Diario de Valladolid

LEÓN (Villaornate y castro)

Sólo los mayores se columpian

-J.M. LOSTAU

-J.M. LOSTAU

Publicado por
Alicia Calvo
Valladolid

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Por la ventana se escucha jaleo. Los alumnos no mantienen un silencio sepulcral, como si un maestro impartiese una tarea convencional. Su bullicio nada tiene que ver con el de una escuela al uso. Ellos, tampoco. Su edad superó hace años la de la jubilación.

A falta de niños en el pueblo, las aulas las ocupan dos días a la semana quienes acuden a la escuela de adultos. Hace horas que los pocos menores del municipio leonés de Villaornate y Castro se subieron en el autocar para asistir al colegio en el vecino Valencia de Don Juan.

Un paseo a diario por sus adoquinadas calles resulta tranquilo. «Demasiado», en opinión de Evarista, Florencia, Azucena y un surtido amplio de vecinos de este municipio, que es el de mayor población de España sin niños censados menores de cuatro años a 1 de enero de 2017, según las últimas cifras publicadas por el Instituto Nacional de Estadística.

El censo desvela más vecinos de los que aventuran las persianas levantadas un martes cualquiera de invierno o primavera: 360 inscritos y escaso relevo generacional. Aunque, al margen del padrón, «hay un pequeñín de poco más de un año», revelan.

La memoria de estas tres mujeres todavía alberga padrones «más hermosos», fruto de calles a rebosar, reuniones en la plaza para jugar «a las chapas y al escondite» y ratos de azada y cestos para recoger la remolacha al salir de la escuela, que en su época contaba con dos estancias separadas, una para varones y otra para féminas.

Al lado del tobogán de Villaornate –una de las dos poblaciones, junto con Castrofuerte, del municipio– se encuentran los columpios que más se utilizan. Son modernos y están diseñados para que personas mayores se ejerciten. En verano, el antiguo mobiliario infantil y el nuevo, pensado para usuarios entrados en edad, compiten en afluencia.

Los fines de semana también suponen un revulsivo para este término municipal eminentemente agrícola, en el que antaño hubo más ganadería y últimamente ha proliferado alguna explotación de cerdos, conejos y pollos, como indica su alcalde, Gregorio Merino, que lamenta que los estragos de la despoblación hayan hecho tanta mella en un lugar «acogedor» en el que sus hijos pudieron cursar Primaria. Algo imposible «desde hace casi diez años».

El silencio que reina en las calles lo rompen Juli y Loli. La excepción junto al umbral de la puerta.

A la conversación se une Sari, que viene de la compra en la tienda.

Funcionan ese colmado y más negocios. En general, no se quejan de servicios. «Tenemos de todo, es un pueblo muy agradable», asevera Juli, citando la farmacia, el bar-teleclub y el consultorio médico. «Menos niños, de todo», señala, antes de darse cuenta de otra de las grandes pérdidas que más daño provoca: una frecuencia razonable del coche de línea que acorte esos 50 kilómetros que les separan de la capital.

«Antes pasaba a las ocho de la mañana. Ahora sólo hay uno que te deja a las cinco y media en León y a las seis regresa el de vuelta. No da tiempo a nada».

Los contados transeúntes repiten en distintas aceras la misma cantinela. «Los niños son la alegría. Ojalá nacieran más». Costanza, que limpia el barrujo del parque de Castro, ejerce de instituto de estadística particular. «Llevo 32 años aquí y en este tiempo sólo han nacido 12 bebés. Morirse, se ha muerto mucha gente. Así que las cuentas son claras».

Pese al anhelo común, todos entienden la realidad que asola a la Comunidad. Pronto apuntan a las razones «obvias» de ese éxodo. «La agricultura es de valientes», apunta el regidor. «Te tiene que gustar y requiere inversiones fuertes», agrega. «Cómo se van a quedar sin opciones de trabajo, sin el ocio que tienen en otros sitios. Se casan y se van pa Valencia –de Don Juan–», comentan sobre la falta de juventud unos vecinos que en los días puntuales se resarcen. Cuando las bicicletas no las montan sólo mayores y las fuentes sirven también para llenar globos de agua.

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