¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?
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Aquella mañana de mayo hacia más frio de lo habitual. Antonio había madrugado, como de costumbre, pero en esta ocasión no se había preparado el hatillo con el almuerzo, para ‘tomar las diez’ en la ratón, una tierra de cuatro heminas escasas que tenían sus suegros, con los cuales vivían, a orillas del Órbigo. De las pocas que eran de regadío en el pueblo, ya que cuando andabas cuatro pasos, todo lo que alcanzaban a ver tus ojos eran terrones cuarteados por la helada de la noche y el sol del medio día, sobre los que se afanaban por abrirse paso cereales sedientos de la lluvia fina de primavera que raramente veía, a diferencia de las tormentas.
Manuela, su mujer, había madrugado más que él. Cuando Antonio entró en la cocina ella ya había puesto el cazo a hervir encima de la chapa. Junto a su vientre inflamado de apenas cinco meses, apretaba el borde de la hogaza a la vez que cortaba hacia ella un rebojo de pan de poco mas de un dedo de grueso. Sabía que no había mayor placer en el mundo para Antonio que esperar pacientemente a ver subir la nata de la leche para retirar el cazo justo a tiempo y recoger la cosecha untándola sobre el pan y espolvoreándola de azúcar. La cocina olía a puchero de la noche anterior.
Todo estaba dispuesto para afrontar aquello que llevaban barruntando desde que naciera el primero de sus dos hijos. Ahora venía ya en camino el tercero, y no había marcha atrás. Tenían que intentarlo. Federico, el hijo de Moisés, hacía ya dos años que se había marchado a Suiza y su madre ya iba al lavadero sin derramar una lágrima, no como se pasó el primer año cada vez que le preguntaban las vecinas por el bueno de Federico.
Ahora les contaba muy ufana lo trabajador y listo que era su hijo, que no hacía mas que mandarle dinero para arreglar la casa, tirar por fin las cuadras viejas y hacer una nave en condiciones para guardar a los animales. Hasta habían podido quitar la antigua deuda con el prestamista, que se renovaba todos los años y parecía que siempre era la misma, pues no faltaban ocasiones para engordarla a cuenta de la mala cosecha, la muerte de una vaca en el parto o la dentadura del abuelo Froilán.
Desayunó en silencio, sin levantar los ojos de la mesa por miedo a no saber qué decir. Manuela no paraba de afanar de un lado para otro preparándole las viandas para el largo viaje que le esperaba hasta St Gallen, a orillas del Lago Constanza. Eso es todo lo que sabían de su destino.
Cuando hubieron terminado ambos, sin mediar palabra de dirigieron al portalón. El padre de Manuela ya había colocado los arreos al rubio, el caballo mas obediente de los que habían tenido nunca. Montaron la maleta y el serón con las viandas en el carro, y se despidieron con un fugaz abrazo, como si les diera vergüenza sentir, para no arrepentirse de lo que estaban haciendo, a hurtadillas del alba.
El carro se alejaba por la cuesta del puente Paulón y Manuela seguía allí de pié, en mitad del camino, con la toquilla por los hombros, cerrándola en su pecho con los brazos cruzados, las galochas en los pies, caladas en el barro.
Esto que a ustedes les estará pareciendo la segunda parte de El Camino, de Don Miguel Delibes, no es otra cosa que el apresurado relato del pan de cada día en los pueblos de nuestra vieja tierra de Castilla y León, allá por los años sesenta. Todos los días del año, en docenas de casas se vivía una escena parecida, y les puedo asegurar que la que les acabo de contar, no está cogida por los pelos, pues ese hinchazón cincomesino incipiente en el vientre de una madre, también lo fuí yo.
Con esto no quiero que nadie piense que queda justificada la historia de ese ‘venir a menos’ de nuestros pueblos. Pero no estaría de más que aprovechásemos ese conocimiento histórico común, que no aparece en la Wikipedia, para abrir ámbitos de reflexión más allá de los habituales circunloquios políticos de cafetín, a la hora de abordar el tan manido problema que trae causa de un artículo como este.
Si ustedes ponen atención en los medios de comunicación, informativos regionales y columnas de opinión, verán cómo se barajan aspectos tales como la falta de servicios, las comunicaciones, el empleo, la educación y la sanidad, como los jinetes del apocalipsis rural. Y no seré yo quien diga que estos factores no son importantes para afianzar población en el ámbito rural, pero perdonen mi desfachatez si les opino, que en ningún caso creo que sean sus principales causantes.
