Diario de Valladolid

OBITUARIO

Mira Hoyas...

Profesor de Lengua y Literatura, documentalista, periodista y escritor, Tomás Hoyas brilló en el columnismo que cultivó en las páginas de este periódico y en las múltiples facetas de su trayectoria profesional

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María R. Mayor

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Decía Tomás que la literatura ya no le enseñaba nada después de Valle. Una boutade (perdón por el galicismo) que no hacía sino revelar su admiración por el autor de Luces de Bohemia. Tanta, que en los cientos de brillantes columnas que nos regaló desde las paginas de este periódico siempre añadía una coletilla con un breve comentario que le dedicaba el maestro del esperpento:«Mire Hoyas...».

Como su escritor de cabecera, Tomás fue también un maestro para muchos. Primero, para quienes aprendieron a amar la literatura con este descreído profesor en el colegio de los Maristas. Después, para tantos periodistas que compartimos su trayectoria profesional y, en algunos casos, vital. Y para escritores en ciernes, que lo veneraban como discípulos ávidos de unas enseñanzas que Tomás impartía en las páginas impresas. Porque su otro magisterio fue el del lenguaje.

Pero antes de llegar a columnista de referencia, Hoyas transitó por distintos y dispares oficios después de verse forzado a dejar la enseñanza por ser poco acomodaticio con la orden religiosa que lo había empleado. Reciclado como documentalista, tras ejercer en el Centro de Documentación Teatral en Madrid, se incorporó a la naciente Agencia Ical, en aquellos tiempos en que Google aún no era ni proyecto y la búsqueda de referencias funcionaba a pedal.

Junto a su inestimable labor en este terreno, Tomás empezó a ejercer de agenciero. «Mira Hoyas, aquí, sujeto, verbo y predicado», fue el osado comentario con el que lo ilustré sobre el prosaico ejercicio de redactor de agencias. Pero el talento de este vocacional escribidor no podía quedar encorsetado en la gris rutina de los despachos de noticias fríos y asépticos.

Pronto despuntó con originales e ingeniosas entrevistas, con elaborados reportajes y con sus primeras columnas, un género que no quiso abandonar hasta que la enfermedad ya no le dio tregua.

Entre medias, su profunda voz de bajo, reconocida como la más grave del Coro Universitario, le procuró un oficio paralelo en el mundo publicitario. Y sus muchos saberes, que ya exhibió de forma precoz al ganar con su equipo el popular concurso Cesta y Puntos, le sirvieron de aval para entrevistar en la televisión local, de la mano de la Universidad, a cuantas personalidades recalaban por Valladolid. Hasta se aventuró en el complicado territorio de la informática y en el editorial como escritor de guías. Nada se le ponía por delante a este componedor de palabras, que diseccionaba cada término con la paciencia y precisión de un miniaturista.

Ese dominio del lenguaje, unido a su vocación por la cultura y a una esmerada dedicación a todo lo que le ocupaba, fue lo que desplegó en los artículos que lo convirtieron en columnista de obligada lectura en EL MUNDO DE CASTILLA Y LEÓN. Eran columnas en las que tamizaba la actualidad con una aguda ironía capaz hasta de arrancar la sonrisa al político de turno objeto de unos dardos con la apariencia de pellizcos de monjas.

–«Mira Hoyas, en una hora necesito el artículo».

Y Hoyas se desquitaba en la columna:«Lo malo de los periódicos donde escribes es que el redactor jefe nunca te impone un tema sin remordimientos, prefiere que sufras tú solo la soledad hipnótica de la pantalla emesedós...».

Así nació, entre cariñosos improperios a los jefes y con el sempiterno Don Ramón, esa Región, con mayúsculas, objeto de muchos de sus artículos, la Región «en la que casi nunca pasa nada que no sea por encima». Y con Valle de acompañante y Región como argumento, Tomás volvió a convertirse en maestro. Y a ser reconocido con el Premio Miguel Delibes de periodismo.

Cuando fue nombrado jefe de Opinión de este diario, Tomás Hoyas se entregó a la tarea con la misma dedicación que aplicaba a sus trabajos literarios. Se rodeó de un grupo de buenas firmas, algunas consagradas, otras por él descubiertas, al tiempo que recuperaba su antiguo papel de documentalista y de profesor de Lengua.

–«Mira Hoyas, que no encuentro nada del juicio este...».

Y Tomás se ponía a bucear entre periódicos atrasados, o a recorrer el Google en tiempos ya más recientes.

–«Mira Hoyas, que no se me ocurren sinónimos de...».

Y Tomás echaba mano de los voluminosos diccionarios que cubrían su mesa hasta dar con la palabra precisa.

Así fuimos aprendiendo y queriendo a este falso misántropo que no conocía enemigos, y sí el aprecio y el cariño de muchos. Un hombre, un periodista, un escritor que, como Machado, fue en todo el buen sentido de la palabra, bueno.

Mira Hoyas, dice David que esto no se hace, que les dejas a los amigos el corazón hecho unos zorros.

Tomás Hoyas falleció el 16 de enero a los 62 años. Su despedida será hoy a las 12 en el cementerio de las Contiendas.

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