Diario de Valladolid

La leonesa que se sentía de Valladolid

Mariluz Blanco era profesora de Derecho Romano de la Universidad de Valladolid hasta que un cáncer le arrebató la vida

Félix Martínez y Javier Hernanz muestran el libro ‘Mujeres en tiempos Augusto: Realidad social e imposición legal’.-MIGUEL ÁNGEL SANTOS

Félix Martínez y Javier Hernanz muestran el libro ‘Mujeres en tiempos Augusto: Realidad social e imposición legal’.-MIGUEL ÁNGEL SANTOS

Publicado por
Estibaliz Lera

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Era una heroína del día a día. Aunque el peso de la palabra cáncer cayó sobre sus espaldas con apenas 50 años, Mariluz Blanco siguió con sus clases de Derecho Romano en la Universidad de Valladolid (UVA). Como si no pasara nada. Con mucha naturalidad. Apuntes, libros y alumnos ocupaban su jornada, sin embargo, el tumor avanzaba y los dolores se tornaban en insoportables, hasta el punto que obligaron a esta leonesa a dejar las clases y volverse a su tierra natal para intentar recuperarse. Lo que no sabía es que nunca más regresaría a su Valladolid querido. El destino estaba escrito en las estrellas.

A los doces meses del fatal diagnóstico, murió. Su luz se apagó para siempre. Esa luz que hoy vuelve a brillar más que nunca en un libro homenaje que le han hecho sus amigos y compañeros de profesión. La obra titulada Mujeres en tiempos de Augusto: Realidad social e imposición legal recoge la visión de 26 especialistas sobre la mujer en Roma y algunas féminas que dejaron su sello en tiempos de Augusto. Por ejemplo, se pueden encontrar entre sus páginas vivencias y anécdotas de Servilia Cepionis, Terencia, Cleopatra, Libia, Agripina...

Mariluz era una mujer muy femenina, según cuenta Félix Martínez, amigo y compañero en la facultad de Derecho de la UVA. De hecho, dice que no le gustaba nada que le llamaran señora de Hermida –era la esposa del rector de la Universidad de León–. Por eso, cuando la querían hacer rabiar se lo decían. «Ella siempre contestaba lo mismo: ‘Esa es mi suegra’», recuerda. «Rompía los esquemas y se hacía valer constantemente».

Además de una defensora a ultranza de la condición femenina, esta leonesa, que sentía «más apego» por Valladolid que por la ciudad que la vio nacer, tenía una mente prodigiosa, apunta. «Se acordaba del nombre y los dos apellidos de todos sus alumnos». De hecho, Martínez cuenta que muchas veces él se aprendía antes los nombres de los alumnos de Mariluz que los suyos. «Se encontraba con ellos por la calle, se paraba y siempre tenía una palabra amable».

Por este motivo, aún la recuerdan con un cariño «enorme». Después de su muerte, la comunidad universitaria la hizo una misa en el Palacio de Santa Cruz y cada año la ofrecen una ceremonia en la iglesia del Salvador. «Era tan querida que nunca recibió una crítica». No solo era querida y admirada entre los estudiantes, sus compañeros de profesión la adoraban.

Motivos les sobraban. Mariluz Blanco fue adjunta al Defensor de la Comunidad Universitaria en el momento de su constitución. Estuvo durante ocho años peleando codo con codo con Tomás Sánchez por los intereses y derechos de todos los sectores y miembros de la comunidad universitaria. Actuó como receptora de las quejas contra el funcionamiento institucional y como mediadora y conciliadora de los desacuerdos y enfrentamientos que se produjeron entre los diferentes sectores. «Fueron tiempos muy complicados y lo hizo muy bien», sostiene. «Se lo reconocieron con creces», añade.

Tuvo una vida muy intensa. Corta pero intensa. Martínez señala que era una seguidora incondicional de las procesiones. «Todas la gustaban mucho, pero en especial la del Cristo de la luz, porque se llama como ella». Así que cada Semana Santa se dividía para poder disfrutar de estos desfiles procesionales tanto en su ciudad natal como en Valladolid.

Llegó a la facultad de Derecho en 1986 para hacer la tesis doctoral y terminar la carrera. Se centró en el testamento romano. En 1992 sacó la plaza de profesora titular y un cáncer «fulminante» cortó sus alas. Para Mariluz, la docencia era su vida. «Era muy trabajadora, cordial, con un trato muy afable, cercana y como amiga era encantadora». Su esencia, a pesar de que han pasado cinco años desde su fallecimiento, está presente en los corazones de sus amigos y compañeros. Ese amor les ha empujado a esta obra, que tiene su «inconfundible» sello. «Normalmente, los libros homenaje se hacen a catedráticos, pero nosotros se lo hemos dedicado a una profesora titular, porque era única y se lo merecía. Marcó un momento y una época», explica Félix Martínez, profesor de Historia del Derecho en la Universidad de Valladolid.

La vida de Mariluz Blanco se cortó hace tiempo, pero su luz sigue brillando más fuerte que nunca. Su amor propio y su personalidad han hecho que su recuerdo no se borre. Y más ahora con este libro que junta dos de sus pasiones: Roma y la feminidad.

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