Diario de Valladolid
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AMNISTÍA, independentismo, procés, Puigdemont, indultos.¿Es que no hay más temas ni más problemas en este país? Llevamos años escuchando informativos inundados de noticias sobre el independentismo catalán y sobre la turra que dan los catalanistas radicales (que no todos los catalanes, que en su mayoría son gente razonable y con cabeza) con su obsesión separatista, como si no hubiera más problemas en el mundo. Y ahora, cuando parecía que ya finalmente se iba a aprobar la Ley de amnistía, se la mandan los propios beneficiados a corrales al Gobierno, y otras dos semanas aguantando el sainete este de las negociaciones, el diálogo y la convivencia. A este paso va a ser el resto de españoles los que pidan el referéndum de independencia a ver si ya nos dejan tranquilos.

Aparte del varapalo legislativo que se ha llevado el Gobierno, de momento, nos tragamos otros quince días de representaciones teatrales en forma de  amenazas, y supuestas confrontaciones que siempre acaban en nada porque ya sabemos que, al final, van a votar a favor por la cuenta que les trae, aunque tengan que disimular hasta el último minuto para quedar bien con sus parroquianos. Esto ya se ha convertido en una farsa esperpéntica, permanente e inacabable que ya no sólo produce cabreo sino, a estas alturas, un nivel insoportable de hartazgo y saturación para la mayoría de ciudadanos.

Pero ¿qué hemos hecho el resto de españoles para tener que aguantar que esta banda de gañanes se suba a la tribuna del Congreso, un día si y otro también, a insultar a las Instituciones del Estado, a nuestra democracia y a nuestro Estado de Derecho? Pero ¿cómo no va a haber gente que se plantee el boicot a los productos catalanes y a las empresas que apoyan el separatismo? En realidad, por triste que sea, en el fondo esta sería la única manera de acabar con ese catalanismo radical que sería erradicado por las prioridades económicas y empresariales que precisamente en Cataluña tienen un peso especial. La pela es la pela. En todas partes pero especialmente en Cataluña.

Y tampoco debería escandalizarnos algo que ya están haciendo los catalanes con  empresas del resto de España o con empresas catalanas que no obedecen a sus imposiciones independentistas. Y, si no, que se lo pregunten a compañías como Casa Tarradellas o Freixenet que sufren el boicot independentista simplemente por no etiquetar sus productos en catalán con mensajes en las redes como «en castellano os comprará Castilla, los catalanes no». No se trata de alimentar enfrentamientos, pero es probable que el «negoci» haga posible lo que no es capaz de conseguir ningún político. Lamentablemente, sólo un conflicto entre el beneficio empresarial y el independentismo puede acabar con este interminable ‘procés’ que nos tiene a todos saturados.

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