Asumiendo responsabilidades
Cuando llegan los tiempos electorales a la mayoría de los políticos se les llena la boca hablando de las responsabilidades que deberían de asumir sus contrincantes, pero no conozco a ninguno que plantee seriamente la posibilidad de hacer autocrítica, como un legítimo signo de humildad. Pues cada uno de ellos piensa que sus propuestas son las más acertadas y, por lo tanto, las únicas que deberían aplicarse. Porque la política española se ha convertido, a lo largo de estos años de democracia, en un puro ejercicio de vanaglorias, que va más allá de donde debería haber ido; y que en la mayoría de las ocasiones, cada uno de todos esos candidatos, piensa en ellos y solamente en ellos, y no en lo que se supone que podría ser lo mejor para los ciudadanos a los que aspiran a gobernar... Y ya en plena campaña electoral, se dedican, sobre todo, a atacar con dureza a otros líderes que legítimamente aspiran a lo mismo. Lo que quiere decir que este tiempo es un tiempo especialmente diseñado para descalificar todo lo que no forma parte de los propios programas electorales.
Las últimas encuestas vaticinan que el conjunto de escaños estará mayoritariamente repartido entre un triunvirato que ha de esbozar los destinos de nuestra comunidad autónoma durante los próximos años. Y digo triunvirato porque todas las encuestas realizadas otorgan el reparto de la mayoría de los escaños a tres formaciones. El Partido Popular en primer lugar pero sin mayoría absoluta, seguido del Partido Socialista que ocuparía un segundo lugar y Vox en un tercero, van a ser, casi con toda seguridad, los grupos prominentes y notorios. Y con ellos habrá de resolverse el próximo destino de esta tierra.
Porque la Comunidad Autónoma de Castilla y León forma una amalgama de posiciones enfrentadas a través de la política, pero que aspiran o que deberían de aspirar a poner énfasis en cada una de las nueve provincias de la Autonomía más extensa de España; pero también de la que está impregnada en los mejores aspectos representados en un país que, siendo diverso, se mantiene como un símbolo que vincula a todo el Estado y a toda la Europa Comunitaria con más de veinte países en los que también se habla en español, que es la lengua que hace siglos nació entre nosotros. Somos, por lo tanto, tierra de promisión y también somos una tierra de reflexión, en la que hemos de entender la obligación que tenemos para seguir siendo cómplices de una cultura y de una textura que ha de acarrearnos solemnidades, para que podamos ir mucho más allá de a lo que generalmente aspiramos. Porque si pensamos así, pensaremos que necesitamos los mejores gobernantes. Que necesitamos a aquellos que realmente se comprometan con la Tierra que aspiran a gobernar.