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LUIS MIGUEL TORRES
Valladolid

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LAS GRANDES CIUDADES seducen. Son el escenario ideal para plasmar las aspiraciones personales de una cultura posmoderna caracterizada por el individualismo, el hedonismo y los gustos cambiantes. «Quiero esto y lo quiero ahora». Con esta frase se resume un modo de vida que se aleja mucho de esas formas pausadas y ceñidas a códigos de comportamiento comunitarios con que transcurre la vida en el mundo rural.

La consecuencia de ello es un proceso continuado de concentración de las personas en las grandes ciudades y especialmente en las zonas costeras que se sienten atraídas por un mayor dinamismo económico y, por lo tanto, por mayores oportunidades laborales, aún incluso a riesgo de vivir en peores condiciones. Esta propensión se ha acentuado en las últimas décadas como consecuencia de la progresiva globalización que impone un modelo de vida determinado y una progresiva uniformidad de las diversas culturas locales en torno a un patrón general que facilita un desarraigo los valores y los usos y costumbres de los ancestros.

En este contexto, Castilla y León no ha dejado de perder población desde los años 60 y, en la actualidad, lo hace tanto en el medio rural como en su entramado de ciudades, pequeñas para los estándares del siglo XXI. Revertir o amortiguar esta tendencia tan sólidamente asentada en la humanidad y que impone sus arquetipos culturales con tanta fuerza parece una tarea titánica.

Desde hace años, demógrafos, geógrafos y sociólogos ponen sobre la mesa certeros diagnósticos y variadas propuestas para hacer frente a este desafío que tienen que ver fundamentalmente con la generación de entornos favorables a la creación de empleo y con la dotación de infraestructuras y servicios en el territorio. Probablemente ahí estén las soluciones inmediatas. El sentido común dice que es complicado iniciar un proyecto de vida en Castilla y León y en cualquier lugar del mundo si no se garantiza la manutención de la familia y unas condiciones de vida medianamente dignas. Sin embargo, creo que se pueden hacer matizaciones a estas premisas teóricas generales: ciudades importantes como Valladolid o Burgos con una elevada dotación de servicios, con evidente calidad de vida de sus vecinos y con un tejido productivo capaz de generar oportunidades no han conseguido frenar la salida de población joven.

Tampoco el extraordinario esfuerzo realizado en prestaciones en las últimas décadas en el medio rural y la seguridad y estabilidad económica que ofrecen programas como los de la PAC han servido para mantener la población en los pueblos, que huye a chorros.

Con esta reflexión no pretendo cuestionar los análisis ni las propuestas. Ni soy experto en la materia ni creo que la complejidad del problema permita analizarlo con superficialidad. Pero creo que manifiesta que el problema es mucho más profundo que el de una mera gestión de recursos y tiene que ver también con intangibles arraigados en los sueños delas personas. Por eso, y porque soy periodista y conozco algo mi profesión, quiero llamar la atención sobre otra vertiente de la cuestión que me parece que se tiene poco en cuenta en las prospecciones y las propuestas, como es todo lo relacionado con la imagen que proyecta en el mundo Castilla y León.

La decisión de irse, quedarse, venir o volver a vivir en esta tierra es soberana de cada persona y en ella influyen no solo factores puramente racionales. El mundo actual es, ante todo, irracional y emocional y los gustos, las apetencias y las modas conforman la identidad y determinan las decisiones tanto como antes lo pudieran hacer las tradiciones, las oraciones y las banderas. Por ello, entiendo que la comunicación, como un fenómeno cultural y social esencial para el mundo actual, debe ser una herramienta principal en la lucha contra la despoblación.

Más que nunca vivimos en una cultura de la apariencia en la que es imprescindible controlar la imagen y los marcos con los que se interpretan lo que ocurre. La comunicación entendida en su sentido más amplio (cine, televisión, medios, redes sociales, etc) hoy un artefacto global capaz de imponer una idea construida y no real de lo que ocurre incluso a quienes viven y participan de ello. Lo expone magistralmente Groucho Marx cuando pregunta en Sopa de Ganso «¿A quién van a creer ustedes: A mí o a sus propios ojos?» Esta imagen construida generalmente en torno a tópicos y lugares comunes supone en muchos casos un obstáculo fundamental tanto para el desarrollo socioeconómico de los distintos pueblos (véase el Informe MacBride de la Unesco) como, en el caso que nos ocupa, asentar las decisiones sobre dónde desarrollar un proyecto de vida.

Antonio Gramsci, otro marxista (este seguidor de Karl no de Groucho) ubica en el ámbito de la cultura, entendida como el conjunto de manifestaciones de la vida de una comunidad, como la lengua, las creencias, los valores, la moral, los usos y las costumbres, la palanca para cambiar el status quo actual y hacer frente a la hegemonía impuesta de una determinada cosmovisión de la vida en el mundo. Para el pensador italiano, un grupo en la vanguardia tendría la responsabilidad de ejercer una dirección intelectual y moral sobre la sociedad en la construcción de un proyecto que los aúne y los identifique.

Bien lo saben en lugares como Cataluña o el País Vasco, donde en los últimos años se han empleado a fondo para la construcción de esta realidad alternativa. Basta ver el listado de trabajadores de la Generalitat para encontrar una abundante presencia de comunicadores e intelectuales destinados a construir esa identificación de Cataluña como una forma de vida atractiva, moderna, dinámica y con un proyecto de futuro, siempre en contraposición a una España atrasada y anclada en sus viejos problemas de siempre. Por cierto, la Cataluña rural -esa que no tiene costa, que vive del campo y cuyo nivel de servicios es cuando menos comparable a los de Castilla y León- es uno de los pocos territorios de interior que ha conseguido ganar población en las últimas décadas.

Por lo tanto, junto con las inversiones en infraestructuras y dotaciones, a la vez que se intenta hacer atractiva la Comunidad a las empresas, las instituciones deberían entender también que las principales batallas –y las que hay que ganar- son las culturales y, en ellas, la de la comunicación (en ese sentido amplio) debe ser uno de los ejes estratégicos para el desarrollo y la repoblación de esta tierra. Castilla y León debe ser consciente de la necesidad poner más énfasis en la construcción desde dentro de una imagen atractiva de la que puedan sentirse orgullosos sus vecinos, especialmente los más jóvenes, y con la que presentarse al mundo batallando contra los estereotipos estigmatizadores. Cabría, en primer lugar, preguntarse cómo es la Castilla y León que conocen nuestros niños más allá de la siempre académica que les cuentan en las aulas; señalar qué oferta y qué posibilidades de desarrollo cultural y de ocio tienen nuestros jóvenes; preguntarnos por los estímulos que tienen para apreciar y enorgullecerse por esta tierra; por las posibilidades de anticipar el futuro con lo que ven en su entorno y, en definitiva, por la definición de un proyecto común que permita trabajar para avanzar hacia un mañana compartido e ilusionante.

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Treinta y seis años de andadura autonómica han permitido muchos avances en los servicios, en las infraestructuras y en la calidad de vida. Se ha hecho un gran hincapié en administrar lo que hay, pero la gran asignatura pendiente de esta Comunidad sigue siendo la autoestima y la capacidad para generar un relato atractivo sobre lo que somos y lo que queremos ser. Trabajar, en definitiva, con nosotros mismos el arte de la seducción.