Diario de Valladolid

Valladolid

Una tabla de salvación en la distancia

Sirios residentes en Valladolid recuerdan que en su país abrieron sus casas a libaneses, palestinos e incluso israelíes

Taher y Yusuf sentados en una terraza de la Plaza Mayor.-ICAL

Taher y Yusuf sentados en una terraza de la Plaza Mayor.-ICAL

Publicado por
Juan López / Ical

Creado:

Actualizado:

Un café y un té aún humean en una sombría mañana. Bajo una sombrilla que oscurece el ambiente se avecina una charla que atravesará la nostalgia de un grupo de ciudadanos sirios, mezclada con el sinsabor que produce encontrarse a miles de kilómetros de su tierra, a la que les gustaría poder ayudar, de otra manera quizá.

El vaivén habitual de un día de diario de la Plaza Mayor de Valladolid será la banda sonora de fondo de una historia que únicamente ellos podrán contar, sólo de cerca, porque afortunadamente no son una parte protagonista de esta historia. «No hay derecho a lo que está pasando. La culpa es del régimen. Aunque preferimos el régimen al Estado Islámico», aseguran.

Junto a una mesa de terraza, de una cafetería emblemática de la ciudad del Pisuerga, unos amigos sirios y jordanos se reúnen, como hacen a menudo, para hablar de la situación de sus países y analizar cómo ven las riadas de refugiados que huyen en busca de un mundo mejor, jugándose la vida para cruzar el Mediterráneo y encontrándose con barreras, casi todas artificiales, tanteando la solidaridad del pueblo europeo. Una situación que ellos observan desde la lejanía. Para salvaguardar el anonimato de estos dos ciudadanos sirios -casados con mujeres españolas- y sus familiares que residen en el país árabe, a petición suya aparecerán con nombres ficticios: Taher y Yusuf.

Con tristeza, pena y preocupación, Taher -cuyo significado es puro, limpio-, no esconde su inquietud cuando todos los días lee noticias sobre su país. Es el primero en romper el hielo. Aunque posee familia en la ciudad norteña de Alepo, segunda en importancia tras Damasco, pero destruida totalmente, su hermano y sobrinos, con los que habla de forma habitual, han emigrado a una localización cercana, ya en Turquía, donde incluso han emprendido con una empresa de jabón, sector por el que su ciudad natal es conocida mundialmente. Mientras se toma su té diario, relata que para informarse utiliza Al-Jazeera y la TV Siria: «Lloro cuando por televisión veo Alepo destrozada», afirma.

Taher tiene claro que, aunque no comulga con el régimen de Bashar al-Assad, lo prefiere antes que al Estado Islámico, al que ellos denominan Daesh, un nombre que no toleran los terroristas porque alude a un término peyorativo en árabe, lo que evidencia el objetivo de Occidente con el uso de este significado, que no es otro que buscar connotaciones negativas. «Al-Assad ha conquistado Siria con su familia y lo ha convertido en su jardín, con apoyo iraní y ruso», explica. De hecho, tras sustituir a su padre en el año 2000, ahora «ya está preparando a su hijo».

Yusuf corta educadamente la conversación y pide «estabilidad para Siria: No queremos un dictador ni carniceros». Taher le da la razón y añade que sueñan con un estado «diverso, moderno, regido por leyes, para todos igual, sin condiciones por zonas o etnias».

«Todo es culpa de las religiones, entre chiitas y sunitas», matiza Tareq, un amigo jordano de estos dos sirios que participa en la charla. Pero coinciden en que será difícil ver la paz y piden mejor trato para esos miles de refugiados sirios que, en forma de riadas, se juegan la vida para alcanzar su objetivo en Europa, «que no es otro que tener una vida digna huyendo de guerras», asevera Taher. Va más allá: «Los sirios hemos abierto las puertas de nuestras casas a líbaneses, palestinos e incluso israelíes. Nunca hemos puesto tiendas de campaña, sino que han entrado en casa. Ahora hay que atravesar mares. ¿Porqué no nos acogen países árabes? No lo entiendo», reclama confundido.

Todos llevan más de 45 años en Valladolid. Llegaron, con más de 150 árabes, para estudiar en la Universidad. La mayor parte eligió Medicina y el objetivo era regresar para ejercer allí, pero aquí conocieron a sus parejas. Tanto tiempo les ha permitido conocer otras culturas, pero también ver la evolución de su país.

A sus 66 años, Taher recuerda que las revueltas no son nuevas en Siria, un país con una población de 23 millones de personas, de los que han salido más de ocho. “No esperábamos que durara tanto”, asevera. Está convencido de que al régimen le interesa que la gente salga del país y que se convierta en una provincia de Irán. Por suerte para ellos, ninguno de sus familiares ha salido del país a pie y cruzando el mar, pero sí se han visto empujados a hacerlo por otras vías, «dejando negocios y una vida entera».

tracking