Diario de Valladolid

Argüello: en defensa de la libertad de expresión, sea obispo o monaguillo

El arzobispo de Valladolid, Luis Argüello.

El arzobispo de Valladolid, Luis Argüello.Miriam Chacón ICAL

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SEGURAMENTE a Pedro Sánchez le traicionó esa arrogancia y el cesarismo del que está imbuido cuando decidió arremeter en un mitin en Extremadura contra el arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal. Sánchez, después de que Luis Argüello se limitase a señalar las opciones que tiene un presidente acosado por el acoso, por la corrupción, por las andanzas de la familia y con un gobierno tambaleándose, no tuvo más ocurrencia que volver a desenterrar a Franco, que es su comodín favorito. No es que los obispos hayan dejado de interferir en la política española desde hace cincuenta años, cuando llegó la democracia, aunque lo que llegó primero fue la muerte del dictador. Ni en esas dice la verdad Sánchez. Es que los obispos interfirieron entonces, incluso jugándose el tipo, como Tarancón, para el advenimiento de la democracia. Algo que jamás hará Sánchez ni en las 14 vidas de gato que tiene como político.

Parece mentira que alguien que es presidente del gobierno y está acostumbrado a mentir a diario, o como dicen él, a desdecirse de sus promesas a conveniencia propia, no entienda que con la democracia, cualquiera, sea obispo o monaguillo, puede expresar su opinión, por muy absurda que sea. Pero es que en el caso de Argüello no era una opinión. Se limitó a una constatación de las tres realidades dignas que existen para Sánchez, llegado al extremo al que ha llegado el inquilino de La Moncloa:moción de confianza, moción de censura o convocatoria electoral. Si se lo han dicho hasta sus socios, entre otros su vicepresidenta Yolanda Díaz, que le insta a una renovación profunda del ejecutivo para salvar la situación. Lo que no ha aclarado es si ella se incluye en la renovación profunda o es de las que está dispuesta a sacrificarse manteniéndose en la poltrona. Con Yolanda Díaz nunca se sabe. Acabará apuñalándose a sí misma.

Alguien debería explicarle a Sánchez que los obispos, presidentes de la Conferencia Episcopal, monaguillos, diáconos y hasta camarlengos pueden expresar su opinión y con ello no interfieren más en política de lo que, por ejemplo, lo hacía su ex fiscal general del Estado o su responsable del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS).

Que a Sánchez le molesten, hasta tal extremo de dedicarle un mitin, las opiniones de Argüello, un obispo que procede del comunismo universitario que se bregó contra el Franquismo, dice bastante más que Junts de la inestabilidad en la que vive inmerso el gobierno central. Sin ir más lejos, Puente, tan locuaz, no ha piado del arzobispo de su ciudad, dejando en evidencia a Sánchez.

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