En la mayor parte de los pueblos de este país no se llegaba a fin de mes, sencillamente porque no había un sueldo, y con ello ninguna seguridad de poder comer el invierno que viene, salvo que se te diera bien la cosecha. La gente no tenía trabajo, simplemente, trabajaba. Cuando te ponías enfermo mandabas llamar al médico y venia de donde estuviera y cuando pudiera.
Nadie se cuestionaba si cuando llegaba era tarde o pronto. Para ir a la ciudad tenía que ser cosa importante, pues echabas el día entero solo en el viaje. Lo abuelos cuidaban a los nietos, y los padres a los abuelos. Los hijos se tenían, o venían, quien sabe. Pero nadie se planteaba no tenerlos para ver mundo. El cooperativismo social hacia que los engranajes del inconsciente popular funcionasen como uno de esos relojes suizos que nunca se vieron en mi pueblo hasta que volvió mi padre.
Con esto, quiero decir, que toda esa gente que salió de sus pueblos con los serones a cuestas, no huía del hambre, ni de las precariedades, porque sabían cómo sobrevivirlas. Esos hombres y mujeres que se atrevieron a subirse al carro del rubio, lo hicieron porque había germinado en ellos la semilla de las expectativas. Habían oído, y con suerte visto, como otros paisanos de a poco más de una jornada de viaje, en la gran ciudad, les pagaban por madrugar, aunque no lloviera en todo el otoño. Cuando abrían el grifo, salía agua. Cuando se hacían de vientre, no tenían que ir a la cuadra de madrugada. Podían comer carne un día de diario, y un huevo sin estar enfermos. Simplemente creyeron que ellos también podrían hacerlo. Y por qué no, lo hicieron.
Cuentan los sociólogos que cuando se planteó en Estados Unidos como afrontar el grave problema del analfabetismo en los hogares rurales norteamericanos, una de las ideas más exitosas en ese empeño fue la emisión de un programa educativo y de entretenimiento llamado Barrio Sésamo, les suena, verdad. Cual fuera su sorpresa, cuando veinte años después, estudiando el devenir de esa medida, se dan cuenta que efectivamente el programa en cuestión había producido un efecto educativo extraordinario en los niños objetivo del proyecto, pero la brecha cultural entre los que más sabían y los que menos, seguía siendo la misma, pues todos habían visto el mismo programa. Cuanto más sabemos más expectativas albergamos. Pudiera ser que el exceso de información nos genere ilusiones ópticas. Miren si no la tele.
Dicho esto, he de confesarles que no suelo perder ni un minuto en analizar por que se están despoblando nuestros campos, pues hace ya mucho tiempo que lo sé, sin haberlo aprendido. Pero si me interesa saber cuáles pueden ser los resortes que hagan que nuestros jóvenes quieran vivir en un pueblo. Y no porque me empeñe yo en que nadie se vaya a cualquier pueblo a vivir, si no, porque me niego a creer que todos pensemos igual, que todos tengamos las mismas expectativas. Dicen los buenos empresarios que lo que se anuncia, se vende.
Entonces, quizás adolezcamos de un buen marketing rural. Empecemos pues a hacer acopio de motivos para ilusionar a la gente y no para fustigarnos sin cuartel unos a otros diciendo todo lo que nos queda por hacer. Pongamos en marcha el motor que apagamos, cuando hace cincuenta años nuestros jóvenes se marcharon a la tierra prometida. El cooperativismo social va por delante de cualquier gobierno, de cualquier ley, de cualquier mesías. ¿Que puedo hacer yo para solucionarlo?. En esta misma pregunta, encontramos sin cifrados cabalísticos la respuesta. Todo, pues seguramente a día de hoy no hemos hecho gran cosa.
Esto en ningún caso alimenta mi razón en la creencia de que cualquier tiempo pasado fue mejor, pues cada tiempo hay que medirlo con su propia vara, y varas ajenas no tallan nunca igual. Mis recuerdos del verano, como diría Unamuno, de días azules y sol amarillo, me arrebatan la emoción cuando creo que al llegar a mi pueblo, todos los años, voy a encontrar en él, corriendo por las calles, libres como gamos, a los niños de mi infancia. No pensemos pues que debemos de resolver la cuestión por aquello que nosotros vivimos en esos lugares.
Ni siquiera por los que ahora viven allí. Pensemos en hacerlo por los que queremos que puedan cumplir sus expectativas, más allá de la triste globalización de los deseos de las películas de sobremesa de domingo. Hagámoslo por nuestros hijos, pues ellos también tienen derecho a quedarse en su tierra. Seguramente uno de los más desconocidos de los derechos fundamentales de los seres humanos, y no por ello menos anhelado.