Diario de Valladolid

PUPITRES CON CIEN AÑOS

La escuela en la que ellos serraban y ellas cosían

Tres generaciones de ex alumnos de una familia repasan el centenario de las escuelas de San Román. Abuelo, hija y nieto relatan los cambios de la escuela y, por extensión, del pueblo. Dos entradas en el edificio recuerdan a la época en la que niños y niñas no se cruzaban, las clases estaban abarrotadas y el padrón superaba el millar. El colegio siempre temió el cierre, pero resistió gracias a la llegada de varias familias inmigrantes

Elías Mora, su hija Mari Carmen y su nieto Pablo, en la escuela a la que fuero de niños.-MIGUEL ANGEL SANTOS

Elías Mora, su hija Mari Carmen y su nieto Pablo, en la escuela a la que fuero de niños.-MIGUEL ANGEL SANTOS

Publicado por
Alicia Calvo
Valladolid

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Todos los días la maestra del pueblo repetía la suma. Lo confiesa con cierto rubor. No la escribía en la pizarra, sino para sus adentros. Era terriblemente fácil, pero no podía dejar de hacerla a diario. «Sin que nadie se diera cuenta, iba contando los niños».

La suma, a menudo, se transformaba en resta. Cuando no daba más de diez, los números se tornaban rojos. La escuela, en apariencia tan sólida, pendía de un hilo, y ella «temblaba».

Esta profesora temió que San Román de Hornija llegara con las persianas del colegio completamente bajadas a 2018. Una fecha cargada de significado. Un siglo de cole.

A lo largo de su historia, este pueblo vallisoletano conoció varios amagos de cierre. Supo lo que es contar con más pupitres vacíos que ocupados, pero resistió. La semana pasada celebró el centenario de sus escuelas, que ha mantenido abiertas «ininterrumpidamente» durante los últimos cien cursos.

Mari Carmen es vecina, profesora y ex alumna de San Román. Tres generaciones de su familia han cursado sus estudios básicos allí y los momentos vividos por cada uno de ellos entre esas paredes reflejan el efecto del paso del tiempo en la forma de enseñar, de convivir y de crecer en el pueblo.

El colegio al que acudió Elías, el padre de Mari Carmen, comparte sólo rasgos muy generales con el centro en el que se matriculó su nieto Pablo, de 17 años, aunque sea la misma estancia. Idéntico techo bajo el que aprender, aunque las ventanas den a un mundo muy distinto.

Elías, encaminado a soplar 94 velas, regresa por un día al espacio al que llegó cuando medía poco más de un metro. Él era de los pequeños, de los que se sentaban en «las bancas de madera del fondo». A medida que crecían, les correspondía pupitre.

Este nonagenario es de los escolares más antiguos, de esas primeras promociones con clases a rebosar, hoy casi imposibles de concebir. Con «braserillas» bajo las mesas para mitigar el frío. De pizarrines que sólo se limpiaban con pequeños escupitajos y un trapo, y de un artilugio con manivela que contenía viñetas con escenas históricas para enseñar a los estudiantes los acontecimientos pasados.

Pertenece a aquellos quintos que conocieron un municipio poblado por 1.400 vecinos y clases concurridas con «46 chicos» de varias edades, todos varones, porque a las niñas no debían verlas ni en el recreo.

Ellos ocupaban el aula de arriba y ellas, la de abajo. El edificio todavía conserva las dos entradas separadas que buscaban que féminas y varones no cruzaran ni tímidos saludos.

En el interior hoy se observan materiales recuperados que muestran lo diferente que era el aprendizaje según el género.

¿Adivinan en qué aula las máquinas de coser funcionaban casi toda al jornada para enseñar a bordar? En el que no había materiales de marquetería.

La carpintería quedaba reservada para los niños. Ellas contaban con libros como ‘Cartas de niñas’, que instruían en «el buen hacer de una buena señorita» y que ahora «serían impensables de editar», como apunta el director del centro, Rubén Darío.

No sólo la filosofía ha cambiado. El censo, tanto el del municipio, como el del centro escolar, es el reverso de lo que fue.

Cuando Pablo entró en el colegio era el benjamín de seis niños de edades diversas. Nada que ver tampoco con los cursos de treinta estudiantes a los que asistió su madre.

El joven asegura que la convivencia intergeneracional dentro del aula rural sirve para estrechar lazos con otros escolares y despertar un sentimiento de protección. «Los mayores se preocupan por los pequeños», asevera.

Con el paso de los años, el padrón adelgaza. Registra 327 habitantes, mientras que la escuela instruye a19 chavales de diferentes edades, separados en dos aulas, aunque ya no se dividen por género.

Forma parte de un colegio rural agrupado, el CRA La Florida, y comparte equipo directivo con otros tres pueblos (Siete Iglesias, Pollos y Castronuño).

Esta tierra de vinos, que pese a ser de Valladolid contiene bodegas de la Denominación de Origen Toro, planta cara a la despoblación gracias a la tierra, su motor económico. A la agricultura y la viticultura, que han favorecido el asentamiento de varias familias inmigrantes con hijos y son las que nutren el colegio.

Y el amor al terruño es lo que provocó que Elías, en vez de marchar a la capital, trabajara la leña y el campo, como otros lugareños. Es el mismo sentimiento por el que su nieto Pablo se plantea continuar allí después de cursar un grado de Mecánica en Tordesillas. Por la «tranquilidad, el aire fresco» y la sensación de identidad.

