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HUBO un tiempo en el que salvar ballenas era grito de guerra. Alerta ante la voracidad del arpón. En los ochenta ya andábamos sensibilizados gracias a un burgalés de Poza de la Sal que fue el primer amigo del lobo ibérico. Y ahí seguimos, llorando por las esquinas, con los paraguas volviéndose locos y el miedo en el cuerpo porque se nos decolora el planeta azul. Como venga otro diluvio, el arca zarpa con media entrada. Por eso hoy quiero gritar por nuestras vacas y nuestros bueyes. Un canto a la dehesa. Quiero mentar y aplaudir a los veterinarios valientes y a los ganaderos heroicos que se dejan la piel por defender las razas bovinas autóctonas con tanto arrojo como los que defienden las ballenas. Pero por este patrimonio genético nadie se encadena a una encina ni se despliegan pancartas en las fachadas de los establos. Habrá que ir pensando en ello.

Enmudecieron con tanta normativa las ferias de ganado. Estampas en blanco y negro. Allí se estrecharon las últimas manos vendiendo y comprando. Tratando. Vacas que salvaron la economía de las familias del valle y la montaña. Aquellas vaquerías (hoy, ciencia ficción) y vaqueros que mantuvieron paisajes culturales, que es como se llama ahora al solar de sus bueyes. Reses que ramonearon evitando incendios y que convirtieron chozos y cabañas pasiegas en palacios de invierno. Hoy, nuestras vacas no ríen. Se despiden.

Conocí las últimas monchinas tan pequeñas y fuertes en el valle de Mena. Nuestra cachena olvidada. Quiero recordar el olor a cuadra y ordeño de tudancas y pardas que suplantaron a las mantequeras leonesas para las que ahora, milagrosamente, se abre una puerta desde la Universidad de León que puede salvar su ADN. Apenas nos quedan sayaguesas, tan rústicas y resistentes, heroicas como la tierra de Viriato. Solo hay unas pocas serranas negras sorianas, que tiraron de los carros de la Real Cabaña y cruzaron España de norte a sur. Menos mal que aún pastan moruchas bajo las encinas de la dehesa, cruzándose y sobreviviendo entre encarnadas limusinas y albas charolesas. Tan francesas. Tan rentables. Y las alistanas-sanabresas pidiendo a gritos que el carnicero y el cocinero no las abandonen. Menos mal que la avileña negra ibérica está en buena forma y todavía embiste a las razas orientales. Tan de moda. Qué pena que no existan ballenas con cuernos. Otro urogallo nos cantaría.