TIERRA ADENTRO
Viva España y Portugal
ESTÁ el patio bueno. Ya me dice madre que salga poco y que me prodigue menos. Y que calladito estoy mejor. Y me repite lo de «no des coces al aguijón que malas son». Y el caso es que, a pesar de todo lo que nos molesta a una gran parte de la población que todavía votamos, tiene uno la sensación de vivir en un impresionante trampantojo. De esos que salvan de la imagen decadente de escombrera a algunas calles de la ciudad. Y, en el caso de la política nacional, en plena tormenta de rayos y truenos, seguimos paseando por las plazas como si tal cosa.
Y, a la vez, hay un trasiego increíble, un ir y venir impensable, de representantes públicos de alto standing que suben las escaleras de los juzgados. Vivimos en un tiempo político enrevesado que logra enfurecernos al mismo tiempo que nos apacigua. O sea, por la mañana pronto empezamos a echar pestes sobre el gobierno y los suyos y por la tarde, con tiendas y terrazas llenas, se nos olvida. Salvo a aquellos que no se sientan ni compran, que abundan. Es de ley que los dardos vayan directos a quien tiene la responsabilidad de lo que pasa. Lo siento, madre, pero ya peina uno canas del mentón a los lóbulos cerebrales. Y que ya no aguanto más.
Si ya me costó creerme lo del misterio de la Trinidad y la reconversión de los nacionalistas, desde luego he caído en picado con respecto a esos que nos gobiernan y a sus ministros que nos gestionan y que trasladan su ineficacia y su falta de credibilidad a las regiones españolas en periodo electoral. Claro que algunos estarán esperando que no haga caso a madre y que me tire a la piscina. Y que diga que lo de Zapatero y lo de Pedro Sánchez ya clama al cielo. Es más. No sé yo si las puertas del cielo se les van a abrir algún día. Por ahora, que se disipen esos oasis en el desierto nacional cuanto antes. Y que despertemos de una vez por todas de este mal sueño que ha puesto esta vez a una izquierda irreconocible ante un listado de sinvergüenzas por obra u omisión. Pero es tan difícil que los más radicales de los zurdos bajen un poco el pistón teniendo en cuenta que viven, comen y beben en la misma plaza que los de la otra margen.
Esperemos que la diestra, que ya lo tiene casi todo ganado, responda con dignidad a los tiempos que enfrentamos. Y aunque suene a viejuno para la generación de las redes, sigo pensando que si hay algo que en mi país, en España, funcionó fue el espíritu, la obra y el compromiso de la transición. Algo que no se quedó en romanticismos. Lo firmamos y lo dejamos escrito en una Constitución que nos salvó. Voy a confesar algo: yo no me creo que todos sean tan malos. Solo admito el segmento de los malísimos, pero el resto, zurdos o diestros, son los mismos porque viven igual. Mismos lujos y mismas aficiones y corrupciones. Qué ganas tengo de poder gritar sin pudor y con orgullo: ¡Viva España! Y Portugal.