Diario de Valladolid

JUSTICIA

«No soy un violador; cometí el error de enamorarme»

Julio Gabriel Morán asegura que es «víctima de una injusticia» y que él y la niña eran como «una pareja normal» / «En Ecuador los 15 años son como los 18 de aquí»

Julio Gabriel Morán, en un momento de la entrevista con EL MUNDO DE CASTILLA Y LEÓN-MIGUEL ÁNGEL SANTOS

Julio Gabriel Morán, en un momento de la entrevista con EL MUNDO DE CASTILLA Y LEÓN-MIGUEL ÁNGEL SANTOS

Publicado por
Alicia Calvo
Valladolid

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Tiene siete años y ya sabe leer. Una vez al mes su madre lo llevaba a ese sitio con un cartel en la puerta que no sabía qué significaba y decía ‘centro penitenciario’. Dentro, en esa sala con juguetes, le preguntaba a su progenitor: «¿Papá, qué haces aquí, qué es este sitio?».

La respuesta de Julio Gabriel Morán convenció a su hijo durante el año y dos meses que estuvieron separados, salvo los ‘vis a vis’ mensuales: «Trabajando, cocino aquí para los que están en este internado». Y su hijo se ofrecía a quedarse a ayudarle.

Julio tuvo que responder a más interrogantes: «¿Por qué no se abre una puerta hasta que se cierra otra?», cuestionaba. «Para que no se escapen los que se han portado mal. Pero yo no he hecho nada, sólo es trabajo».

Este joven de 29 años volvió a ser un hombre libre el pasado jueves 13 de octubre, cuando el Supremo lo absolvió por un delito de abusos sexuales por establecer una relación con una chica de 14 años por el que fue condenado a cinco años. Esa noche tampoco durmió. «Terminaba la pesadilla y era como un sueño».

También sufrió insomnio el 16 de agosto de 2015, el día en el que su hijo cumplía 6 años. Y el 17, el 18... Ese domingo no llegó a acudir a su celebración, recibió una llamada urgente antes. «Somos la Policía, dónde está, no se mueva de allí», recuerda que le dijeron sin que él imaginara a qué se debía. Esperó en el túnel de Delicias. «Llegaron, me preguntaron si la conocía, les dije que sí, que éramos pareja desde hacía seis meses, como una pareja normal, que nunca la forcé y que nos queríamos. Me lanzaron contra el coche y me esposaron, cuando pregunté por qué, me soltaron que por violación y no podía creerlo. Fue un shock», relata.

Los padres de la niña, del mismo barrio que él, la Rondilla, lo denunciaron por mantener una relación sentimental y sexual con ella. «No soy un violador, ni un delincuente sexual, sólo cometí el error de enamorarme, los dos lo hicimos, nos dejamos guiar por los sentimientos», defiende. «En Ecuador los 15 años son como los 18 de aquí», apostilla.

Este joven que mira abrumado hacia delante con incertidumbre, cuenta que pasó la noche en calabozos, «encerrado en una habitación pequeña con una ventana que abrían los funcionarios», que le miraban y decían ‘mira, es el violador’ y que se quedó «mudo». «No podía entenderlo».

Al día siguiente, escuchó cómo la fiscal decía que era peligroso. «Yo alucinaba. ¡Hablaba de mí!», subraya. Lo enviaron a Villanubla.

Subía con un título, «el de violador», y los funcionarios de la prisión le advirtieron a la entrada de las hostilidades con las que se encontraría. «Vete con cuidado, vas a tener muchos problemas; eres el violador de Valladolid; suerte, chaval», le espetaron.

Describe esa primera madrugada como «horrible». Cuando escuchó el «plas» del cerrojo de su celda, que tenía una ventana desde la que veía un patio «vacío», le embargó «una soledad aterradora, fría, de desamparo absoluto». No durmió. No pudo. «Me acordaba de ella y no podía comprender cómo me había denunciado», explica, aunque tiene su propia teoría de por qué ella se lo contó a sus padres ese domingo. «Se puso celosa porque hablaba con mi ex y enfureció», sostiene.

Pese a ser una celda oscura y desangelada, durante el año y dos meses que vivió privado de libertad prefería no salir de ella. Los funcionarios acertaron. «Ahí dentro vivía con miedo; en el patio todos me miraban, al pasar me insultaban, me llamaban ‘perra’, ‘asquerosa’, ‘violador’ y de todo; intentaron pegarme, llegué a temer por mi vida, que me pasara algo».

Un día lo acorralaron, se le acercaron para pegarle, pero el compañero asignado para vigilarle, dentro del protocolo antisuicidios, lo impidió. «Mi amigo, bueno, ahí dentro no hay amigos –puntualiza– amenazó con llamar a los funcionarios y me salvé», relata sobre un tiempo en el que las visitas de su madre, su hermano y su ex mujer a través de un cristal con barrotes eran parte de su consuelo.

Isabel, su madre, dejó Ecuador, donde reside su padre, «vendió enseres, pidió algo de dinero hasta que juntó lo suficiente para trasladarse a Valladolid» y poder verlo. Eso sí, primero pasó el «terrible» trago de enterarse. «Cuando la llamé me decía, venga, no bromees, dónde estás», expone para subrayar que nunca había sido conflictivo.

«Mis padres me educaron en valores positivos, de respetar a las mujeres, de trabajar, de cuidar de los tuyos y yo, de repente, ya no podía hacerlo». Julio Gabriel trabajaba como sepulturero, aunque antes ejerció de camarero y de peón de la construcción, y repartía el dinero entre sus progenitores, a los que enviaba lo que podía, y su ex esposa y su hijo.

En cómo les ha influido a ellos su encierro centra este joven todo su pesar. «Veía a mi madre marchitar de la tristeza tan honda que tenía; mi ex mujer lloraba, me decía que me necesitaba, que al niño le hacía falta su padre, que a las cosas del cole iban los padres de los demás, que me extrañaba, que en clase su rendimiento era un desastre; mi hermano tenía una mirada hundida. He sufrido mucho, tanto que no hay forma de expresarlo», lamenta, aunque matiza que no siente «enfado ni rencor».

El jueves 13, su madre Isabel pudo abrazarlo a las puertas de Villanubla, minutos después de que a Julio Gabriel le temblaran las piernas, fuera «caminando como en el aire» y su mente volviera a quedarse en blanco.

Estaba sirviendo callos y menestra, el nuevo menú para los 68 internos de su módulo, y le dijeron que una gente judicial lo requería. «Pensé, ‘a estas horas, malo’». Se equivocó.

Salió y dejó atrás los días en los que echaba de menos «hasta un vaso de agua, porque dentro no sabe igual».

Asegura que si volviera atrás, al ver a la chica «daría la media vuelta» y espera «pasar página sin ella». También celebra como «un regalo» su absolución, lamenta «haber sido víctima de una injusticia» y está convencido de que «no hay forma de repararlo»: «Nunca me podrán compensar. Me quitaron mucho. A toda mi familia. Mi hijo ha perdido un año y dos meses con su padre. Eso no se recupera».

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