Diario de Valladolid

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COMEN, duermen y copulan volando. Y sueñan despiertos. Vuelven al mismo nido en primavera. Son emigrantes perpetuas y fieles a sus parejas hasta la muerte. Les dicen «golondrina sin pies» y su nombre vino del griego ‘Apus apus’. Siempre van juntos y cincelan en el cielo bellísimas e imposibles formaciones. Sus cantos son mezcla de violín y reggaeton. Engullen miles de insectos por minuto. Están entre las aves más veloces del mundo. Detectan el cambio climático. En una ocasión, volando al sur, una tormenta cambió su rumbo, nunca se sabrá lo que ocurrió a más dos mil metros de altura. Pero pusieron rumbo a París y cambiaron su hoja de ruta milenaria. Su estampa es la de una media luna que se ha vuelto loca. Son los enigmáticos vencejos comunes. O los vencejos del común.

Entre sus enemigos figuran los paranoicos orientales que arrancan sus nidales para sus estúpidas «sopas de nido de golondrina». También las irresponsables prácticas agrícolas con insecticidas que les quitan la comida y las malas conductas que arrancan sus nidos del alero sentimental. Entre sus defensores están los mayorines que en el pueblo toman el fresco al atardecer sin mosquitos. Pero entre sus mejores amigos, en esta tierra, están los poetas. Y si no que se lo pregunten al viejo profesor de literatura y poeta Felipe Pérez Pollán que, desde hace 35 veranos, convoca a los poetas a recitar sus versos en el Castillo de los Bazán, en el corazón de la Valdería, en la culta tierra bañezana. La otra tarde acudieron pocos y tardíos –y eso que los versos iban por ellos–. La hazaña literaria y cultural de Felipe es tan enigmática como la vida de los vencejos. Él solo, con su amor al oficio de rimar, su sensibilidad por la cultura para el común y su generosidad para regalarla, logra cada año un milagro que para sí le quisieran nuestros gestores culturales. Millones de palabras, centenares de miles de versos y todo en la voz de poetas que empiezan y de eméritos que nunca acaban. Medio millar de poetas han leído sus versos y, entre ellos, todos los leoneses. Se llama «Poesía de para vencejos» y es un verso libre entre tanto aparataje cultureta. La otra tarde, en un rincón de la Valdería, volví a escuchar la palabra de Antonio Colinas que, como los vencejos, baja desde las alturas todos los veranos y nos recuerda que estas aves del común llevan poesía en sus alas.

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