Diario de Valladolid

La calle se impregna de olor a libro nuevo

La Plaza de España acoge a una treintena de establecimientos por el Día del Libro

Varias personas se acercan a los puestos de las librerías.-MIGUEL ÁNGEL SANTOS /PHOTOGENIC

Varias personas se acercan a los puestos de las librerías.-MIGUEL ÁNGEL SANTOS /PHOTOGENIC

Publicado por
Alba Camazón

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La tinta sobre el papel y el olor de las páginas que hilvanan una historia llena de aventuras, reflexiones y misterios son los coprotagonistas de una festividad que comparte con el Día de Castilla y León.

Los ejemplares más demandados en el Día del Libro, celebrado en la Plaza de España, no sorprenden: María Dueñas, Javier María y Camilla Läckberg, unos autores que terminarán convirtiéndose en clásicos. Sin embargo, libreros como Maximiano mantienen que ya no existe ese «monopolio» de escritores que sí había hace unos años.

La magia de los libros está precisamente en su diversidad, en su capacidad de transportar a una persona a un punto recóndito de la selva congoleña o a un país de roedores en los que dos periodistas ratón viven mil y una aventuras.

Laura solo tiene diez años, pero es toda una devoradora de historias, como la ‘Comelibros’ de Lluis Farré. Su protagonista favorita es Tea Stilton, una de esas ratonas que viajan a ciudades secretas. La pequeña reconoce que le apasiona leer porque «entretiene y se aprende». Su madre, Carmen, asegura que Laura se abstrae por completo, inmersa en un mundo de negro sobre blanco. Ella comprende la importancia de promover la lectura entre las generaciones del futuro.

Esta no solo es una oportunidad para los lectores y libreros, que intercambian tarjetas de visita para que los primeros se acuerden de estos últimos. También es una ocasión para escritores como Redry, un joven vallisoletano que firma, uno tras otro, ejemplares de su obra ‘Abrázame los monstruos’.

Entre el ruido de los coches, retumba el sonido de unas páginas al pasar, en un intento discreto por desvelar todos los secretos aún por revelar. Entonces, una niña pequeña montada en una bici rosa llama a su madre: «Mira mamá, ¡ese libro lo tengo yo!». Esa ilusión infantil al reconocer un cuento que ha leído mil veces es pura alegría para cualquiera que busque la luz al final del túnel de la crisis del sector.

«El público infantil se mueve mucho. Es maravilloso que un niño quiera un libro», comenta Cristina, librera. «Hasta los doce años, hay muchos lectores, pero a medida que se hacen mayores, dejan los libros», añade Enrique, también del gremio. «No hay un relevo claro de nuevos lectores y los planes de lectura no funcionan», sostiene.

Las redes sociales y ese continuo pulgarceo sobre una pantalla inteligente son solo algunas de las causas de esta particular crisis que afecta a un gremio que nació con la imprenta de Gutenberg y aún mantiene su nomenclatura medieval de ‘gremio’.

«Es verdad que las redes sociales quitan tiempo de leer, pero si de verdad te gusta, no abandonas la lectura», explica Isabel, que acaba de hacerse con un ejemplar histórico, su gran pasión y profesión.

Poner los libros en mitad de la calle tiene una función «vital» para Maximiano, para que la gente se tropiece con ellos y, aunque sea durante la lectura de ese único libro que lee al año, haga que se pare el ruido, el estrés y esa tan ‘amada’ rapidez, y decida pasar su tiempo libre frente a un libro en lugar de una pantalla plana de cincuenta pulgadas o de bolsillo.

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