TIERRA ADENTRO
Atentos los de los pueblos
Cuando era un chaval trabajé de camarero en una céntrica cafetería próxima a una estación. A la estación. En realidad, era el “encargao”. Sonaba mejor. Camarero con chaquetilla blanca y con botones. Qué tiempos aquellos. No olvidaré el trajinar de las paisanas con sus bolsas y cajas enredadas a su cintura entre sus brazos. Ni aquel olor a café. Eso sí que era aroma de café, café de mañana helada. ¡Dios! A qué velocidad se lo tomaban, casi quemándose los labios. Todavía veo por la calle, ya muy ancianín, a uno que se me fue sin pagar. Y no por hacer un “simpa”. Fue por las prisas. Cuando la frase retumbaba en el bar, hasta el vaporizador de la cafetera enmudecía durante el aviso. “¡Atentos los de los pueblos!” Virgen santa, qué estampida. No era difícil saber quiénes éramos de pueblo y quién no esa mañana de un frío día de un mes cualquiera de los 70. Hoy ya no sale el autobús. La cafetería cerró. Y ya nadie nos grita. Casi todos los pueblines en los que paraba la “línea”, aquel autobús que vomitaba chispas envueltas en humo, si no todos, están caput. Y es que, los de los pueblos, deberíamos estar atentos y muy atentos por lo que pueda pasar. Que ya está pasando. No hay línea y tenemos que tomar ciertas decisiones antes de que esos depredadores del coñazo sociológico despoblacional y los geopolíticos demográficos venidos a menos decidan por nosotros. Y nosotras. Deberíamos responder casi a modo de testamento con seriedad y valentía a las siguientes preguntas. Primera; ¿queremos que nuestra memoria no se olvide? Segunda: ¿Queremos que cuando no estemos alguien cuide de nuestro pueblo y alrededores? Tercera: Cuándo nos vayamos, ¿queremos que nunca falten hombros para sacar al patrón en andas? Cuarta: ¿Queremos que nuestros nietos sepan quiénes fuimos y cómo vivimos? Quinta: ¿Queremos, de verdad, que no se nos caiga todo y terminen nuestras fotos en la escombrera? Y sexta… ¿Estáis seguros de que no importa que se vaya todo a la mierda, se caigan las casas y los apriscos y que se seque la fuente? Pues debemos poner todo de nuestra parte. Y digo todo, bienes incluidos. Y si alguien viene al pueblo: acogerle, quererle, ayudarle y, si toca el tamboril del Ambrosio, adorarle. Y si una pareja se pone de parto una vez al año regalarle una tierra por cada chiguito. Nada volverá a ser lo mismo. Pero la tierra no se ha movido. Siempre nos quedará el tractor. Y París para hacer un mandao a la cigüeña. Y al señorito de antes, hoy intelectual y artista, dejadle que se vaya haciendo al pueblo que ya se le quitará la tontería en dos o tres inviernos. Y si pasa el autobús, no os subáis. Madre dice que no va a ningún sitio.