Por ese sentimiento común de pertenencia, celebran esta efeméride con tanto agrado. Simboliza, dicen, «prosperidad». «Tener una escuela es muy importante. Da vida que haya niños correteando», coinciden las tres generaciones de los Mora. También por el valor cultural y patrimonial. «Aporta cultura. El hecho de que los más pequeños no tengan de desplazarse hace de San Román un lugar mejor», añaden.

Que cumpla un siglo es posible gracias a la voluntad y generosidad de un vecino que en los años 20 quería desterrar el analfabetismo y dar una oportunidad a San Román.

Una placa en la fachada recuerda hoy que, bautizadas como ‘escuelas cristianas gratuitas’, un ilustre del lugar, Bernardo Barbajero, deán de la catedral de Madrid y confesor de la reina, se acordó de sus convecinos y los apoyó para procurarles un futuro mejor.

Invirtió su dinero pensando en «los más desfavorecidos» de su tierra. Para el alumnado, no tenían coste ni los libros –esa única enciclopedia que englobaba todas las materias– ni el material de estudio, mapas, escuadras o balanzas, que todavía se conservan y desde hace una semana permanecen expuestos al público con motivo de la conmemoración.

Pero esa gratuidad ya se ha perdido, igual que el contexto religioso, que en su día no jugó a favor de Elías.

Con nueve años, decidió saltarse una misa, pese a que la asistencia era obligatoria para los escolares. Su travesura motivó su expulsión inmediata por lo que él nunca pasó de la banca. «No llegué a pupitre», comenta contrariado. «Me gustaba mucho el colegio. No falté ni un día y sé que estudiar sirve para la vida», enfatiza con la intención de que su nieto, a su lado, tome nota.

Le cuenta también cómo, en su época, el ocio dependía de una peonza, un puñado de canicas y el ingenio. «La tecnología lo ha cambiado todo. La escuela, con los ordenadores e internet, y el campo, con esos tractorazos», reflexiona el cabeza de familia, que opina que «todo el progreso viene bien».

En la actualidad, el centro presume de una certificación de nivel cuatro sobre cinco en nuevas tecnologías, y solicitó la obtención del reconocimiento ‘¡leo TIC!’ que se resolverá en junio.

En tiempos de hiperconexión, de pizarras digitales, proyectos en red y tabletas que sustituyen a los manuales, el pequeño de los tres, Pablo, no abraza lo digital con el entusiasmo generalizado.

Sabe lo que es depender en exceso de la red alejado de la urbe y ha sufrido en su piel la maldición que a veces acompaña a los pueblos: la difícil conciliación de las conexiones de alta velocidad con la vida rural.

Hasta hace tres años, alguna de las cuatro poblaciones que forma parte del CRA sólo conseguía conexión a internet vía satélite. Y no muy rápida.

El joven es reticente a rendirse a lo digital. Hay una cierta añoranza de la escuela en la que aprender guardaba cierto parecido con el ritmo de los cultivos: semillas de conocimiento que crecían poco a poco y se recogían al final del curso. «Igual tanta tecnología no está tan bien. Si te falta internet, no puedes hacer algunos deberes. Me ha pasado con varios trabajos», agrega Pablo, que escucha a su madre y su abuelo hablar de tardes de ocio con «menos pantallas y más cercanía entre la gente».

Mari Carmen, en su doble condición de profesora y ex alumna, es testigo de la evolución en la relación entre maestro y alumno.

Como escolar, vivió tiempos que se asemejan a los de su padre en la disciplina. Cuenta Elías que los docentes «daban leña» y que «se les respetaba muchísimo». Pero, desde el otro lado, Mari Carmen ha comprobado cómo la distancia entre unos y otros se recorta. «Los alumnos son más cariñosos. Yo no me atrevía a darle un abrazo a la maestra y a mí sí me los dan», señala esta profesora en ejercicio.

Su hijo, ya en el instituto, corrobora esa percepción. «A algunos profesores les tienes como amigos, pero también a otros se les ha perdido un poco el respeto».

Pablo habla en plural porque las materias no las imparte la misma persona. El caso de Mari Carmen y Elías era diferente. Un único profesor abordaba todas las asignaturas. Hasta gimnasia. Aunque las instalaciones se limitaban a una era próxima al patio, despojada de yerbajos, donde daban «cuatro brincos».

Las escuelas cuentan con una cantera de ex alumnos que atesora recuerdos de tiempos muy dispares, como Jorge, Mari Luz, Domi, María Isabel y Mercedes –con edades que oscilan entre los 61 y los 81–, que ponen voz a cada pieza expuesta en el aula museo recién estrenado.

Las campanas para mandar silencio les recuerdan lo firmes que debían estar en clase. Los mapas con la URSS dibujada y la bola del mundo con países ya desaparecidos reflejan lo que ha cambiado el mundo, no sólo San Román.

Las balanzas, los póster de anatomía, las figuras geométricas de madera y las diapositivas de ciencias trasladan a una escuela del ayer que evidencian cómo la historia del pueblo va ligada a la del colegio. Una pizarra saluda al entrar. En ella se lee: «Bienvenidos. Cien años de escuela viva».

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