Los tramoyistas del hospital
Pocos reparan en ellos, pero sus oficios, tradicionales, contribuyen a que el engranaje del centro sanitario funcione / Son costureras, fontaneros, peluqueros o tapicero en nómina del Clínico / Cuenta 740 profesionales no sanitarios / «Muchos dependen de nosotros»

Sara, María José, María Jesús y Elvira, en el taller de lencería del Hospital Clínico.-J. M. LOSTAU
Quien desconoce su existencia, no se las encontrará. No intuirá su constante presencia, ni sospechará que bajo la mole de doce pisos en superficie se encuentra su escondite. Permanecen en el semisótano, al fondo, tras sortear un minilaberinto de puertas y pasillos.
Son una parte del engranaje más. De esa ciudad encerrada dentro del Hospital Clínico de Valladolid. De esos oficios tradicionales que no tienen carácter sanitario y aún se mantienen en este centro hospitalario para que todo lo demás funcione. Como esos tramoyistas sin los que la escena no está a punto.
Un hospital, al fin y al cabo, es una casa de la salud. Hay quienes cuidan de la salud y quienes cuidan de la casa.
La actividad en el servicio de lencería no cesa. Si no hay que arreglar los botones de los pijamas de los pacientes, quedan sábanas por bordar o uniformes del personal que poner a punto.
Las máquinas de coser son manejadas en este taller de costura por Elvira, Sara, María José y María Jesús, las cuatro costureras que contribuyen a mover los hilos invisibles del mantenimiento del centro.
Con 2.940 empleados y 777 camas, el volumen de trabajo de este equipo, capitaneado por la gobernanta, Trinidad, es abundante.
Pero no son las únicas. El Clínico dispone de una estructura de personal no sanitario formada por 740 profesionales. Desde carpinteros, mecánicos, peluqueros, albañiles, lavanderas, fontaneros a electricistas en nómina, entre muchos otros. Todo para que los aspectos domésticos del hospital no interfieran en lo crucial: la salud.
El trabajo de costura ha evolucionado a la par que lo ha hecho el hospital en sus 40 años de historia. «Antes éramos muchísimas más y la actividad todavía era mayor», apunta Elvira sobre unos tiempos en los que del peso de este oficio dependían, por ejemplo, todos los trajes de quirófano, que ahora son desechables, y el servicio lo cubrían 12 personas.
Cuando su compañera María Jesús empezó a enhebrar aguja e hilo en emplazamientos hospitalarios, hace ya dos décadas, se confeccionaba prácticamente toda la ropa, mientras que «ahora viene hecha».
No añoran adecentar las desaparecidas batas verdes de tela de los cirujanos, ni cambiar sus puños, porque carga de trabajo no falta.
Marcan los pijamas y las batas de todo el personal con su nombre y en las próximas semanas se avecina uno de los picos más altos con la llegada de los nuevos residentes. «Te traen cuatro o cinco pijamas y es una locura», apunta Sara, otra integrante del equipo de costura.
Este oficio, como cualquier otro fuera de los muros del hospital, también se adapta a decisiones empresariales.
Al externalizarse algunas áreas como la de cocina, dejaron atrás otras funciones, como la de confeccionar mangas de tela para cocinar.
También se despidieron de sus compañeros de lavandería. Ante unos acontecimientos tan próximos, desean que su servicio evite esa suerte y no termine por externalizarse. «La lavandería ahora corresponde a una empresa de fuera y no es raro el día en el que nos llega una bata de León», comentan entre risas, pero con cierto temor.
La gobernanta expone que hay hospitales que no disponen de servicio de costura e incide en que no resultan tan eficaces. «No aprovechan la ropa que se estropea un poco. La tiran en vez de arreglarla. Se repone y es una pérdida de material porque muchas veces tiene un arreglo sencillo», resalta Trinidad.
Tanto ella como el resto del equipo aseguran que su trabajo no siempre se ve, pero no hay planta que no requiera de sus servicios. «Al final, todo el mundo acaba pasando por aquí. Es raro el uniforme que no hay que ajustar. Estamos presentes en todas las plantas», defienden, aguja en mano. «Son muchos los que dependen de nosotros. Si en un quirófano se descose un botón o en una cama la sábana se rompe...», citan como algunos supuestos en los que su labor resulta de utilidad.
Su trabajo contempla lo menudo, la ropa del personal, marcar los números, todos los uniformes nuevos, poner gomas para la planta once –la de Psiquiatría–, repasar las prendas deterioradas, coser botones y corchetes y lo no tan menudo, como las sábanas, entre otras funciones.
María José asegura que existen diferencias entre desempeñar su labor en un entorno hospitalario a hacerlo en cualquier cosetodo particular. Una fundamental es la «seguridad y estabilidad económica» que reporta ocupar una plaza para el sistema de salud pública.
Que quienes necesiten de sus arreglos sean «compañeros en vez de clientes» también influye.
Pero su compañera Sara aporta otra cuestión más personal que también distingue su labor:la implicación personal. La ineludible relación con el lugar en el que se encuentran.
Esto sucede, por ejemplo, cuando las prendas corresponden al área de Pediatría. «Entristece arreglar el pijama de un niño. Es inevitable pensar en qué le pasará», comenta Sara.
Otro personaje en apariencia secundario del escenario del hospital en el que apenas se repara lo encarna José Antonio Herguedas. Es el último tapicero de un centro hospitalario de la Comunidad que resiste.
Lleva tantos años trabajando en el Clínico, como el hospital en marcha: cuarenta.
Al principio, dos tapiceros se encargaban de «la confortabilidad» de los pacientes, los sanitarios y las visitas. Ahora sólo permanece él.
Con la remodelación en la que está embarcado el Hospital Clínico, su taller ya no dispone de hueco en las instalaciones principales y trasladó su centro de operaciones al edificio Rondilla, el antiguo Río Hortega.
José Antonio se dedica al tapizado y arreglo de muebles de hospital, de las habitaciones de los pacientes, las salas de los facultativos, sillerías, colchonetas, utensilios de rehabilitación, como almohadillas y cilindros...
A través de sus manos uno se da cuenta de la cantidad de objetos que encierra este lugar.
Cuando este tapicero se encontraba en el mismo edificio, le bajaban las piezas. Ahora las transporta en una furgoneta y tal es el volumen de los encargos, que una parte se contrata con servicios externos. «No doy abasto», comenta satisfecho de un trabajo que obtuvo por oposición cuando sumaba sólo 22 años. «Agrada saber que pongo mi grano de arena para que el hospital sea más cómodo y agradable». Le gusta su oficio, aunque asegura que representa «una especie en extinción».