Diario de Valladolid

El limón mecánico

Presidente, entrenador y deportista, el fundador de los Rolling Lemons contagia su pasión por el patinaje a más de un millar de niños y jóvenes a los que enseña y junto a los que compite

Pablo López realiza un salto con sus patines-J.M. LOSTAU

Pablo López realiza un salto con sus patines-J.M. LOSTAU

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Guillermo Sanz

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Si el dramaturgo Anthony Burgess hubiera coincidido en el tiempo y en el espacio con el patinador Pablo López, seguramente hubiera mirado hacia otro cítrico para titular su obra magna: La naranja mecánica. Cuando se calza sus patines, el vallisoletano es el ‘Limón mecánico’; una maquinaria perfecta capaz de hacer que su deporte se mueva con precisión suiza en la provincia, donde un millar de niños y jóvenes reciben la sombra de los Rolling Lemons, un árbol que plantó con sus propias manos.

Pablo López y los deportes fueron amigos desde la más tierna infancia. Simplemente le costó centrar la vista hasta ver nítidamente al final de qué camino estaba su futuro. «Era un loco de todos los deportes. Cuando dije que quería hacer patinaje mi madre me dijo que hasta que no estuviera seguro de que el patinaje era mi deporte no me compraría otros patines», recuerda. Así, unos patines morados y negro de plástico, remendados (víctimas de su uso) con cinta aislante y bridas se convirtieron en su primer compañero de viaje.

Aunque Valladolid le vio nacer, Soria fue la ciudad que le abrió la puerta del patinaje cuando tenía siete años. «En mi barrio, Los Pajaritos, había una pista de patinaje y ahí bajaba con mis amigos», rememora. Las rampas fueron el prólogo de una vida sobre ruedas, aunque «no era el más atrevido de la pista», como reconoce. Pablo prefería la velocidad y el hockey patines, su primer deporte federado, enrolado en el Club Patín Soria, cuando el entrenador del equipo pasó por donde jugaba con sus amigos y los alistó para la causa.

Con 16 años volvió a su ciudad natal y en el viaje de retorno el patinaje entró en letargo. «Hubo un parón porque no conocía a gente con la que patinar», confiesa Pablo López, que encabeza el siguiente capítulo de su biografía: «Volví a reengancharme en mis últimos años de universidad. Vivía en Renedo y el técnico de deportes me propuso dar una actividad de patinaje después de verme con los patines por el sendero verde». Esta ventana abierta en 2008 tenía vistas a un futuro prometedor al que bautizó como los Rolling Lemons. «Pasamos de dos familias a 50 personas en Renedo, hoy son 1.000. No me lo podía ni imaginar. Nunca tuve la visión de crear un club o de generar escuelas. El club nació por la inercia; empezó a crecer y a ocuparnos más tiempo. Teníamos que dar el paso de dedicarnos a ello por completo o no había manera de controlarlo», asegura.

Pablo López recuerda que, en su momento, ante la falta de convocatorias o ante la falta de información por parte de las federaciones autonómica y nacional decidió coger un avión a Londres para formarse como entrenador; un diploma al que le acompañaría en 2011 el oficial de la Federación Española. Desde entonces, por sus manos han pasado cientos de chavales que han aprendido a moverse sobre una hilera de ruedas; una labor docente que es su debilidad: «Enseñar a patinar es lo que más me gusta de mi trabajo. Las escuelas de velocidad son una pasada. Llevarles a los juegos escolares y ver esos nervios antes de la competición y esa ilusión... es genial», confiesa.

Presidente, entrenador.. y competidor. Pablo López encaja como anillo al dedo en el molde del deportista del Renacimiento. Desde la directiva ha abierto las puertas de su club a cualquier modalidad que requiera unos patines para llegar a buen puerto. La velocidad, el freestyle (modalidades en los que los Rolling Lemons se han convertido en referente a nivel autonómico y en aspirante al trono o reyes a nivel nacional), el patinaje artístico o el hockey son vitaminas que llenas de sabor el día a día de la Limonera.

En este escenario, Pablo López no duda en vestirse con el mono de obra y bajar a dejar huella en el cemento cuando la ocasión lo requiere. No es un presidente al uso, su sangre corre por las venas sobre patines y eso se deja notar en el terreno práctico. «Entreno menos de lo que me gustaría, la verdad, porque no tengo mucho tiempo, pero en freestyle todavía me defiendo sin entrenar», confiesa el patinador, que también forma con sus compañeros de hockey y, sobre todo, disfruta de la adrenalina del patinaje de velocidad.

La competición llegó tarde para él, que empezó a marcar tiempos ya como máster, lo que no le ha impedido coleccionar medallas a nivel autonómico, rozar el bronce en salto contra pronóstico en su primer Campeonato de España o conseguir un subcampeonato de España en Speed Slalom, ya como máster. Sin embargo, las medallas no entran en su menú del día. Coordinar y enseñar son bastantes victorias en su palmarés y, a pesar de ello, sigue en pie de guerra para ayudar allí donde le necesiten los equipos:

«Me gusta competir, pero para ser un gregario que ayude a los chicos. Mi motivación no es ganar un campeonato de Castilla y León, el propósito es poder acompañarles y poder estar con ellos. Cuando me tenga que retirar porque estorbe me iré una categoría más abajo, pero no lo dejaré nunca, porque me encanta competir», concluye.

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