Carretera nacional, espérame
TIEMPOS corren de exaltación al valor patrio. Aunque la patria chica sea la que permanece en un rincón del alma de la mayor parte de los españoles, están también los que pertenecen a la otra España, a la gélida y sumergida. Me refiero a los descendientes y supervivientes de esos quinientos pueblines que en la España grande se inmolaron para hacer rica a la España moderna bajo las aguas de los embalses. Ellos levantan las banderas más tristes del patriotismo español. Son los hijos del destierro. Huérfanos de tierra sin datos geográficos en el carnet de identidad. Y mientras se debate sobre el grado de albedrío, de cada trozo del mapa, las autopistas nos envuelven y aíslan en una red silenciosa sin darnos cuenta. De ahí que quiera cantar a la carretera nacional, hoy en derribo.
Aquellos paradores, mesones, ventas, bares de carretera, sacrosantos santuarios de la memoria de viajantes y paisanos que iban y venían del pueblo a ninguna parte y ahora vuelven de viejos por el mismo camino. Ellas, nuestras carreteras nacionales, se han quedado solas en el mapa al servicio de la despoblación. Ellas son las venas del sistema circulatorio del Estado –hoy con trombos permanentes– por las que entró el cambio y salió aquella España triste en blanco y negro. Pero ya son historia y deberíamos tratarlas como tal. Por fortuna, su emplazamiento estratégico ha salvado un paisaje casi intacto que incluye puertos de montaña, valles bellísimos e interminables rectas mesetarias. A la carretera nacional la hemos olvidado porque tenemos prisa. Y ahora son ellas, las autovías y autopistas, las que se llevan la palma y el peaje. Pero ojo, son jaulas de la geografía. Las autopistas son los latifundios en línea recta de las multinacionales del petróleo. Para entrar y salir de ellas necesitas salvoconducto. El paisaje que divisas desde la ventanilla está prohibido: no se puede tocar, ni respirar. Y si paras a mear, solo bebes, comes y compras lo que quiera el del gasoil.
Menos mal que pronto será lo que quiera el de las eléctricas y aquí sí que podremos hablar –ponemos el agua que mueve la turbina– ya que con los «otros» no hay manera. Mientras, un servidor reivindica la carretera nacional como hecho geográfico, cultural, turístico y sentimental. Sin olvidar que el camino de esa carretera nacional, que tomaron los que se fueron, va a ser por el que algunos volvamos a casa hartos de tanto patrioterismo territorial.