Diario de Valladolid

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Algún día tendríamos que empezar a desclasificar todo lo que se clasificó. Por ejemplo, investigar a los premiados en asuntos culturales y sociales por su aportación al bien común. Y lo digo porque muchas veces, casi siempre, las entregas de premios que se celebran con sus fastos correspondientes ponen de manifiesto un perfil, un talante, un modelo a seguir de alguien que por su abnegación, conocimiento e implicación se ha merecido el aplauso del común o de la oficialidad. El problema es que les premiamos y los queremos y aplaudimos, pero no hacemos caso de su ejemplo ni apuntamos el mensaje que nos lanzan cuando recogen su premio. En esta región, si contabilizáramos los hombres y mujeres de todas las disciplinas que han recibido en los últimos años premios, reconocimientos y menciones, nos asombraría que más de 1.500 paisanos y paisanas de los nuestros, que siguen empadronados y viviendo entre nosotros, continúan haciendo lo mismo por lo que les premió un día la sociedad y su sector. Yo me pregunto: ¿no podríamos hacer una especie de sanedrín, de consejo, de grupo de sabios a los que recurrir ante las incertidumbres que nos rodean? Ya sé que es quimérico y salida de pata de banco, como diría madre. Pero, visto lo visto, insisto en ello. ¿Os imagináis que las decisiones políticas tanto en Cortes como en el pleno de Diputación y Ayuntamientos una vez definidas pasaran antes por el cedazo de esos imaginarios 1.500 hombres y mujeres jóvenes y mayores de probada solvencia moral? Me da la impresión de que estaríamos, al menos un servidor, mucho más tranquilos si las decisiones cuentan con el veredicto o la aprobación de ese listado quimérico de buena gente, de gente cabal. Y dicho esto, cuando hagamos esa lista vamos a separar un grupo con conocimiento y sensibilidad en materia de arte y patrimonio. Porque yo tengo la sensación de que seguimos estando a por uvas y de que el majuelo lo está cuidando y vendimiando otro. No hay más que ver cuando los de Hispania Nostra sueltan lastre y hacen públicos sus célebres semáforos rojos y nos dicen que este humilladero, aquella ermita, el convento rural o el monasterio han entrado en peligro. Y me pregunto yo, que tengo la puñetera manía de archivarlo todo desde mis tiempos de barba negra, por qué esa lista no la hacemos nosotros. Provincia a provincia, comarca a comarca. Para mentalizarnos, organizar hacenderas o simplemente darnos por enterados de lo que se arruinó hace tiempo y de lo que se está cayendo en estos momentos. Si todo eso lo inyectáramos con economía rehabilitadora saludable aderezada con la aportación de voluntarios de la sociedad civil rural, podríamos estar ante una posible solución, aunque en verdad os digo que lo de la sostenibilidad creo que es insostenible, la despoblación inevitable y en el medio rural algunos no tenemos futuro.

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