TIERRA ADENTRO
El tren del deseo
Cuántas veces lo escuchamos: “Si es que no hay pasajeros. Vienen los vagones vacíos. No se puede sostener económicamente el tren. Es que ahora vamos todos en coche”. Y así así, un día cerramos la estación y su fonda y se paró el reloj. El que mejor funcionaba de todo el pueblo. Resulta que ahora nos lamentamos y parece ser que no nos basta con la parte sentimental y semántica, esa que nos han regalado los esforzados y leales ferroviarios en todas sus actividades culturales y sus museos. No niego que siempre me emocionó la línea de Fuente de San Esteban a Barca d’Alva. Hoy, feliz camino de hierro con puerto de mar. La colección de mi amigo Julio en Ircio -que es la conciencia de Miranda-, o la de El ferroviario en Cistierna, o esa estación llena de vagones en Ponferrada frente al caballero templario son unos pocos ejemplos. Todos, cargados de sentimiento. Lo de las máquinas es de libro. Es pasar la página sentimental del humo blanco de la chimenea y de la ventanilla desde la que se vieron paisajes que nunca más volveremos a ver sentados en un tren. La Mikado, la máquina de Arcos de Jalón, en silencio nos recuerda el nudo de los nudos ferroviarios, allá en la periferia de la periferia. Cada vez que la Berraco hace sonar el silbato y su chimenea lanza al viento las columnas de humo blanco del viejo vapor, a algunos -entre ellos, un servidor- se nos pone la piel de gallina. Suerte que tienen los venteños, que con La Briquetera han saldado su asignatura sentimental. Claro que estos días en los que reivindicamos la vuelta de la vía estrecha con más razón que el santoral entero le vienen a uno a la memoria o al paso verde de la vieja vía abandonada otros sueños que nunca despertarán a pesar de haber tenido en los últimos años más de un vocero. El tren del vino por el Duero por la vieja línea de Ariza y esa estación de La Esperanza, cajita de melancolía, rincón de la poesía del hierro. Aunque la prosa literaria se la lleva la estación de Puebla de Sanabria. Por bonita. Algunos se atreven a especular, así, sin más, que volveremos a abrir el tren desde Plasencia hasta Astorga. No creo yo que surta mucho efecto, ni aunque la UNESCO, la OTAN y el ministro de Transportes se pusieran de acuerdo. Pero no todo va a ser dolor, sufrimiento y viejas vías desdentadas con las estaciones que parecen restos de un bombardeo, menos algunas como las de Boada, que hemos salvado de la desidia. Y ahora está más que guapa. Sin tren, claro. Tenemos el Transcantábrico para soñar con algo real. El Siberiano del carbón. Pero solo es para ricos y para pocos. Lo que de verdad queremos muchos es sacar un billete en la estación perdida de un tren que no volverá: el tren del deseo. ADIF y RENFE, no os deis por aludidas. O sí