estudiante a principios del siglo XX en este mundo tan restrictivo, en el que la ropa, los horarios e incluso el jardín nos hablan de un férreo control donde empiezan a surgir las primeras grietas. También quería adentrarme en los años 70 que viví como adolescente, cuando esa nueva generación pensaba que era posible cambiar el marco de nuestras vidas y experimentar con los sentidos de múltiples formas. La última historia refleja cómo muchos de nosotros vivimos una experiencia diferente en el confinamiento. Teníamos miedo, pero nos dio la oportunidad de repensar muchas cosas sobre nuestra forma de vida”, señaló.
En ese sentido, se refirió a las tres texturas fílmicas utilizadas para captar cada una de esas tres historias, constantemente interconectadas. Así, la primera de ellas la capta con 35 mm en glorioso blanco y negro, lleno de “exactitud y riqueza de detalles”; para los vibrantes años 70 se decantó por el 16 mm, un formato que llevaba décadas sin usar en su cine, y que ahora ha “redescubierto en su “asombrosa paleta de colores”. Por último, la apuesta por el soporte digital le da forma a las imágenes más contemporáneas de una forma “simple, pero expresiva”.
Sanación y reconstrucción
La jornada se completó con el estreno en España de ‘Sorry, Baby’, el debut tras la cámara de la actriz criada en Estados Unidos Eva Victor. En su ópera prima como directora se pone también delante de la cámara para protagonizar una historia de tono atípico, entre la ternura y la melancolía, marcada por el carácter de Agnes, una joven estudiante de un posgrado de Literatura en una universidad rural norteamericana, que se ve sacudida por un inesperado encuentro con su tutor.
La película posa su mirada y todo el peso del relato sobre ella, una mujer en ciernes de alcanzar lo que siempre soñó, anclada a la vida y a la esperanza gracias al luminoso personaje de Lydie (interpretado por Naomi Ackie), su amiga de infancia, y que encuentra en la literatura un sentido a su existencia.
Con una estructura fragmentada y desordenada, que avanza adelante y hacia atrás en la historia, Victor enfrenta al espectador con una importante sensibilidad a una verdad incómoda, algo que sucedió a su protagonista y que ha condicionado su forma de bregar en el mundo y su relación con su propio cuerpo, resaltando la fragilidad y la fortaleza que conviven y se pelean dentro de su personaje por momentos.
La exploración del trauma rehúye de cualquier atisbo de exceso o aproximación sensacionalista, si bien su estructura en cierto modo circular hace que las consecuencias de ese momento aparezcan en forma de ecos o reverberaciones que impactan de forma frontal contra la protagonista. Es a través de escenas aisladas, de intrascendente cotidianeidad, como la directora refleja el turbulento proceso interior al que se enfrenta su personaje, indefenso ante ciertos mecanismos sociales que la cineasta refleja con un sentido del humor muy particular, y en constante proceso de sanación y reconstrucción.